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Volar en picada

El sueño de volar, que han tenido los seres humanos desde el comienzo de los tiempos, se hace realidad a cada instante en muchos lugares del mundo. Esta crónica cuenta cómo se vive ese primer vuelo utilizando un parapente.

Por Sebastián Garcés Arbeláez – sgarce10@eafit.edu.co

–Parce, usted me dirá, si quiere le metemos adrenalina a la cosa…
–¡Sí, de una!
–¿Seguro? Porque se pone violento a veces.
–Seguro.
Íbamos cogiendo altura, remontando las nubes, subiendo al cielo: 800 metros, 950 metros, 1.100 metros… ¡1.200 metros! En tierra estábamos a 28 grados centígrados, todo un asador, y allí arriba mi chaqueta de cuero se sentía como una camisilla, pues el frío me penetró los huesos y me los congeló.
–¡Viejo! ¿Usted cómo cuánto pesa?
–Como 90 kilos.
–Ay marica, yo como 70. Acá podemos coger hasta el triple de velocidad del peso de los dos.
–¡Men! Pero eso es casi 600 kilómetros por hora.
–Jajajaja vamos a ver, yo he llegado hasta 300 kilómetros por hora.

Me emocioné, me puse eufórico, se me erizó la piel, se me dilataron las pupilas, me temblaron las manos, se me aceleró la respiración y comencé a reír a carcajadas: la adrenalina me hizo feliz y el tiempo se desvaneció.

La invitación

–Oe Sebas, me vas a amar güevón.
–¿Qué pasó?
–Por fin nos vamos a tirar.
–¡Bobo! ¿En serio? ¿Vamos pa’ parapente?
–Jajajaja, claro. Con eso no se juega. Mejor vaya empaque la chaqueta de cuero que allá arriba hace frío.
–¡Qué va home! Pero hágale que yo la llevo. Oiga, ¿y cuándo vamos?
–El otro sábado, el 22.
–¿Pero de este mes?
–Sí home.

Y dicho y hecho, en menos de una hora estábamos en un paradero lleno de empresas que prestaban el servicio para volar, en el kilómetro seis de la vía a San Pedro de los Milagros, en el corregimiento de San Félix, que pertenece al municipio de Bello.

Al final nos fuimos para el local en donde un joven, como de 25 años, nos dijo: “¿Y cuántos van a volar?” Ese tono desafiante y aventurero nos atrajo y nos atrapó: “Bueno, el viaje vale 90.000 pesos por persona y si quieren con video entonces 120.000”.

Estábamos mi tío Fernando, su esposa Claudia, sus dos hijos (mis primos) Valentina y Alejandro, el que me invitó. Sin dudarlo, mi tío exclamó: “¡Cinco con video!”.

Me enrojecí de la pena mientras él pasaba la tarjeta Visa por el datáfono. “Listo, ahora suban por esas escaleritas hasta la zona de vuelo”.

El área de despegue

Cruzamos la calle y nos encontramos con un estrecho sendero: perdido entre árboles, matorrales, rastrojos, tierra, ramas secas y flores de todos los colores. Subimos por 15 minutos la colina y los gemelos ya estaban ardiendo: el bochorno del medio día de un sábado pega con ganas y más cuando se tiene chaqueta de cuero en la espalda.

El camino era oscuro, pues estaba forrado por copas de los pinos, abetos y una que otra ceiba extraviada y cuando vi la luz en la cumbre de la últimas escaleras de madera rota, también escuché un grito de pánico liberador que venía del cielo:

¡Bájenme de esta chimbada… Pero mañana porque esto es una belleza!

De inmediato me salió una risa nerviosa: quería y no quería estar allá, necesitaba volar y caer del cielo. Yo llegué primero, subí casi corriendo con mi primo, nos aproximamos al punto de información donde una chica hablaba con un furor contagioso:

–¡Muy buenos días! ¿Van a volar hoy muchachones? Jeje…
–Sí, exacto –Alejo y yo nos miramos con cara de extrañados–.
–Y… señoritos, ¿tienen las facturas? Jeje…
–Sí, claro.
–¡Excelente! Jeje, espérenme un momentiquito en esta banquita que ya los ponemos a volar, jeje…

Nos sentamos impacientes y temblorosos; en esas llegaron los demás y a los pocos minutos nos estaban apretando los arneses: primero metí ambas piernas en un montón de cuerdas, correas y mosquetones, me alzaron el manojo de enredos hasta los hombros y quedó ajustado, me halaban y apretaban seguros por la espalda, el pecho, las piernas y el abdomen; aflojaban y atornillaban tuercas por todas partes y con una palmada sobre la cabeza me ajustaron un casco azulísimo.

Luego me pasaron un selfie stick con una cámara Gopro en la punta: “Tome parce, pa’ que grabe y se tome foticos”, me dijo un joven, mulato, con pasamontañas de calavera y forrado de pies a cabeza con prendas Adidas:

–Hola parce, ¿bien o pa’ qué? –me interrogaba mientras me pasaba el aparato–.
–Todo bien men.
–Mucho gusto, Felipe ¿Listo para volar?
–Yo soy Sebastián y no estoy listo, pero ya me quiero tirar.
–¡Melo! Esa es la actitud, viejo.

Ya estábamos en posición, Felipe se había enganchado a mi arnés y ya había doblado el paracaídas:

–Vea, pues, Sebas, ¿si pilla ese volao? Necesito que salgamos corriendo hasta allá. Ojo, no pare de correr hasta que estemos volando, pues. Cuando estemos en el aire, se sienta, en el traje que tiene hay como una tablita.
–Va pa’ esa.

Cogimos pista y emprendimos una maratón como si estuviéramos huyendo de un atraco, yo movía y movía las piernas y cuando nos topamos con el inicio del acantilado sentí que floté, me relajé y me dejé llevar. El resultado: nos fuimos al piso y puse a comer tierra a Felipe y a mí; nos quedaron las caras como a los combatientes de una guerra.

– Jajaja ¡¿qué pasó marica?!
–No, pues yo creí que ya estábamos en el cielo –me excusaba apenado mientras me sobaba la cabeza–. No ve que en esa bajadita llegando al final me engañé y creí que ya era cuando me tenía que sentar.
–No hermano, ¿pero todo bien?
–Sí, sí, sí… todo bien. Perdón.
–Hágale todo bien que ya estoy acostumbrado.

Subimos derrotados la cuesta y nos preparamos de nuevo: “Ojo, pues, Sebas, no deje de correr”. Asentí con la cabeza y me puse serio: me ajusté las gafas de sol, me subí el cierre de la chaqueta de cuero, me abroché de nuevo el casco, prendí la camarita y planté firme ambos pies en el suelo.

“¡Vamos Sebas!”, gritó Felipe y empezó la carrera. De un momento a otro nos encontramos en el filo de la caída y yo seguía corriendo, ya estábamos volando y yo seguía corriendo, ya habíamos dejado la zona de vuelo atrás y yo seguía corriendo…

El vuelo

–Oe, Sebas, ya podés dejar de correr.
–Jajaja sí, mejor prevenir que lamentar.

Respiré hondo, muy hondo, y solté el aliento.

Puse en alto la cámara para que tomara buenas fotos del panorama: estábamos volando por un valle rodeados de montañas y mesetas verdes, café y azules, con picos altos y otros bajos.

Se veía toda el área metropolitana del Valle del Aburrá, desde el sector de Niquía –en Bello– hasta el municipio de La Estrella, en toda la parte sur. Rozábamos las nubes y respirábamos su aire blanco. Miraba hacia abajo y no encontraba el suelo, solo una ilusión infinita que me demostraba que este no existía, pero que no me dejaba olvidar que si caía se crearía.

Yo movía mi monopod bajo mis piernas, sobre la cabeza, a un lado y al otro, por delante y por detrás: todo un fotógrafo.
Después de 20 minutos, Felipe, aguantándose la risa me dijo “Parce, Sebas, a eso se le acaba la batería en 10 minutos”. Se me arrugó la piel de la cara y luego se me estiró a punta de risas “Nea, y yo moviendo esto todo empeliculado, qué pendejo”.

“Sebas, vea, vea, vea; pille esa cascada. Desde acá se ve chiquita pero es una caída larga”. Giré la cabeza hacia abajo y a la derecha y la vi: ¡era un chorrote! Uno que se hacía más grande a medida que se regaba por la montaña, fluyendo entre troncos sin hojas y piedras brillantes y filosas.

El aterrizaje

Después de casi media hora de un paseo por las brisas me estaba durmiendo y Felipe me despertó: “¡Listo! Ya tenemos buena altura ¡Cójase parcero!”

Entonces sonreí levemente y la boca se me fue abriendo centímetro a centímetro hasta que se estiró del todo y dejó salir la risa y el grito “¡Ay Gonorrea!”, grité a pulmón herido mientras caíamos en picadas rompiendo las corrientes de aire.

Bajábamos como si no tuviéramos paracaídas, los cachetes se me llenaron de aire y la chaqueta se infló; las gafas se me pegaron a la pupila y la cámara contra el pecho.

Felipe no pronunciaba ningún sonido, pero el viento me chillaba en la oreja. Ahí se me apagó el oído. El piso, ese tierrero, se aproximaba y las maticas se convirtieron en árboles de 30 metros; volvíamos a la zona de vuelo y yo veía un gentío que me gritaba y gesticulaba con ganas.

Felipe me zarandeaba y se encendió el oído: “¡Sebas! ¡Alce las piernas! ¡Álcelas ya!” De un tirón me las puse casi en la cara y ahí mismo aterrizamos sentados.

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