Bomba atómica en Hiroshima

Hiroshima: más allá de la explosión

La calle estaba atestada con restos de casas, con cables y postes de teléfonos caídos. Cada dos o tres casas les llegaban las voces de gente enterrada y abandonada que gritaba: “Tasukete kure”, “Auxilio, si son tan amables!”.

Por Valeria Zapata Giraldo
vzapata1@eafit.edu.co

Con la misma cortesía formal, una mujer japonesa de 35 años devuelve la mirada a la cámara que la retrata. Lleva en brazos a su hijo de dos años, ambos con abrigos tejidos a mano y tierra en la cara. Detrás de ellos, un paisaje en ruinas: escombros, árboles sin hojas y un cielo nublado.

Dos círculos rojos resaltan sobre esa imagen en blanco y negro. Sobre ellos, se lee “Hiroshima”, y más abajo su autor, John Hersey. Esta es la portada que da la bienvenida a un libro de 184 páginas que se ha convertido en prueba fidedigna de una de las tragedias más grandes de la historia mundial y, a su vez, en un hito en la historia del periodismo.

Su autor, John Hersey, fue un periodista que nació y vivió para la guerra. No como soldado, sino como ojo de la humanidad en la guerra, y como vocero de esta hacia el resto del mundo.

Nació en 1914 en Tianjin, China, año de inicio de la Primera Guerra Mundial. Graduado de Yale, se hizo famoso por su trabajo como corresponsal de las revistas Time y The New Yorker en el frente del Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial, y por el premio Pulitzer que le fue otorgado en 1945 por su primera novela, Una campana para Adano.

Hiroshima es su obra cumbre. Hoy muchos la conocen como el mejor gran reportaje de la historia. El libro narra la entrada del mundo en la era atómica, a partir del ataque nuclear de Estados Unidos al Imperio de Japón, en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, el 6 de agosto de 1945 en la ciudad de Hiroshima.

La explosión de la bomba atómica, causó la muerte de 100.000 japoneses, 100.000 personas quedaron heridas y la ciudad, destruida. Tres días después, una segunda bomba cayó sobre la ciudad de Nagasaki. Con la rendición de Japón, terminó el conflicto más atroz de la humanidad.

Meses después de las explosiones, las primeras planas de los medios siguieron repletas de cifras y versiones oficiales sobre el tema. Los editores de The New Yorker se dieron cuenta de que en aquellas portadas faltaba algo: las víctimas de la guerra.

Entonces propusieron a Hersey, que en ese tiempo se encontraba en Shanghái como corresponsal, que fuera a Hiroshima a investigar las consecuencias de la bomba en la vida de sus ciudadanos. El periodista se quedó tres semanas de mayo en Japón y entrevistó a cerca de 30 hibakushas -así llamaban a aquellos que sobrevivieron a los ataques nucleares-.  

Lo que en principio se pensó como un artículo para algunas páginas de The New Yorker, terminaron siendo 150: la edición completa de la revista publicada el 31 de agosto de 1946, un año después de la caída de la bomba.

A John Hersey no le fue necesario adjetivar de más. Ni insistir en describir en detalle una imagen para dar cuenta de la magnitud de los hechos. La contundencia en cada una de sus frases es suficiente para que el lector sienta la impotencia de no poder estar en las escenas que describe para auxiliar a las víctimas, y alivio de sólo hacer parte de la historia como testigo indirecto al mismo tiempo.

En la obra, el periodista cumple el papel de mediador entre el rostro humano de Hiroshima, y el resto del mundo. La explosión y las consecuencias de la bomba que partió la historia de las guerras bélicas está contada por 6 testigos:  la viuda de un sastre, un sacerdote alemán jesuita, el pastor de una iglesia metodista, dos médicos, y una joven empleada de una Fábrica de Estaño.

Ellos personifican a los 360.000 ciudadanos de Hiroshima, que aunque sospechaban que serían los próximos en ser atacados por las Fuerzas Militares de Estados Unidos, nunca pensaron que serían la prueba piloto de un ataque con armas nucleares.

En cinco capítulos, se narran los hechos ocurridos desde la explosión de la bomba: el colapso inmediato, las especulaciones sobre qué había caído del cielo, el caos en los hospitales por falta de personal y espacio para albergar a los heridos, y las enfermedades posteriores como consecuencia de la radiación.

Hiroshima, John HerseyEl último capítulo del libro, fue escrito por Hersey casi cuarenta años después de la publicación de Hiroshima en The New Yorker. Este da continuidad a la vida de los testigos, décadas después de la tragedia.

Después de su primera publicación, en 1946, Einstein ordenó mil copias de la revista -aunque no se pudo atender su solicitud-, fue leído entero en la radio y más tarde se publicó en formato de libro. Ahora cuenta con traducciones en casi todos los idiomas.

En lo que respecta a esta edición, fue publicada en mayo de 2015 por Debate, el sello de libros de no ficción de la editorial Penguin Random House. El prólogo y la traducción fueron hechos por el escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez, a quien se dio la libertad de conservar el español latinoamericano.

Vásquez no la tuvo fácil. Traducir Hiroshima al español, que en su opinión fue escrito con un martillo anglosajón en la mano -por sus palabras duras, secas y cortas-, implica falsear algo en el texto. En su idioma original está escrito con una gran cantidad de adverbios, de los que no se puede prescindir en la traducción: esa es la razón por la que en cada página del libro se encuentran varias contaminantes y distractoras palabras terminadas en “mente”.  

Desde su título sin decoro, Hiroshima habla al lector: le ofrece un relato que humaniza las cifras de guerra y con ello, se convierte en una pieza imprescindible para construir la memoria del mundo.

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