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El caso de Jorge Argiro Tobón, una larga lucha por la justicia

A finales de los años setenta la vida parecía sonreírle en todos los sentidos a Jorge Argiro Tobón. En ese momento nunca imaginó que el asesinato de Guillermo Cano, director del diario El Espectador, en diciembre de 1986, cambiaría su vida para siempre. Esta es una crónica sobre la violencia, el narcotráfico y la injusticia en la época de esplendor del Cartel de Medellín.

Por: Manuela Correa Puerta

En una época de crueldad donde la esperanza era efímera y los hechos violentos aumentaban a una velocidad precipitada, nunca nadie pensó que los carteles del narcotráfico tocarían fondo, dejando así un sabor amargo en la historia de Colombia. El 17 de diciembre de 1986, durante una larga y fría noche, asesinaron a Guillermo Cano, director y periodista del diario El Espectador.

Durante ese mismo día, Jorge Argiro Tobón se encontraba en el corregimiento de Sevilla, ubicado en Ebéjico, un municipio del occidente de Antioquia. Mientras construía una piscina con sus demás trabajadores en La Traviata, una finca de Héctor Trujillo, escuchó la noticia de la muerte del periodista la cual lo dejó paralizado y sin palabras pero nunca se imaginó que, tiempo después, su nombre estaría implicado en aquel magnicidio.

Su delito: ser homónimo

En la década de los años setenta, Argiro era empleado de una empresa llamada Hidro Filtros en donde aprendió todo lo que tenía que ver con el ramo de mantenimiento, construcción y montaje de piscinas, saunas, turcos y jacuzzis.

Debido a diversas dificultades económicas con respecto al pago de su salario, ocho años después de prestar sus servicios, decidió retirarse y montar, por su propia cuenta, una empresa del mismo ámbito a la cual le dio por nombre Agualinda, Piscinas y Filtros.

Un éxito inesperado lo hizo viajar por diferentes lugares de Antioquia, entre ellos, Puerto Triunfo, Santa Fe de Antioquia, La Pintada, Barbosa y Porce; además de tener también contratos con entidades como Comfama, la organización Ardila Lülle, Metroparques y empresas del sector químico.

La vida de Argiro se empezó a forjar de manera positiva pues su empresa, que contaba con 30 trabajadores aproximadamente, se expandía por todos los rincones del país y su vida sentimental llegaba a su mejor momento debido a que, para 1980, tenía planes de casarse con su novia, Amparo Villa.

Durante esa noche del 17 de diciembre, donde todo fue oscuridad y angustia, Argiro viajó hacia Medellín porque necesitaba realizar unas compras, llevar unos materiales y hacer unos pagos en la ciudad. En su trayecto, escuchó en la radio que se iba a efectuar un plantón por parte de la prensa hablada y escrita, conductores de transporte público, radio y televisión, en donde se iban a silenciar a las doce del día para protestar por el asesinato de Guillermo Cano.

Él inmediatamente detuvo su auto y sacó pañuelos blancos, como se les había recomendado, para unirse a esta injusticia.

Argiro no se enteró de que su nombre aparecía en el proceso judicial, hasta que en mayo del año siguiente un amigo suyo que es tipógrafo le comentó, pero él no le creyó en lo absoluto. Al día siguiente, decidió dirigirse a la oficina de su compañero quien le mostró el recorte del periódico El Colombiano donde aparecían sus nombres y apellidos completos.

Esta situación le causó extrañeza pero estaba convencido de que se trataba de un homónimo. Ante esto, escribió rápidamente diversas cartas que fueron enviadas al director de El Colombiano; a la directora del DAS; a Consuelo Sánchez, quien era la persona que tenía conocimiento del caso; al diario El Espectador, y a varios noticieros del momento, en donde aclaró que él también tenía ese mismo nombre y adjuntó en ella sus datos personales para demostrar que tenía la razón.

Tiempo después, El Colombiano fue la única entidad que respondió a las preocupaciones y confusiones de Argiro e hicieron la aclaración en la segunda página del periódico.

“Yo me quedé muy tranquilo pensando que ya estaba solucionado el problema, pero después todo empeoró.”

Una tarde de noviembre, seis meses después, Argiro se encontraba en Barbosa con sus amigos, como era costumbre, para jugar cartas y tomarse unos tragos. En medio de charlas y recuerdos llegó un agente de policía, muy amigo suyo, y le comentó que había llegado una orden de captura contra él.

Argiro, sorprendido, le preguntó que por qué razón era esa orden y su amigo, preocupado, le respondió: “Hermano, te están implicando con Los Extraditables. Mirá qué vas a hacer”.

En ese momento su tranquilidad se convirtió en pesadumbre y su reacción inmediata fue llamar a su casa para que fueran por él y así poder tener tiempo para pensar cuál era el paso a seguir. En la mañana siguiente, organizó toda la documentación que tenía acerca de su vida y cogió el primer vuelo hacia Bogotá para presentarse en la Procuraduría.

Argiro llegó en el momento oportuno, pues fue atendido por un defensor de derechos humanos llamado Bernardo Ossa, quien le informó que estaban a punto de realizar una reunión en donde se iba a hablar sobre el tema y fue invitado para que expusiera su caso.

Durante el debate, en el que participaron Jaime Betancur, quien era el procurador delegado para las Fuerzas Armadas; Guillermo Vega, un nuncio apostólico, y el señor Ossa, se le aconsejó que no se debía presentar ante la Fiscalía aunque ya tuviera una orden de captura y que lo mejor que podía hacer era quedarse quieto y no exponerse para evitar ser capturado.

La esperanza de Argiro se fue desvaneciendo a medida que la situación se complicaba y no le resolvían tan grave error. Después de la reunión, otro defensor de derechos humanos se acercó donde él para ofrecerse a llevar su caso y hacer las averiguaciones al respecto. Su nombre era Alirio Pedraza. Este, muy diligente, estudió los documentos de su cliente y buscó algunos otros para entender toda la problemática. Efectivamente, pudo averiguar la verdadera razón de la orden de captura.

Argiro Tobón estaba sindicado de ser el Negro Pabón, quien en el proceso estaba identificado con un retrato hablado, el cual no mostraba aspectos físicos similares a los de Argiro; además, los datos personales que se habían suministrado no concordaban. Era evidente que lo estaban confundiendo con otra persona.

“En el proceso a mí me estaban sindicando por ser el autor intelectual del asesinato de Guillermo Cano. Más claramente, por haber sido el responsable de toda la diligencia, aportar el dinero, haber estado pendiente de todos los seguimientos del periodista, de conseguir los sicarios en Medellín para llevarlos a Bogotá, alojarlos y suministrarles las armas.”

Argiro tenía su cabeza totalmente desbordada y su escepticismo aumentaba con la cantidad de confusiones que se le presentaban. Se dio cuenta de que no solo estaba implicado en ese homicidio sino que, según un informe que Alirio le mostró, lo estaba también en el asesinato del congresista Hernando Baquero Borda; en el homicidio de Alberto Villamizar, quien era el esposo de una hermana de Luis Carlos Galán; en el del procurador Carlos Mauro Hoyos, y en el secuestro de Andrés Pastrana. Todos estos sucesos habían sido realizados por los carteles de Medellín en donde El Negro Pabón, quien tenía por verdadero nombre Jorge Elí Pabón, era uno de los principales autores.

Cuando todo parecía estar en su peor momento, sucedió un hecho que eliminó la pequeña esperanza que Argiro conservaba. Alirio, que llevaba el caso muy adelantado aunque no había podido realizar muchas labores, desapareció de forma muy extraña. Lo único que se sabe es que lo bajaron de su vehículo en Bogotá y lo borraron del mapa porque, hasta hoy, más de veintiocho años después, no se sabe nada de él.

El proceso judicial de este asesinato era algo que no se resolvería en poco tiempo, así que Argiro siguió haciendo su vida que ya había cambiado por completo. Tuvo que dejar de asistir a su oficina, cerrarla y, por ende, dejar sin trabajo a sus empleados. Se había quedado sin nada qué hacer y a la espera de ver qué se solucionaba.

Ante la situación, decidió cambiar de hogar e irse para Caldas, dejando a toda su familia, sus sueños y proyectos que fueron despojados injustamente. Durante un año, Argiro vivió con unos amigos que lo auxiliaban económicamente y hacían que sus días se alejaran de la angustia y el dolor que su cuerpo cargaba. Pero empezó a sentirse muy perseguido y acosado, entonces, con el intenso desespero por su situación, decidió devolverse para Bogotá, en compañía de su esposa, a presentarse con el procurador delegado del caso.

Henry Bustos Alba lo recibió en su oficina muy cordialmente. Luego de ponerse cómodos, Argiro se presentó y le contó que él era el sindicado de la muerte de Cano. El delegado, que no se esperaba este encuentro, se sorprendió. “Pero no se asuste doctor, es que yo soy inocente y voy a demostrárselo con todos los documentos”, reiteró Argiro.

En el momento en que Henry analizó todos los archivos, anunció que el caso debía ser llevado inmediatamente al juzgado. Amparo lo acompañó mientras que su esposo esperaba, inquieto, en la oficina debido a que no se le permitía estar presente en la reunión. Pero, al parecer, el caso ya se encontraba en la Corte Suprema de Justicia para una apelación, la cual estaba en manos del magistrado Carlos Ernesto Valencia. Este hombre, luego de leer los documentos del acusado, se dirigió hacia la oficina donde se encontraba Argiro, lo miró largamente y, mientras caía la noche, le devolvió el alma al cuerpo con palabras: “Hombre, mi obligación en este momento es mandarlo a detener y llamar a la policía para que vengan por usted pero yo no lo voy a hacer porque estoy absolutamente seguro que aquí hay un error gravísimo. Eso sí, es su palabra contra la mía. Usted no ha estado en esta oficina, yo no lo he visto nunca, no nos conocemos. Váyase, haga una vida tranquila y no se meta en problemas. Si por alguna desgracia lo capturan, ya veremos qué hacer”.

¡Un sicario muy peligroso!

En una visita a la cárcel para el encuentro con Jhon Jairo Velásquez, alias Popeye, la periodista Piedad Uribe logró acceder a esta foto del verdadero asesino de Cano. Popeye, junto con sus hermanas, se ofreció a dar la información. Foto: colaboración de Jhon Jairo Velásquez Vásquez

En una visita a la cárcel para el encuentro con Jhon Jairo Velásquez, alias Popeye, la periodista Piedad Uribe logró acceder a esta foto del verdadero asesino de Cano. Popeye, junto con sus hermanas, se ofreció a dar la información.
Foto: colaboración de Jhon Jairo Velásquez Vásquez

Para 1993, Argiro, su esposa y sus cuatro hijos habían decidido mudarse a Sabaneta. En diciembre de ese mismo año se reveló la noticia más esperada por muchos y devastadora para pocos. Pablo Escobar estaba muerto.

Argiro de inmediato pensó que su proceso se iba a resolver mucho más fácil con la muerte del narcotraficante pero, un año después, la pesadilla apenas comenzaba.

Era de noche y llovía fuertemente. Era 21 de septiembre de 1994. Amparo llegó tarde a su casa debido a que estaba en la clínica porque su abuela estaba agonizando. Organizó a sus hijos para dormir y ella también se acostó. Argiro, que manejaba taxi desde hacía tiempo para poder subsistir, se levantó a las cuatro de la mañana para salir a trabajar. En ese momento, un sonido de pasos muy fuertes hizo que toda la familia se despertara. Amparo, que se alarmó con intensidad, se asomó por las escaleras y vio a una gran cantidad de hombres con pasamontañas y lo primero que pensó fue: “Nos van a matar”. Pero sus especulaciones fueron inciertas pues eran los hombres del DAS quienes habían acorralado toda la casa.

En cuestión de segundos, se habían subido por todas las ventanas y puertas de su hogar. Amparo, entre lágrimas y nerviosismo, les gritaba: “Por favor, no me haga nada delante de mis hijos”. A la par, Argiro, quien se encontraba en el parqueadero, les preguntó a estos hombres que qué era lo que estaba pasando. Ellos de inmediato le respondieron: “Señor, quítese que ahí va a haber un abaleo muy horrible. Quítese que ahí vive un asesino muy peligroso, es el jefe del sicariato de Pablo Escobar”. Argiro, con determinación, les respondió: “no señor, ahí vivo yo. A mí me buscan”. Y se entregó.

La jaula de leones

Argiro fue trasladado a la cárcel Bellavista esa misma noche.

“La cárcel es definitivamente para criminales, es algo demasiado duro y difícil, sobre todo para alguien que no tiene nada que esconder.”

Durante los primeros días, tuvo la suerte de encontrase con uno de los jefes de los patios que era esposo de una compañera suya de Barbosa. Ella lo recomendó con su marido y, gracias a eso, logró que le hicieran una acomodación más o menos agradable. Fue recluido en el segundo patio, en el tercer piso. Allí le asignaron una piecita de 1.50 x 1 metro hecha en tablas, donde había un camarote viejo con cobijas sucias y cartón.

La vida en aquel lugar, aparte de ser una pesadilla, era muy costosa. Solo la pieza en donde él se quedaba valía alrededor de un millón de pesos y, semanalmente, debía pagar entre treinta mil y cuarenta mil pesos para cubrir diferentes situaciones porque, de lo contrario, quien no tuviera el dinero, tenía que realizar trabajos domésticos dentro del mismo patio y no les daban de comer.

Para Argiro, haber llegado allá, era como haber caído a una jaula de leones.

Al ver que el proceso no se adelantaba y que no le daban respuesta de su caso, Argiro decidió iniciar una huelga de hambre. Su esposa, quien desde afuera mandaba cartas a la prensa e iba a los noticieros a pedir ayuda, decidió también acompañarlo en esta protesta junto con sus hijos.

Durante diecisiete días Argiro no comió. Esta acción dio pie para que le reactivaran el proceso que estaba totalmente olvidado porque se encontraba en Bogotá. Luego de su gran avidez, logró que lo trasladaran a la capital en donde se fijó fecha de audiencia.

Amparo, que nunca lo abandonó, fue una de las personas más influyentes en el proceso. Todos los viernes se iba desde la 1:00 p.m. a coger uno de los primeros turnos para poder entrar el domingo en el día de visitas. Después de dejar a sus hijos donde su mamá para que se los cuidara, emprendía su rumbo a la cárcel, donde pasó adversidades para lograr ver a su esposo. Amparo, ya con el ficho asegurado, se iba para donde una hermana que estaba cerca, se bañaba, comía algo y se devolvía con las ansias de visitarlo. Todos los domingos, alrededor de 8 de la mañana, entraba para encontrarse con él.

Cuando fue trasladado a la cárcel La Modelo, en Bogotá, las visitas eran más flexibles debido a que Argiro estaba ubicado en un patio especial donde los visitantes podían entrar por la puerta principal.

Para ese momento, el caso estaba a cargo de la juez Marley Pulido quien, tiempo después, se declaró impedida para seguir llevándolo a cabo.

El proceso, según mandatarios, era una ‘papa caliente’ para todos los jueces a los que les llegaba debido a que, como no era competente y estaba abandonado, nadie lo quería recibir. Luego de una larga lucha, Argiro tuvo acceso al proceso y empezó a preparar, desde la cárcel, un escrito que sería leído en la audiencia. En él anexó datos sobre su historia laboral, cuentas corrientes, copias de las cartas que le había mandado a la prensa durante toda su estadía en la cárcel, fotos e información del Negro Pabón, el libro Mercaderes de la muerte, escrito por Édgar Torres, un cronista que habla de varios delitos cometidos por Pabón, entre otros documentos.

Jhon Jairo Velásquez, más conocido como Popeye, era uno de los sicarios y amigos cercanos a Escobar. Este hombre, que se encontraba en uno de los patios de máxima seguridad de La Modelo, se enteró de la noticias de Argiro. Popeye inmediatamente solicitó hablar con alguien para dar su versión de quién era Pabón y de que se estaba ante un error. Entonces, por medio de Teleantioquia, enviaron a Piedad Uribe, una periodista que, según Amparo, influyó cien por ciento en el proceso. Allí, Popeye le brindó información sobre los carteles, sobre familiares del Negro Pabón y mandó una carta que, inicialmente, fue firmada por él y después fue trasladada a Medellín para ser firmada también por otros sicarios de Escobar que se encontraban en diferentes cárceles de la cuidad.

En el día de la audiencia, cuando su libertad estaba a punto de ser concretada, Argiro leyó su discurso. Empezó a las nueve de la mañana y terminó a las cinco de la tarde.

“Fueron unas horas que recuerdo con mucho dolor y agotamiento. Mientras leía, tenía muchas suspensiones porque la angustia y el llanto no me dejaban seguir entonces tenía que parar y darme un tiempo para recuperar el aliento y retomar.”

Terminada la audiencia, pensó que la juez le iba a dar libertad inmediata, pero esto solo ocurrió unos meses después, el 6 de octubre de 1995. Esa noche de octubre, el juez le comunicó que sería liberado en unas horas. Cuando se lo notificaron, Argiro decidió negar la liberación porque su caso se había resuelto por in dubio pro reo, es decir, se le dio libertad por insuficiencia probatoria, pues no habían podido demostrar que él no era la otra persona.

«Entonces yo apelé esa libertad porque yo prefería quedarme en la cárcel que salir como un delincuente”, recuerda. Ante la situación, Amparo y su abogado fueron al juzgado y desmintieron la apelación.

Aunque no se tuvo resultado, Argiro fue retirado de la cárcel casi a la fuerza porque no quería salir.

Lamentable equivocación

Durante varios meses, Argiro estuvo en las portadas de los periódicos locales más importantes en donde se exponía su caso desde diferentes perspectivas y se pedía ayuda para su pronta liberación. Foto: El Tiempo.

Durante varios meses, Argiro estuvo en las portadas de los periódicos locales más importantes en donde se exponía su caso desde diferentes perspectivas y se pedía ayuda para su pronta liberación.
Foto: El Tiempo.

En su primer día de libertad, luego de pasar diecinueve meses en la cárcel, Argiro no fue a visitar a sus familiares. Antes de hacerlo, decidió ir, junto con su esposa, a visitar la tumba de Guillermo Cano quien, para ellos, era la persona menos culpable de todo lo que sucedió. Luego de varias oraciones arrodillado frente al difunto, se dispuso a visitar a su ídolo político Luis Carlos Galán, a quien le llevó flores y acompañó unos minutos en una fría tarde en la cuidad de Bogotá.

Argiro asegura que a Pabón ya lo tenían muy identificado luego de la muerte del director del diario El Espectador, entonces Escobar decidió deshacerse de él pero, como eran tan amigos, le pagó al DAS para que se lo llevaran a Panamá. Para hacerlo, debían tener a alguien a quién acusar y, desgraciadamente, ese alguien había sido él.

Fue tiempo después que se reveló que Jorge Elí Pabón estaba muerto y enterrado en dicho país desde el 15 de agosto de 1988, lo que aclara que se había tratado de un falso positivo.

Según un informe de Derechos Humanos, se dice que actualmente se tramitan unas trece mil demandas por errores judiciales, lo que podría costar al Estado unos veintisiete billones de pesos, casi el 10% del presupuesto nacional si se fallaran en su contra.

Fue este un episodio que dejó huellas imborrables y recuerdos que no quisieran preservar, algo que Argiro y su familia no olvida y que hoy, después de tantos años, quisieran dejar atrás para tener tranquilidad absoluta.

“Salimos con miedo, con temor, pero hay que seguir luchando, y hay que volver a renovar la vida porque económica y moralmente, estamos destruidos”, expresa entre lágrimas.

Hoy en día, la demanda que presentaron dos años después de lo sucedido, está paralizada; lleva más de quince años en despacho para fallo pero no han tenido respuestas concretas. Pero más que la indemnización que el Estado debe pagarle a la familia Tobón Villa, anhela que este mismo le pida perdón porque destrozaron gran parte de su vida, sueños e ilusiones por una ‘lamentable equivocación’.

Argiro aún sigue esperando.

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