Lorena Arenas

Lorena Arenas, una atleta sin aspavientos

Lorena Arenas tiene una disciplina y una pasión por su deporte que rayan con la fe. Enamorada, complicada para comer y extremadamente delgada, así es la marchista más talentosa de Colombia, una joven campeona que, como otros famosos deportistas colombianos, ha mantenido su humildad intacta a pesar de la fama.

Por: Andrea Rivera Carreño y Carolina Franco Villegas

Ya había cometido dos faltas. Trató de permanecer un poco más atrás porque los jueces siempre están más atentos a los competidores que van en lo primeros lugares. Tenía esa mañana a dos rusas y una mexicana por delante. Faltaban 200 metros para llegar a la meta. Y entonces aceleró. Era el año 2012 y Sandra Lorena Arenas, atleta pereirana, ponía a Colombia en el podio de la Copa Mundial de Marcha en Rusia. Sonó el himno y ella, con la medalla de oro ya colgada al cuello, lloró de emoción. Se había preparado todo el año. No podía creer que era cierto ese triunfo en Saransk, esa ciudad en la que, según cuentan, es común ver todo el tiempo gente que marcha en los parques, en las calles, a la orilla del Volga: la capital de la marcha atlética en el mundo.

Con un vaivén de un lado al otro, la atleta es la otra colombiana que triunfa cuando mueve la cadera, después de Shakira. Pero no es una canción la que marca su ritmo, sino la necesidad de apretar el paso para adelantar a sus rivales en la pista. Con 22 años, y seis de carrera deportiva, esta atleta ha batido casi todos los récords en su modalidad en Colombia, desde las categorías juveniles hasta las de mayores. Muchos alardearían, pero para ella agradecer a Dios es suficiente. Cuando ganó el mundial no celebró. No le gusta hacer aspavientos.

Deportistas como Cristiano Ronaldo o Floyd Mayweather son conocidos por su talento como por su arrogancia. Pero para los colombianos, entre ellos James Rodríguez y Caterine Ibarguen, la gloria no altera su humildad. Arenas tiene la misma sencillez. Sus miedos los convierte en adrenalina. Y su disciplina no es virtud, sino requisito.

Su novio, Diego Mayorga, recuerda cómo una vez Lorena lo hizo detenerse en la vía de Armenia a Medellín porque tenía que entrenar, no importaba que estuvieran en medio de la carretera. Él la siguió durante dos horas, 26 kilómetros en total. Ella marchaba a 10 kilómetros por hora.

“Cuando entreno solo pienso en llegar a la meta, en no levantar los dos pies al mismo tiempo, en las reglas que debo seguir. Se me olvidan los problemas, las tareas de la universidad. Y cuando menos pienso, terminé los 20 mil metros que tenía que marchar ese día.” Son los kilómetros y no las horas los que marcan la agenda de Lorena. 

El inicio en las pistas

La disciplina es una forma de la pasión. Pero también se parece mucho a la fe religiosa. El que entrena en serio lo hace como quien reza todos los días. Una especie de oración. Lorena Arenas ha vivido esa devoción desde siempre. Primero como acólito en una parroquia del Quindío. Pero una vez se dedicó al deporte, dejó la camándula y la cambió por la pista. Hasta los 15 años sus únicas ambiciones tenían lugar en la iglesia, pero fue el sacerdote del pueblo quien la convenció de que su futuro estaba en otro sitio. Ella, incrédula del talento que le atribuían y sin tener siquiera idea de lo que era un club de atletismo, se mudó con su familia a Medellín donde conoció al hombre que sería responsable de su transformación en campeona mundial: Libardo Hoyos.

Hoyos, su entrenador desde entonces, aceptó trabajar con ella con una condición, una que Lorena no olvida: “Me dijo: ‘si usted quiere ser atleta profesional tiene que venir todos los días, sin falta. Si no está dispuesta, ni venga’”. Ni imaginaba lo que era ser deportista de alto rendimiento, pero aceptó sin reparos los términos de Libardo. La relación entre el entrenador y la atleta es tan complicada como la de un escultor con la piedra que cincela. Ella, extrovertida y de personalidad explosiva; él, introvertido, serio y de pocas palabras.

Así empezó su proyecto en 2009. Un año más tarde, a los 16, ya ganaba su primer Departamental de Atletismo en Santa Rosa de Osos. Bajo la lluvia, con frío y los zapatos llenos de barro, obtuvo su primer triunfo en los cinco mil metros. Esta victoria, la primera de todas, es la que más recuerda su mamá, Ruby Campuzano. Ha competido en Europa, Estados Unidos y Asia, y participado en el más prestigioso de los eventos deportivos, los Juegos Olímpicos. Pero ninguno de esos triunfos ocupa el lugar que guarda esa primera hazaña en la memoria de Ruby. El premio fueron cien mil pesos. Pero a la campeona le alcanzaron para invitar a su familia a almorzar después de la carrera: seis Bandejas Paisas. 

De cuatro hermanos, Arenas es la única atleta de la casa: los dos hombres se dedicaron a la topografía y su hermana menor todavía está en el bachillerato. Pero el apoyo que hoy recibe de grandes marcas patrocinadoras – Adidas, Ruta N, SATLV y Actimax – empezó, de hecho, en su casa: fue su hermano mayor quien le regaló los primeros tenis con los que empezó a entrenar.

Comer: más difícil que ganar medallas

Lorena Arenas tiene una relación tormentosa con la comida. No se alimenta bien y es complicada en exceso con lo que se lleva a la boca. Es tan escrupulosa para la comida que cruzó el planeta con una olla arrocera en su maleta. La olla pesaba casi 4 kilos. No quería comer rata, perro o insectos, lo que se oía era la comida china. Era el mundial de atletismo en Pekín y, como cuenta su amigo Marlon Flórez, hasta el otro lado del mundo empacó enlatados, fríjoles y lentejas. Junto a Caterine Ibarguen, la otra medallista olímpica colombiana y el referente de esta marchista, Arenas llegaba todos los días al hotel a preparar sus cenas en la olla traída desde Colombia.

Ya se sabe: cada cuerpo atlético, alto o bajo, robusto o frágil, es una máquina que requiere de combustible específico para obtener el más alto rendimiento. Arenas es terca pero sus resultados demuestran que el poco combustible que ingiere es suficiente para ganar el oro. Su dieta consiste en altas cantidades de proteína, carbohidratos y verduras, y aunque se alimenta mal, según su propio entrenador, allegados y amigos, es la única marchista que mantiene el récord de los 10 mil metros en 54 minutos: 25 vueltas por el carril interno de la pista.

Del oro al amor solo hay un paso

Cuando Diego Mayorga la vio por primera vez en una foto, la atleta cargaba la medalla de oro en los Suramericanos de Chile. No la conocía, pero comenzó a perseguirla en las redes sociales. No paró hasta lograr una cita meses más tarde. Al comienzo, el bogotano de 33 años intentó varios encuentros frustrados, pues nunca logró coincidir con los horarios de la marchista. Hasta que, como en las películas, lograron coincidir un diciembre en Medellín -el padre de Mayorga conocía a la familia de la atleta antes que él- y fue así como, en compañía de su papá, aterrizó de sorpresa en la casa de la pereirana y le pidió a sus padres permiso para ser su novio. Ha pasado un año desde entonces. Y aunque mantienen una relación a distancia -él sigue viviendo en Bogotá- comparten el deporte como estilo de vida: él es entrenador de Juegos Paralímpicos en el Instituto Distrital para la Recreación y el Deporte (IDRD) en la capital.

Diego y Lorena rompen juntos récords por teléfono, hablan más de dos horas a diario. Lorena asegura que esas conversaciones son un talismán para ella.

Pero Arenas también es un amuleto para algunos de sus amigos. Marlon Flórez, su amigo más cercano, cuenta que Arenas marcó su vida cuando viajaron juntos en 2014 a Ciudad de México. Es común que a los extranjeros sin dirección de llegada los retengan en los aeropuertos. Y le sucedió a Flórez. Estuvo encerrado por once horas en un cuarto pequeño y, mientras él creía que sería enviado de regreso a Colombia, su amiga intentaba contactar a alguien para ayudarle: se comunicó con la Liga de Atletismo de Medellín, con el cónsul en México y le rogó a la Federación de Atletismo para que hicieran algo por él. Cuando dejaron salir a Marlon ella seguía esperándolo en el aeropuerto. Se abrazaron y tardó varios minutos en dejar de llorar. Varios días más tarde, en esa misma ciudad, Arenas quedó campeona del Challenger Chihuahua.

La deportista, además de salvavidas, es también inspiración para muchos. Tiene un fan que se convirtió en su alumno. Daniel Restrepo, aspirante a atleta profesional, la veía entrenar todas las tardes en las pistas antioqueñas hasta que un día se atrevió a hablarle; le confesó que era su ídolo y que llevaba un tiempo siguiéndole el rastro. Desde entonces, se siente orgulloso de que la medallista sea su profesora: es ella quien lo regaña cuando llega tarde. Para ella la puntualidad no es negociable.

Los días de Lorena Arenas transcurren entre rutinas y esfuerzos. Cada noche alista su equipaje: una camiseta de manga sisa, una pantaloneta corta y un par de tenis donados por una marca que la patrocina: Adidas. Posiblemente con ellos cruzará la meta en los próximos Juegos Nacionales de Cali. Al podio se subirá con ellos. 

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