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La segunda vida del Perro Negro

Guayaquil fue conocido como el lugar donde Medellín perdió la inocencia, un barrio al que la gente iba atraída por los excesos y los pecados que les prohibía la Iglesia Católica.

En ese sector maldecido por autoridades y religiosos hubo un sitio legendario al que iban desde matones hasta los personajes más reconocidos: la taberna Perro Negro. Ese viejo lugar resucitó en el barrio El Poblado.

Por Camila Vásquez y Carolina Peláez
cvasqu33@eafit.edu.co / cpelae18@eafit.edu.co

1950. Tango, pensiones, maleantes y cigarros. La plaza de mercado, inaugurada en 1894, fue la que le dio vida. Allí iban hombres de todas las condiciones, desde el campesino que buscaba un rincón donde dormir hasta el refinado empresario que salía de la iglesia de San Antonio derechito a las tabernas y las casas de putas que saturaban el lugar.

Era el corazón de la ciudad de Medellín de donde salieron muchos de los que llaman “verdaderos paisas”, la zona rosa más importante de la ciudad en 1950. Guayaquil nació entre el olor del mercado, la pujanza del ferrocarril, la música de las cantinas, el humo de camiones y los pecados de sus habitantes.

No se sabe la fecha exacta en que la famosa taberna Perro Negro cerró sus puertas, o si fue clausurada, pero existe el mito de que fue el último lugar en apagar las luces en Guayaquil.

Allí, el tango se mezclaba con el tinto, los camajanes con los empresarios, las teclas del piano con los choques de las bolas del billar y la media luz -característica de las cantinas de Guayaquil- con el humo de los cigarrillos de los hombres que satisfacían su ocio en Perro Negro.

Si hoy se entra al sitio donde quedaba Perro Negro y se mira por su ventana, ya no se verán las legumbres, los vendedores, los naipes y el ferrocarril; ahora se verá la imponente estructura del metro y de las avenidas que desgarraron el corazón de Guayaquil.

Sin embargo, en otro lugar de Medellín, un poco de la esencia de Perro Negro está tomando fuerza al revivir la historia de este lugar con aires de modernidad.

La nueva vida

“Quise resucitar un pedazo de Perro Negro, aquel bar que resonó en mi mente desde que leí el libro Sentir que es un soplo la vida, de Juan José Hoyos, un autor el hijueputa”, dice Alejandro Cardona, creador de este nuevo bar bautizado con aquel nombre mítico de la vieja ciudad.

Perro Negro es vigilado por el graffiti de un perro rottweiler y decorado por las frases que invitan a fundirse en la vida nocturna. / Foto Carolina Peláez

De manera coincidencial, Cardona se había vuelto amigo del hijo de Hoyos y en una visita a su casa pudo escuchar la olvidada historia de Perro Negro desde el mismísimo relato que provenía del recuerdo del autor.

De ahí les surgió la idea de hacer fiestas underground y subversivas donde solo tocaran electrónica y techno en las bodegas abandonadas del Centro y Niquía apodadas por ellos como Perro Negro.

“En el Perro Negro original solo se escuchaban boleros, tangos, guaracha… lo que se llamaba en esa época como música de ‘arrabal’. Ahí tocaron artistas muy reconocidos como Julio Jaramillo, Daniel Santos, Carlos Gardel”, explica Alejandro.

“Tristemente murió el sector, así como se muere todo. El Perro Negro dejó de ser uno de los lugares más concurridos y Guayaquil se convirtió en el lugar más decadente de Medellín”.

Las fiestas también se murieron y muchos años después, en el año 2017, Perro Negro resurgió en lo que era un bar de salsa del barrio El Poblado, justamente en el núcleo de la rumba: la calle Provenza.

Descendiendo por 18 escaleras en caracol con apariencia de un metal oxidado, se llega a un letrero que dice: “Peligro, perros bravos”. El salón de entrada se conoce como El Templo de El Jefe y se pueden ver entre la opaca luz del cuarto cinco cuchillos colgados de una pared junto con cuadros, rosas, un revólver y un grafiti con la imagen de un puñal.

Nombres de leyenda

Perro Negro gira en torno a El Jefe, un señor o un viejo al que le gustan los cuchillos, el dinero y el licor. No tiene un rostro definido, borró su propio rastro en las fotos, salía en un carro de placa 586 y se escribía cartas constantemente con María, su gran amor.

El Jefe es la personificación de los hombres de aquella época en la que el barrio Guayaquil estaba de moda. Pero nació principalmente de dos historias:

“El personaje de este señor salió, en primer lugar, de uno de los cantantes de boleros más importantes de Latinoamérica: el puertorriqueño Daniel Doroteo de los Santos Betancourt –cuenta Alejandro–. Una vez escuché un mito urbano que explicaba el apodo de Daniel Santos, El Jefe”.

“Decían que él frecuentaba mucho El Perro Negro y que allá tenían hasta cuadros de él. Pero en una de sus visitas al lugar le dio furia porque un señor no lo reconoció en uno de esos cuadros. Armó un problema y se dice que por tres días seguidos le pagó trago, prostitutas y marihuana a todo el barrio de Guayaquil para que nunca olvidaran su nombre”.

La otra faceta de El Jefe viene del cuchillero más famoso de Guayaquil, un hombre loco y frío ante la muerte.

“Nació el día que allí en el aeropuerto se tostó Carlos Gardel, como si quisiera asomarse a ver el choque”, escribía Manuel Mejía Vallejo en su libro Aire de Tango. Jairo se llama el personaje del libro y del cual se inspira también la decoración de la nueva discoteca, puesto que era aficionado a los cuchillos y hasta les ponía nombre.

“-Qué tal Lunes?
-Te tocó salir, Martes.
-Quietecito, Viernes”.

En el metal de los puñales que adornan las paredes del nuevo Perro Negro se refleja el rojo de las tenues luces que iluminan el lugar. A las 10 de la noche estas son las únicas que el DJ deja encendidas para darle lugar a la música y al baile.

Entre cuchillos y las únicas luces que se encienden en el lugar, se lee el párrafo irónico del baile en aquel lugar. / Foto Juan Pedro Sierra

Perro Negro se convierte en un sitio donde retumban los llamados retros del reggaetón porque inclusive este género musical, al parecer tan contemporáneo, también tiene un pasado.

Pura lujuria

“Yo soy el DJ de la discoteca, ya llevo muchos años en esto y creo que aprendí a conocer al público. Esas canciones viejas, que traen sentimientos y recuerdos, son la clave para prender una fiesta. Eso es algo similar con el Perro Negro antiguo, que las personas que lo frecuentaban escuchaban canciones con las cuales se desahogaban y conmemoraban momentos o personas. De alguna forma creo que con los retros que se escuchan en la discoteca actual, pasa lo mismo”, dice el dueño de Perro Negro, Alejandro Cardona.

En una de las muchas paredes negras de la discoteca se lee en letra cursiva, con aerógrafo plateado, una condena del baile en Medellín que data de 1921:

“Hoy el furor por el baile es una cosa verdaderamente aterradora. En primer lugar, los danzantes se juntan y se estrechan de tal manera que las palpitaciones del corazón están al unísono. Ella voluptuosa, perfumada con exceso, sonrosada por el aceite, sin mangas, con escote exagerado, blusa vaporosa y floja. Él sibarita, con tufo de brandy, y bien repleta la imaginación de imágenes seductoras”.

Guayaquil fue el preámbulo del desorden, los malos hábitos y las perversiones que espantaron a los feligreses, y que dio paso a que lo prohibido se viviera en plena luz de día, sin temores ni escrúpulo.

Casi cien años más tarde, en las calles de Provenza, la desaprobación del baile y los excesos se vuelven a esconder, esta vez bajo tierra, en el sótano donde “nadie vuelve a ser el mismo después de bailar una noche en el Perro Negro”.

Aquella ciudad conservadora permanece y se debate con la “más innovadora”: encerrada entre sus montañas, custodiada por Nuestra Señora de La Candelaria. Y ningún pecado ni todo acto impuro escapan a su mirada.

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