Aborto

La dureza de un aborto clandestino

El Instituto Guttmacher, de Nueva York, aseguró en abril pasado que en Colombia se realizan al año unos 400.000 abortos. 

Hoy, Beatriz Sánchez cuenta llorando cómo hace 38 años le practicaron un aborto que cambió totalmente su vida. De ese momento a hoy, los riesgos para la mujer no han cambiado. Testimonio.

Por María Camila Guerrero Moreno

mguerrer@eafit.edu.co

“Yo tenía trece años y no sabía qué era el sexo, pues a mí nunca nadie me explicó y, de pronto, dizque estaba en embarazo. Yo ni siquiera sabía, fue mi novio el que me preguntó si ya me había venido la menstruación. En ese momento no entendía qué era eso. Le dije que no y que estaba feliz porque no me había venido. Me llevó a hacerme un examen: me pusieron a orinar en un frasco que para ver si se moría un sapo.

Yo pensé que era un juego, era muy ingenua. Finalmente recogí la orina en un frasquito de compota hervido. Ahí fue que él confirmó que yo estaba esperando un bebé.

Él tenía 20 años y yo 13. Llevábamos dos años de novios y no entendía qué era eso de ser novios realmente, pero él se mantenía pendiente de mí, me daba regalos y me acompañaba al colegio.

Él trabajaba con mi papá y a veces que llegaban tarde de las ferias de ganado, mi papá lo dejaba dormir en la casa. Él por la noche se pasaba para mi cama y con el dedo me hacía señas para que hiciera silencio, si mi papá se daba cuenta me mataba.

Yo me quedaba callada a pesar de que no entendía lo que estaba pasando y que no me gustaba, pero me podía el miedo, pues así como mi supuesto amor me consentía, me maltrataba”.

La noticia

“Cuando salió el resultado positivo de la prueba de embarazo, él vino celebrando a darme la noticia y le contesté que eso era imposible, que yo no me había acostado con él y no tenía por qué estar en embarazo. Entonces él me explicó que lo que hacíamos cuando él se pasaba para mi cama se llamaba hacer el amor.

Me puse a llorar, me dio mucho miedo, no entendía ni podía creer lo que estaba pasando. Yo estaba en el colegio, no estaba preparada. Yo soñaba con tener novios como los de las telenovelas.

No sentía amor por él, mi sentimiento era a veces miedo, a veces interés porque me daba regalos, y a veces hasta ignorancia porque yo nunca pensé que él lo estuviera tomando tan en serio.

En mi familia nadie sabía, él dijo que iba a hablar con mi mamá y yo más lloraba, pues sabía que me iban a matar.

Él dijo que no me preocupara que nos íbamos a casar: ¡ahí sí que me puse a llorar!

Yo nunca en la vida había pensado en matrimonio y mucho menos con él. Lloré hasta que se me secaron las lágrimas, él pensaba que era de susto y me ofrecía su apoyo, pero aunque sí era susto, también era rabia, incertidumbre, odio por él, pero sobre todo, odio por él.

Me parecía injusto lo que había hecho, él no había tenido relaciones sexuales con una mujer, él había violado a una niña inocente”.

La situación familiar

“Al otro día, cuando llegué del colegio, los encontré hablando a él y a mi mamá. Ella estaba llorando, ahí noté que le había contado. Entré derecho y me encerré en mi pieza. Mi mamá me tocaba la puerta insistentemente, parecía que la fuera a tumbar. Me tocó abrirle y ella ahí mismo me abrazó y me dijo que me tranquilizara que todo iba a estar bien.

Aunque sentí un descanso porque me dio su apoyo, también sentía rabia porque no lo había cogido a golpes a él. Ella pensaba que yo estaba feliz porque él le dijo que nos íbamos a casar, pero apenas se fue, le aclaré que yo no quería casarme con él, que lo odiaba y que no quería tener hijos.

Le pedí que me ayudara a no tener hijos, que era la mejor manera de demostrarme su apoyo y su amor. Yo tampoco tenía conocimiento de lo que era un aborto, solo pensaba que no quería tener hijos, no entendía ni la profundidad de lo que estaba pasando ni lo que yo estaba sintiendo.

Pasaron los días y el tema estaba en silencio.

Yo le dije a la empleada del servicio de mi casa, que era como otra mamá conmigo, lo que me estaba pasando y ella reaccionó como yo esperaba que reaccionara mi mamá: se puso furiosa, dijo que le provocaba matar a ese tipo. Me apoyó y me aclaró que si yo no lo quería tener ella me iba a ayudar, pero que no le fuera a decir nada a mi mamá porque nos metíamos en la grande”.

El “procedimiento”

“Pasaron unos días y Consuelo, mi empleada, me manifestó que dijera que iba a estudiar con unas amigas después del colegio y que ella iba a pedirle permiso a mi mamá para hacer una vuelta y que así nos encontrábamos y nos íbamos a donde me iban a hacer el remedio. Así fue, nos encontramos y me llevó a una casa cerquita de la feria de ganado que hay en la vía al municipio de Bello, Antioquia.

Cuando llegamos, salió una señora con un delantal como de enfermera o como de cocinera, yo no supe bien qué era, me dijo que me quedara tranquila que no me iba a pasar nada y me hizo pasar a una habitación. Le pedí que dejara que Consuelo me acompañara, pero no lo permitió.

Cuando entramos a la habitación me dijo que me quitara la ropa de la cintura para abajo y me preguntó que si estaba segura. Yo le susurré que sí. Yo no pensaba que iba a perder un hijo sino que me iba a quitar a ese tipo de encima.

La señora me acostó en una camilla, me pidió que doblara las piernas y empezó a meterme algo. Yo sentía que me chuzaba, me dolía, ella intentaba como traspasarme algo y me decía que yo tenía el cuello del útero muy cerrado.

Yo no sabía de qué me estaba hablando, solo me mordía los dedos de las manos y le preguntaba si faltaba mucho. Me decía que tuviera paciencia y que respirara profundo.

Me dijo: “Tengo que introducirle una sonda y tiene que quedar bien adentro porque si se sale perdemos el trabajo”.

Eso me dolía demasiado, recuerdo que lloraba, que me provocaba pararme de ahí, pero me aguantaba porque no quería nada que me uniera a ese hombre, yo sentía que me había hecho mucho daño.

Por fin la señora dijo que listo, que me parara, que tratara de no moverme mucho para que la sonda no se me saliera y que en dos o tres días iba a sentir un cólico muy fuerte e iba a sangrar demasiado, ahí iba a tener el aborto.

Consuelo me esperaba afuera, nos fuimos para la casa. Yo entré primero, ella se quedó en la esquina haciendo tiempo. Entré a mi pieza y me acosté, lloré mucho, tenía mucho pánico”.

La emergencia en el colegio

“Mi mamá no se dio cuenta, entraba y me ofrecía de comer, y como yo le decía que no quería nada, me decía que tenía que cuidarme. Era horrible porque yo pensaba en lo que acababa de hacer y me confundía mucho.

Al otro día me fui para el colegio, común y corriente, me dolía mucho el estómago pero no pasaba nada extraño. Pasaron cuatro días, la sonda seguía ahí, yo me la empujaba como me había indicado la señora.

Recuerdo que estaba en clase, estaba en tercero de bachillerato y me dio un cólico muy horrible, yo sentía que me iba a “maluquear”, pedí permiso para ir al baño pero como en esa época no autorizaban nada, me lo negaron.

No me importó, yo sentía que me moría y salí corriendo, pensé que se me iba a salir algo muy grande, sentía que algo me estaba partiendo por dentro. Me senté en el sanitario y ahí vi que me estaba corriendo sangre por mis piernas.

Yo grité, vino la profesora, ella me preguntaba qué pasaba y yo solo le pedí que llamara a mi mamá.

La sonda se me había salido, yo me la terminé de quitar.

Tenía mucho miedo, no tenía donde meterla y la metí en el tanque del agua del sanitario, me estaba saliendo mucha sangre. Vinieron de la enfermería para atenderme, yo dije que no, que yo esperaba a mi mamá.

Yo gritaba, el dolor era impresionante, no sabía qué hacer. No podía decir nada, nadie sabía la verdad de lo que había hecho, solo Consuelo y yo.

No sé cuánto tiempo pasó y llegó mi mamá. No sé cómo fui capaz de caminar hasta el carro, me iba a llevar a la clínica, pero le rogué que no me llevara, le dije que mejor fuéramos a la casa que si seguía muy mal ahí si me llevaba a la clínica. La sangre seguía saliendo, el estómago se me ponía duro y me dolía terriblemente, de pronto se me ponía blandito y me dejaba de doler, después entendí que esas eran las contracciones.

Me metí a la ducha, pensaba que el agua caliente me iba a quitar el dolor. Yo me revolcaba, Consuelo me hacía agua aromática de canela, me decía que me calmara, yo no sabía qué camino coger, me iba a morir.

Ya llevaba más o menos dos horas en este dolor tan intenso. De repente sentí algo más doloroso que lo que había sentido en todo el día. Me puse en cunclillas tratando de ponerme en posición fetal, recuerdo que pegué un grito que todavía me retumba en mi mente: ¡AYUDAAAAAA! De un momento a otro salió algo grande y ahí descansé, se me pasó el dolor.

Mi mamá estaba ahí, ella cogió del piso eso que yo arrojé, ese era el bebé. Mi mamá me hizo acostar y salió de la habitación, quería enterrar el fetico en el cementerio Campos de Paz.

Mis otras hermanas habían llegado del colegio y se dieron cuenta que algo extraño estaba pasando. Cuando mi mama regresó, me llevó al Hospital Universitario San Vicente de Paul y allí me hicieron una curación”.

El reproche de la familia

“Fue inevitable que mis hermanas no se dieran cuenta de todo. Toda la vida me insultaron y me lo echaron en cara. Para las personas es muy fácil juzgar y atacar, y aunque han pasado muchos años, me arrepiento de haberlo hecho.

En su momento creí que era lo mejor y pensé que después de hecho lo iba a olvidar e iba a salir adelante como si nada, pero el dolor sigue ahí, es algo que uno nunca puede superar y si de algo sirve, mi consejo hoy en día, para cualquier persona, es que lo primero es la salud, la vida y el bienestar de los hijos. Sean concebidos de la manera que sea, los hijos son solo amor y matarlos es la peor cobardía”.

La vida da segundas oportunidades y Beatriz Sánchez, luego de conocer al hombre con el cual se casó, conformó una familia. Hoy es madre de dos hijos de 29 y 19 años, a los cuales ama y con los que aprovecha cada segundo que están a su lado.

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