Jaime Jaramillo Panesso

El pacifista que recibió un duro golpe de las Farc

Hace 13 años, Jaime Jaramillo Panesso, mediador de paz, recibió la noticia de la muerte de su hijo Fidel. Hoy se recuerda esta historia a propósito del papel de las víctimas en el proceso de paz entre las Farc y el Gobierno.

 

Por Santiago Jaramillo

@SantiagoJMP*

La tarde reluce en las hojas. Cubre y alivia el forraje del que el ganado se alimenta. La briza del campo refrescaba la piel con helada sutileza, pero el calor de la vereda no era el que lo hacía sudar. Las figuras examinan sus palmas, señalan su vestimenta. Por un instante suena el chasquido de algo metálico. Del grupo sale una mano que a gritos y forcejeos lo sitúa frente al cañón del Galil.

A 83 kilómetros de distancia, el hombre no puede sino ignorar cómo su vida se le escapaba…

I. Jaime

Eran las 6 de la mañana, y la oscuridad ya retrocedía con los primeros indicios del amanecer. Aún no era el momento para que el despertador sonara, y sin embargo, un sonido estrepitoso ya asediaba el sueño desde la mesa de noche.

El día anterior, 18 de marzo de 2002, el doctor Panesso se encontraba en su oficina desde las ocho seleccionando de entre el montón los recortes de periódico que tuvieran que ver con el tema de la violencia guerrillera. Era parte de su rutina diaria para ampliar el archivo de la Comisión Facilitadora de Paz de Antioquia, que él mismo había ayudado a fundar siete años atrás.

Cada cierto tiempo, el doctor cogía el teléfono para intentar contactar al director de la cárcel de alta seguridad de Itagüí, el encargado de conceder los permisos de visita a la prisión donde estaban retenidos los líderes y voceros del ELN: Francisco Galán, Felipe Torres, y Francisco Caraballo del EPL. El encuentro continuaría el debate que llevaban la Comisión y los excombatientes desde hace cuatro meses sobre la posible creación de una Convención Nacional que acercara al gobierno y al ELN.

Su oficina era uno de los cubículos 3×2 metros cuadrados que ocupaban el octavo piso del edificio central de Comfama, en la carrera 45 con la calle 50 en el centro de Medellín. A la derecha del teléfono, la computadora HP tenía pestañas abiertas con los sitios web de varios periódicos nacionales e internacionales, y en la parte derecha solía haber un espacio destinado a escribir anotaciones, que desapareció para acomodar las distintas noticias que esa tarde escudriñaba. Lamentablemente, el doctor no podría predecir que en el repertorio final del archivo estaría lo que acababa de ocurrir en aquella tarde del lunes 18 de marzo.

Aún aturdido por el despertar abrupto, logra alcanzar el aparato. Desde la otra línea le contesta Maribel, la esposa de su hijo Fidel Jaime Jaramillo Galvis. Su hijo lleva 21 horas desaparecido, le informa con inseguridad. Partió el día anterior desde su casa en El Retiro hacia La Unión, un municipio lechero ubicado en la tristemente célebre provincia del Oriente antioqueño, para hacer supervisión de los préstamos del Banco Agrario. La zona se había convertido en el centro de operaciones de los frentes 9 y 47 de las Farc y los frentes Carlos Alirio Buitrago y Bernardo López Arroyave del ELN. El cultivo exponencial de minas antipersona que vino con ellos prevaleció sobre los de hortalizas, frijol y papa, y la región pasó de ser una provincia de brillante capacidad agrícola a convertirse en el mayor generador de lisiados del país. Entre 1990 y 2007, de las 6.637 víctimas por minas antipersona en todo el país, 1.520 fueron exclusivamente del Oriente antioqueño.

Cuando terminó de hablar, Jaime trató de calmar la preocupación de su nuera prometiéndole que él se encargaría de buscarlo. No obstante, el tono pacificador también servía como tapadera para ocultar la suya. Y él sabía qué la originaba, puesto que para ejercer la profesión de comisionado de paz hay que familiarizarse con las atrocidades que se han engendrado en las zonas de influencia guerrillera: “Secuestro de civiles por parte de la insurgencia”, “Niño o adulto pierde miembros de su familia o de su cuerpo por pisar una mina”, “Fuerzas insurgentes toman una población y enfrentándose al Ejército dejan su saldo de civiles muertos”, titulares generalizables. 1994 en Urabá, miembros del frente 5 de las Farc, supuestamente por retaliación o cumplir la lista de personas a dar baja, disparan contra una multitud y dejan 35 personas asesinadas. 1998 en Segovia, la detonación del Oleoducto Central de Colombia por el ELN en las inmediaciones de Machuca ocasionó un incendio que se cobró la vida de 84 personas. Ellas son solo algunas de las que componen el archivo de la Comisión.

Colgó y volvió a coger el teléfono para marcar otro número. Mientras le informa sobre lo sucedido a su esposa Verena al otro lado de la cama, poco se imaginaba Jorge Ignacio Castaño, amigo y compañero de la Comisión, que en vez de sentarse en la silla de su oficina esa mañana, lo haría en el asiento de un auto camino a La Unión.

Entrada al municipio de La Unión - Imagen tomada de Google Street View.

Entrada al municipio de La Unión – Imagen tomada de Google Street View.

II. Entre pinos y veredas

Jorge llegó por él a las siete. Había solicitado el vehículo a Juan Diego Granados, director del piso de sus oficinas: un Mazda 323, beige, con su propio chofer.

Tomaron la vía Las Palmas, subiendo por la montaña, para atravesar el municipio de La Ceja. Fue allá donde las autoridades les informaron que el día anterior la guerrilla había cometido una masacre en una de las veredas de La Unión. Sin embargo, una masacre es dato insuficiente como para que se precipitaran a sacar conclusiones, y menos cuando la identidad de las víctimas era desconocida. No obstante, este raciocinio no impidió que el mismo mal pensamiento se les viniera a la cabeza.

El coche serpenteaba de un lado a otro, rodeado por pinos que se sucedían en hileras por la ventana mientras avanzaba por las curvas de la carretera. El cielo estaba nublado, hacía frío, pero no llovía. La misma atmósfera lúgubre o deprimida se percibía en el interior del carro: un silencio solo perturbado por los ruidos exteriores, una tos, otro auto, el sonido de las llantas en el pavimento… una calma que la mente de Jaime no compartía.

Estaba secuestrado o estaba herido; o estaba secuestrado y herido. Si solo era lo primero, debía esperar por alguna petición de la guerrilla o contactar con algún testigo para poder hacer cualquier cosa. Pero tenía que estar secuestrado, porque si solo estuviera herido ya hubiera contactado a alguien. Significa entonces que lo habían cogido y lo estaban revisando en el campamento. En tal caso ¿qué tan grave era la herida, fue porque lo maltrataron durante su captura, la estaban tratando adecuadamente? De todas formas debía esperar. Quizá no estaba herido, quizá ni lo secuestraron… podría estar muerto. En tal caso ¿dónde estaba el cadáver? ¿En qué condiciones se encontraba? ¿Qué razones había para que pasara algo así? O puede que siguiera vivo. Pero si estaba secuestrado, o secuestrado y herido, debía esperar algún aviso de la guerrilla o hablar con alguien que haya visto algo, luego podría usar su condición de comisionado para interceder por él. Además, Fidel les diría que él era su hijo, pero ¿les sonaría el nombre de Jaime Jaramillo Panesso? Posiblemente a los comandantes, ¿pero al guerrillero raso? Improbable. Entonces era seguro que estaba secuestrado, o estaba muerto. ¿Dónde lo tendrían retenido? ¿Qué trato estaba recibiendo? ¿Cuáles serían las exigencias de la guerrilla, si es que hay alguna? Porque podría estar muerto y en tal caso no habría exigencias. ¿Cómo estaba entonces el cadáver, dónde estaba, cómo lo transportaría? ¿Había cadáver? Si estaba vivo y secuestrado ¿estaría bien, lo habrían lastimado? Tal vez lo habían herido en el secuestro y ahora mismo lo seguían tratando en el campamento. Debía esperar entonces por alguna señal. Pero, ¿qué pasaría si la herida había sido mortal? Entonces estaba muerto. Podría estar muerto…

El ciclo se repitió, una y otra vez, en la hora y media que duró el viaje.

A las 9:00 vieron el aviso de “Bienvenidos a la Unión”. El pueblo no relucía por su dinamismo, ni por la cantidad de gente en la calle. No obstante, alguno entre los pocos que salieron esa mañana pudo darles indicaciones sobre el lugar donde se estaba celebrando el velorio de una de las víctimas de la masacre, puesto que para esas alturas la noticia ya estaba en los oídos de la mayoría de los unitences.

En la casa de un piso con techo de tejas y paredes de ladrillo revocadas estaban reunidos algunos conocidos y familiares del fallecido Julio César Castro Ruíz, que por sus propios medios habían traído al difunto. A Jaime y a Jorge les recibe uno de los amigos, hombre treintañero de vestimenta campesina, que sin mayor detalle les cuenta que la tarde del día anterior, miembros de la guerrilla de las Farc se tomaron la vereda La Linda, propiedad del campesino Antonio Marulanda Valencia. A quien alcanzaron a ver, trabajador o transeúnte, le agruparon con el resto frente al sendero. De entre los retenidos sacaron a tres personas, entre ellas el mismo Antonio Marulanda, y de uno en uno les dieron muerte por fusilamiento. En su arremetida, los insurgentes tomaron como prisioneros a al menos diez campesinos, obligaron al resto a abandonar la tierra, y no contentos con ello, dinamitaron la truchera de la propiedad, se apoderaron de tres cabezas de ganado, y la moto de uno de los muertos. Allí donde cayeron se abandonó a los cuerpos del señor Marulanda, el de su trabajador, Julio César Castro Ruíz… y el de un auxiliar del Banco Agrario.

Al vacío de la esperanza lo llenó un sabor amargo. Por más de un día no había aparecido, en ese intervalo hubo una masacre en la zona donde se suponía que estaba trabajando, y entre los asesinados había uno que no por coincidencia tenía la misma profesión. Lo último fue lo necesario para abandonar el resto de los escenarios, dejar la duda y asumir la realidad; cerrar el ciclo. Fidel estaba muerto.

El cadáver seguía allá, pero no podían ir por él. Las familias y amigos de los dos unitences asesinados se habían encargado solo de sus muertos. El alcalde y las autoridades les advirtieron que la guerrilla aún estaba en la zona y penetrarla era arriesgarse a que les echaran mano. Sin embargo, un vehículo que quizá respetarían sería el coche de la funeraria local, a unas cuantas calles de donde se encontraban. Con ella hicieron un contrato de un millón de pesos por la recogida, arreglo y transporte del cuerpo.

El auto salió a las 11 pasadas. El grupo se quedó en el pueblo, en las inmediaciones de la morgue. Para Jaime ya no había nada que hacer, más que esperar.

III. El golpe y el adiós

Primero le derribó las cejas.

Luego, hundió su garganta. Entrecortaba la respiración.

El ceño y los rabillos no le resistieron el peso de la piel.

Su cara se sonrojó. Empezaron a tambalearle los labios, las comisuras, las mejillas y los pómulos, cuando a través de sus lentes se vislumbró el brillo húmedo del dolor paternal.

Tres tiros en el tórax mancharon de rojo la camisa y la chaqueta. El cuarto impacto fue en el occipital. Estaba tendido en la mesa de la morgue, en medio de la sala. Allí estaban Jaime, Jorge Ignacio y Juan Fernando Jaramillo, hijo del doctor.

El carro de la funeraria había llegado a la 1:00. Juan arribó una hora antes, después de que Jaime lo llamara. En aquella sala, los dos compartieron el luto durante los minutos que duró el lamento.

Al poco tiempo abandonaron el cuarto para que el encargado de la morgue pudiera realizar los debidos arreglos al cuerpo. Cuando finalizara, lo llevarían a Rionegro y allí ocurriría la cremación, como le había notificado al resto de la familia. No obstante, la condición de Fidel como víctima de la guerrilla impedía, por procedimiento, la alteración y el traslado del cuerpo sin la autorización de un fiscal. De no ser porque Jorge Ignacio tenía contactos con los funcionarios de la Ceja, el cuerpo y ellos tendrían que haber permanecido en La Unión hasta que llegara una autorización, como es probable que haya ocurrido con la mayoría de las víctimas de minas y los 230 homicidios por grupos armados registrados en el Oriente antioqueño hasta el año 2009.

Ellos iban en su Mazda, en caravana con el auto de la funeraria. El reloj ya marcaba las 4:30, y sin embargo, pareciera que la atmósfera lúgubre de la mañana había sobrevivido las horas. En aquel retorno los acompañaron las mismas nubes lúgubres, aquel roce del pavimento, el verde paisaje, el frío, y el silencio de una tristeza inefable. En La Unión, se quedó la esperanza.

Llegaron una hora después al crematorio de Rionegro, donde estaban reunidas Verena, su esposa, Alicia y Marta Jaramillo, sus hermanas, y el gerente del Banco Agrario de La Unión, junto a su secretaria. La esposa de Fidel, Maribel, había dejado a sus hijos en El Retiro y estaría en aquel momento esperando a ser recogida en el edificio de la gobernación, pero a pesar de su espera, el auto no llegaría a tiempo para que pudiera despedir a su esposo.

Desde la ventanilla del ataúd podía verse a Fidel, con los remiendos que bien camuflaban las heridas del día anterior: una camisa gris azulada, el rostro inexpresivo pero limpio, y las manos posicionadas en el vientre. En la cámara hubo oraciones, condenas a la guerrilla y lamentos desconsolados; hasta que Jaime anunció que había llegado el momento.

Congregados frente al féretro y en completo silencio, observaron el cierre de las compuertas de acero.

Publicación de El Colombiano, 21 de marzo de 2002.

Publicación de El Colombiano, 21 de marzo de 2002.

IV. Fidel

(Con fragmentos de «Esta es mi cuota, camarada Karina»). 

“Montaba en el lomo de una vieja motocicleta que cuidaba con esmero porque, en su oficio de tecnólogo agropecuario, era su fiel amiga. Ella lo integraba al paisaje, le ruñía las piedras del camino, lo sacaba airoso de las quebradas que se cruzaban en las carreteras secundarias, lo esperaba en las gordas visitas a los potreros, a las marraneras, a los cultivos de papa, a los gallineros, a los hatos lecheros”.

Su hija se había quedado atrás, en la entrada de la escuela. Se había ofrecido a llevarla esa mañana. Siguió él por la ruta de siempre, para tomar la carretera que lo llevaría fuera del pueblo.

“En las callecitas de El Retiro dejaba el vapor de cada mañana para cumplirles a los campesinos de veredas inaccesibles su cita con las recomendaciones, para una mejor producción de verduras o para extirpar las garrapatas, o para un mejor parto de las vacas, o para que el perro aliviara su renguera después de que perdiera media oreja además, en una riña con la perra del vecindario”.

Ronroneaban el motor, y las llantas con el roce del asfalto blanco y caliente de la tarde, en el sendero de curvas ascendentes y sus veredas colindantes. Vientos fríos golpean cuerpo y cara; la chaqueta ondula, inquieta. Viaja entre colinas verdes y jardines florecidos; vallas, matorrales y bosques se suceden por el camino. Cerca o lejos ve las fincas y casitas de hacendados, los ganaderos y de vez en cuando algún agricultor.

Detúvose en una de ellas. Gira la llave y la montura se aplaca. Siente el fresco en la cabeza al bajar y quitarse el casco. Con libreta en mano se le presenta al dueño con esa confianza característica que tiene para tratar hasta a los recién conocidos. Camina junto al campesino, recorriendo las instalaciones, mientras le expone lo escrito en su agenda. Su explicación llana de las instrucciones agropecuarias lo hace una especie de traductor del lenguaje técnico al coloquial. Con el sol en la frente, su voz y las pisadas secas son los sonidos que les acompañan; paso a paso, a un ritmo constante, con el zapato hundiéndose en la tierra, las hojas y las piedras, uno a uno.

Nuevas pisadas opacaron el compás con marcha violenta. De las cercanías salieron los camuflados con las bocas negras de los fusiles que apuntándoles les gritaron para que alzaran las manos. Obedece anonadado con la respiración agitada y el corazón estremecido. Uno de ellos les requisa rápida y bruscamente. Con la misma agresividad lo interrogan sobre su presencia en la vereda, él responde honestamente y su compañero lo confirma. Le recorren de arriba a abajo con mirada inquisidora, siente cuando el frío se esparce desde la punta de los dedos hasta casi llegar al hombro.

“…vieron sus botas pantaneras, sus cuadernos de apuntes…”.

Su interior se constriñe cuando lo llaman “paraco”.

Salta en su defensa, repite su cometido en la vereda, pero la vestimenta y falta de callos en las manos son pruebas irrefutables para la lupa de la Revolución.

“Nada indicaba que fuera su enemigo de milicias…”.

Encañonados los agrupan junto con otros campesinos también atrapados en la tempestad guerrillera. A pasos imprecisos le hacen pararse frente al grupo de los insurgentes. En su interior se forma una espesura; una maraña con raíces espinosas y trepadoras, que desde el centro del pecho trata de llevarse los músculos de la cara, el cuello, los hombros y las entrañas, cuando aquel ojo negro se levantó para mirarlo fijamente…
“No hubo combate de especie alguna. Ningún habitante de la vereda estaba armado”.

Este texto fue elaborado para el curso Géneros Periodísticos II, orientado por el docente Wálter Arias Hidalgo. El trabajo completo puede ser consultado en este enlace.

 

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