Mary Luz Avendaño

Una periodista entre dos sombras

Una de las reporteras más curtidas de Antioquia cuentas las experiencias más extremas que ha vivido para poder contar sus historias periodísticas.

Por Andrés Castaño Cardona – wcastan3@eafit.edu.co

“La gente cree que habla solo, que el loco habla solo. Pero no es que hable solo, en realidad recita, recita largas tiradas de versos que se sabe, del tuerto López (…) lo que sea. Camina por las calles de Madrid y recita. ¿Cómo un loco? No, como exiliado.”(H. Abad Faciolince. (2006). El olvido que seremos. Colombia: Planeta).

-Queda usted detenida por haber desobedecido el toque de queda impuesto por este frente.

-A ver, señor, si yo fuera una persona normalita, a esta hora estaría en mi casa durmiendo o viendo televisión, pero dado el caso que soy periodista tengo que cubrir las cagadas que ustedes hacen. Por eso estoy aquí.

Esa fue la respuesta que la periodista le dio al comandante  del frente guerrillero, en un punto de la vía que comunica a los municipios de El Peñol y Guatapé. Ella  estaba en la zona porque el día antes, previo a las elecciones del año 1998,  las Farc habían incinerado dos buses y al mismo tiempo limitado el paso de automóviles y de personas.

Estuvo cinco días en manos de los guerrilleros. Durante ese tiempo se movían de sitio al amanecer. En la tarde no daban paso alguno para evadir al Ejército. Y en la noche caminaban nuevamente hasta que se diera la orden de acampar.

En esos días uno de los comandantes trataba de explicarle que su causa (ideología) era justa. Incluso, le dijo que necesitaban un jefe de prensa.

La periodista me cuenta esto mientras empieza a comerse una mandarina.

No tenía cómo contra argumentar lo dicho por el comandante Ferney, pues apenas hacía tres meses que había salido de la universidad. Nunca estuvo encadenada, pero sí obligada a permanecer sentada o parada hasta que se le diera la orden de levantarse o cambiar de posición. Lo más difícil era ir al ‘baño’, pues no había. Además, le tocaba esperar hasta que se diera la orden para hacerlo.

Allí, encerrada, alejada de sus pasiones –por ejemplo, ver buen fútbol-, también ejerció el periodismo:

“¿Por qué son integrantes de la guerrilla?”, les preguntaba a los guerrilleros rasos.

“Pregúntele al comandante”, le respondían unos.

“Porque un amigo me dijo que era bueno”, respondían otros.

La periodista fue secuestrada cuando trabajaba en el noticiero Hora 13, donde estuvo durante tres años. Allí cubría los temas de orden público. Sin embargo, su primera asignación periodística fue sobre las pruebas ICFES. No sabía cómo empezar, pero se encontró un anciano de 65 años presentando las pruebas. Fue su salvación. “Ahí estuvo la nota”, dice.

La violencia, sin duda, es una de las limitaciones más fuertes para ejercer el periodismo en Colombia. Y algunos periodistas invierten la pirámide de primero la vida y después la búsqueda la verdad.

Luego de una hora de conversación, la periodista dice: “Creo que es mejor dejar hasta acá, porque enseguida tengo un compromiso, entonces para no llegar muy tarde”.

Se pone de pie y se despide. Al comenzar su camino, dos hombres salen del tumulto de gente de una cafetería, ella se ubica en el medio de ellos y luego emprenden la salida.

Así, custodiada, también partió del campamento donde estuvo secuestrada. Dos guerrilleros, disfrazados de civiles, la llevaron hasta Medellín. Querían estar seguros de que no parara en las veredas aledañas y diera las coordenadas de donde se encontraba el frente guerrillero. Fue dejada en libertad en una carretera destapada.

En el 2001 dejó el noticiero Hora 13 y pasó a ser una de las periodistas de Teleantioquia  Noticias. Allí cubría temas de paz y derechos humanos. La mayoría de sus informes eran sobre el paramilitarismo y la guerrilla.

En Teleantioquia estuvo siete años y en 2008 comenzó a ser corresponsal del diario El Espectador. “Nunca me vi trabajando para un periódico. Yo pensaba: ‘¡qué mamera uno estar todo el día encerrado escribiendo!’”, cuenta en una segunda entrevista.

Al mismo tiempo comenzó a dar clases de periodismo en televisión en la Universidad Pontificia Bolivariana.

Dos guerrilleros, disfrazados de civiles, la llevaron hasta Medellín. Querían estar seguros de que no parara en las veredas aledañas y diera las coordenadas de donde se encontraba el frente guerrillero. Fue dejada en libertad en una carretera destapada.

En una de sus reporterías para El Espectador, una fuente le habla sobre la posible relación de algunos miembros de la Policía con los grupos criminales de la Comuna 5 (Castilla), noroccidente de Medellín. Contrastó la información y concluyó que esta era veraz. Así que elaboró dos informes. Al primero lo tituló “¿Y ahora las polibandas?” Y al segundo “¿Nuevo capo de Medellín?”. Con este último puso al descubierto a alias Mi Sangre, cabecillas en ese entonces de la ‘banda los Urabeños’.

Luego de las publicaciones de El Espectador y de otros medios de comunicación, se supo que cinco policías fueron destituidos, entre ellos el comandante de la estación de Santander, y que unos 115, al parecer vinculados con la banda criminal, fueron transferidos a otras localidades del país.

El efecto más grave para ella la generó la nota sobre ‘Mi Sangre’. El cabecilla se comunicó con Fidel Cano Correa, director de El Espectador.

-Rectifiquen la información porque lo que publicaron no es verdad. O si no los voy a demandar, habría dicho ‘mi sangre’.

-Yo estoy seguro de lo que publicó la periodista, así que si quiere demandarnos, hágalo; si usted tiene la razón yo le pago el dinero que diga la justicia, pero no voy a rectificar nada.

Luego de esta conversación, Cano Correa se comunica con ella:

-Hablé con el abogado de ‘Mi Sangre’. Me dijo que rectifique lo que publicaste, o si no que nos va a demandar.

-Don Fidel, yo sé lo que publiqué.

-Sí, yo sé la seriedad de lo que publicaste, por eso te estoy respaldando.

Lo que se vino después fue una tormenta de amenazas.

“Dígale a su amiga, la periodista Mary Luz, que deje de publicar maricadas ¿o quiere ganarse el premio gordo?”.

A la sede de El Espectador en Medellín llamaron a preguntar por los datos personales y de residencia de la periodista”.  (El Espectador, 23-08-2011)

En la primera reunión para definir su situación estaban el comandante de la Policía de Medellín (en ese entonces el general Yesid Vásquez Prada), el director de la Sipol, el de la Sijín, entre otros.

-Ella es la periodista, ¿saben quién es?

-Sí

-¿Leyeron lo que ella publicó?

-¿Ustedes qué piensan?, ¿es grave?

“¡Ay marica! Si ellos están diciendo que es grave, es porque realmente es grave”, pensó.

-En estos momentos no te puedo brindar protección mientras el Gobierno decide qué hacer. No te preocupes, yo voy a mandar una patrulla a que esté dando ronda, así que vete tranquila para tu casa.

En ese momento el director de la Sipol le hace una seña al general.

-Dame un momento, le dice a ella.

Se pone de pie y va hacia el director, intercambian palabras. Al regresar, le dice:

-No, no te vas de aquí sin un escolta permanente las 24 horas.

Ese día llegó a la casa con escolta. Después le informaron que le pusieron un esquema de seguridad más amplio, con policías de inteligencia vestidos de civil.

En una segunda reunión con el general Yesid Vásquez Prada, él le dice:

-La situación está complicada (…) Algunos se podrían aprovechar del momento para lanzar acciones en contra suya.

-Osea, ¿usted me quiere decir que en estos momentos yo estoy como lombriz en fiesta de gallinas?

-Pues, sí.

“Dígale a su amiga, la periodista Mary Luz, que deje de publicar maricadas ¿o quiere ganarse el premio gordo?”.

En ese momento sintió rabia, impotencia, incluso disgusto con el periódico por dejarla en evidencia. Ahora se enfrentaba a algo radicalmente nuevo en su vida.

El 10 de julio de 2011, Héctor Abad Faciolince escribe una columna en El Espectador titulaba “Lo que es con ella es conmigo”. En uno de sus párrafos dice: “Esta guerra entre la mano negra de la mafia y la mano limpia de la verdad y la justicia, esta vez, ustedes no la van a ganar. Lo que es con ella, será con todos nosotros. No la dejaremos sola”.

La periodista aún conservaba  la esperanza de que la espuma bajara, pero luego la llaman y le dicen:

-Le podemos poner 50 o 100 policías, pero no garantizamos que no le pase nada. Lo mejor que puede hacer es irse de aquí.

El guardaespaldas que permanecía a su lado le confiesa que sus amigos lo presionaban para que renunciara, porque estar al lado de ella era una situación muy riesgosa.

Y su familia, que nunca interviene en sus asuntos, le dijo: “si se tiene que ir, váyase”.

Comprendió que ellos estarían tranquilos si ella se iba. Su madre, cada vez que salía, rezaba, le echaba cientos de bendiciones y le pedía al Altísimo que la protegiera.

Entonces, con su partida la marea alta disminuiría. Sin embargo, le preocupaba la soledad, la incertidumbre del lugar a donde iría.

El día del viaje, ya en el aeropuerto,  percibió en su familia sentimientos encontrados: por un lado, estaban tranquilos porque esta separación significaba protección para ellos -en este punto de su relato, sus ojos se pusieron rojos, se encharcaron y lloró-; por otro, estaban dolidos por las condiciones de la partida.

En agosto de 2011, con el apoyo del IPYS, (Instituto Prensa y Sociedad) y otras entidades, partió exiliada a Perú. El Espectador aportó dos millones de pesos para los tiquetes aéreos que la llevarían el vecino país. Sin embargo, ella le dejó el dinero a su madre para que atendiera cualquier necesidad. Los tiquetes se los dio la fundación.

En Perú llegó a un hotel donde se hospedaban otros exiliados. Fueron días difíciles. Incluso necesitó apoyo psicológico. No tenía nada para hacer. Había dejado la  Especialización en Periodismo Electrónico en la Universidad Pontificia Bolivariana. Pasaba días enteros en su cama. Pensaba en su familia, en el problema que la rodeaba.

Para ella, los peruanos no eran muy amables. Se les daba lo mismo si ella asistía o no a la oficina que le suministraron para cambiar de ambiente. “Es como si dijeran: “pues si se murió llamamos y decimos que huele como feo, que vengan a ver si es que hay algún cadáver”.

La tecnología apaciguó bastante el dolor del exilio. Por Skype hablaba con su madre diariamente.

Quizás los héroes con superpoderes no existan. Pero en esta historia hay algunos que hicieron ese papel: por su interés, preocupación, por ayudarla a sobrellevar una carga que no podía soportar por sí sola. La primera heroína es su madre, quien no dudó en ponerse la toga para recibir el título de especialista en periodismo electrónico de su hija ausente.

El segundo héroes es Peter, un ecuatoriano exiliado en Perú por publicar informes periodísticos que no gustaron al gobierno de Rafael Correa. Él la acompañó y compartió con ella sus problemas y aflicciones. Cinco meses después él partió hacia Ecuador.

Entre tanto, ella llegó a España en febrero de 2012 y se hospedó en Cataluña-Barcelona, donde vivía una prima suya. En este país dio conferencias sobre paz y derechos humanos y también estudió: hizo una Especialización en Conflictos Sociales y Políticos en la Universidad Abierta de Cataluña y un máster en Relaciones Internacionales Seguridad y Desarrollo en la universidad Autónoma de Barcelona.

La primera heroína es su madre, quien no dudó en ponerse la toga para recibir el título de especialista en periodismo electrónico de su hija ausente.

Durante su estadía allí recibió la vista de su madre y una hermana. Con ellas fue al Santuario de la Virgen de Lourdes (Francia), al Santuario de la Virgen de Fátima (Portugal).

Después que ellas regresaron a Colombia, escribió un libro a pedido y el dinero recibido lo invirtió en un viaje por las Islas Griegas. Después viajó a Suecia, donde reside un colega.

El 30 de octubre de 2012, una fecha inolvidable para ella, El Espectador tituló: “Alias ‘Mi Sangre’, cabecilla de los Urabeños, capturado en Argentina”. Tras las rejas el principal responsable de sus amenazas, regresaría la tranquilidad.

Tras casi dos años fuera, regresa en febrero de 2013 a Colombia. El programa de protección estaba a punto de terminar, había descartado trabajar en dos universidades de España por el poco dinero que se ganaba -ese país se enfrentaba a una crisis financiera donde ni los mismos nacionales disponían de empleo-, y había rechazado el asilo político brindado por Suecia porque le parecía un poco drástico.

De inmediato comienza a buscar empleo. En ese momento, regresar a El Espectador no era una opción. Intentó trabajar en otros medios, pero el rechazo era notable, tal vez por lo particular de su situación  o por los posibles problemas que podría traer su inclusión.

En esa búsqueda de trabajo, solicitó dar clases nuevamente en la universidad Pontificia Bolivariana. Pero le dijeron que la planta de profesores para ese semestre ya estaba completa, que la tendrían en cuenta para el siguiente semestre. Después de hablar con su exjefe de El Espectador y hablar sobre el manejo del periódico con su caso –ella no estaba muy conforme-, él le hace una oferta para cubrir temas más amables. Ella acepta. Además, se comunica con Jorge Giraldo, decano de la Facultad de Humanidades en la universidad EAFIT, y le plantea su interés en dar clases. Él dice que para el próximo la tendrán en cuenta.

“Y efectivamente, a mitad de año comencé a dar clases en EAFIT y Bolivariana, desde eso  han pasado tres años”.

La última conversación para hacer este texto transcurre en un  lugar tranquilo. Sin embargo, la esperan varios estudiantes impacientes. Detrás de ella, en una esquina, están los dos guardaespaldas. No son los mismos que tenía cuando volvió a Colombia porque los cambian frecuentemente.

Después de apagar la grabadora y despedirnos, ella se va. Ahí va una de las periodistas más curtidas y versátiles de Medellín, por su amplia experiencia en el oficio en televisión y prensa escrita. Sus colegas dicen que ella es una periodista valiente, persistente y muy apasionada por lo que hace. Ahí va también una mujer entre dos sombras. Una mujer de 43 años que ha procurado ilustrarse para mejorar cada día en su carrera. También se aleja la mujer frentera porque no le gusta decir nada de espaldas. Ya casi ni se ve la ‘doctora’,  como la llaman sus guardaespaldas, la protegida #1 por el trato y el respeto que tiene hacia ellos. Allá se esfumó la periodista temeraria, la que sobrepone la verdad ante todos los valores. Ya desapareció, Mary Luz Avendaño.

Texto elaborado en el curso Géneros Periodísticos 2

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