Ayahuasca

Yagé, una experiencia entre la vida y la muerte

¿Qué se siente tomar Yagé? Esto fue lo que experimenté al tomar este brebaje, considerado sagrado por comunidades indígenas amazónicas en Colombia, Bolivia, Perú, Ecuador y Brasil. Testimonio.

Por Manuela López – mlopezp2@eafit.edu.co

Recibo la llamada desde Estados Unidos de Dora Pérez, una de mis tías. Me cuenta que desea venir a visitar a la abuela y que de paso quiere asistir a una ceremonia de Yagé. Asegura que será algo muy especial. Me invita a que la acompañe. Me da las indicaciones que debo seguir para preparar mi organismo, en caso tal de que mi respuesta sea positiva: “Mamita, no puedes tener el periodo, debes ir con intenciones lindas y tres días antes no debes consumir carnes rojas, ni condimentos, salsas, lácteos, y tampoco tener sexo. Ya sabe, este fin de semana nada de nada”.

No tengo ningún problema con la mayoría de indicaciones, aunque sé que me costará dejar de consumir lácteos, porque al día me tomo dos bolsas de leche, y a mí novio, al igual que a mí, no le gustará la idea de no compartir un fin de semana. Además, mi madre (que está fuera del país) no estará de acuerdo. En ocasiones anteriores me había dicho: “Dorita quiere hacer locuras, donde fuera hija mía la amarraba”. Me despido de mi tía con la promesa de que voy a consultarlo con la almohada.

La mañana siguiente lo comento en clase y la reacción de mis compañeros me lleva a seguir las indicaciones y a asistir a la ceremonia. Escribiré sobre la experiencia.

Despierto el sábado 23 de abril y no consulto nada para no predisponer las posibles visiones. Me visto de blanco y uso accesorios precolombinos. Parezco una indígena.

Salimos rumbo a Santa Elena con mi tío Hernán Pérez, mis primas Erica Ramírez y Lina Ramírez. El maletero del carro va lleno de cobijas y frutas. En el camino discutimos sobre lo que vamos a vivir, sobre la diferencia entre religiosidad y espiritualidad y sobre tantas contradicciones presentes a lo largo de la historia en el seno de la iglesia Católica (de la que toda la familia tradicional ha sido parte). Más tarde se comunica Luz Marina, la más rezandera, la que asiste a misa mínimo una vez al día. Dice que ella, su esposo José Manuel Zuluaga y su cuñada María Gilma Pérez están en el parque del corregimiento esperándonos.

En la vereda El Plan, a 17 grados centígrados, nos guiamos por un croquis para llegar a la finca Makha Wakan, que en el dialecto cofán quiere decir “Tierra sagrada”. Nos saluda una joven de cabellera negra y abundante, recogida en una trenza que le llega hasta la zona lumbar: “Bien llegados todos, mi nombre es María Lorena”. Nos muestra dónde está ubicado el baño de las mujeres y nos reparte un documento que debemos leer y firmar. En este se mencionan las ramas que componen el brebaje y la experiencia del Taita (padre) que lo suministrará.

Estamos en el corredor de una casa campesina de bareque, con ventanas de barrotes rojo escarlata, las baldosas desgastadas son  de colores borgoña y amarillo. Hay una mesa en la que están exhibidas bellas artesanías hechas por María Lorena para la venta.

José Manuel no fue con la intención de beber Yagé. Confiesa que le da miedo. Los demás le dicen: “Toño, hágale”. Y él, testigo de la tranquilidad del lugar, empieza a dudar.

Al frente de la casa, a unos siete metros, está la maloca Sonqo Wasi  “Templo del corazón”. En el centro, entre cuatro estacas de madera gruesa, está la fogata. Siempre que hay toma se enciende una gran hoguera para que estén presentes los cuatro elementos o poderes: tierra, aire, agua y fuego.

Greison Leónidas Lezama, el taita, está sentado en un taburete. Tiene 27 años. Fuma tabaco. Viste un blue jean y una túnica bordada azul rey. En su indumentaria se destacan los accesorios: collares imponentes, unos de colmillos de saíno, otros de canutillos de colores hechos por su esposa; un cinturón hecho con semillas similares a campanas, que cruza en forma de equis entre los hombros y la cintura; y un pañolón rojo amarrado al cuello.

El recinto es circular y está hecho de madera. Las paredes están forradas por doce imágenes en tela: hay jaguares, tigres, indígenas, lobos, tejidos de colores, la virgen Guadalupana (por ser una de las tantas formas que adoptó la madre naturaleza) y cuatro cobijas que sirven de puertas, dos para mujeres y dos para hombres. El techo tiene forma de cono y el piso es entapetado. Todo está organizado para nosotros: hay colchonetas abollonadas de diferentes colores.

El taita nos saluda. Con él están sus acompañantes: Gonzalo y María Lorena. Todos estamos sentados en las colchonetas, los hombres a un lado y las mujeres al otro. Greison nos pregunta los nombres y si tenemos alguna enfermedad. Escucha atento. Resuelve las dudas, sobre todo las de Manuel que ya ha decidido participar.

Da las instrucciones: “Lo que ustedes van a consumir es una medicina muy poderosa… déjenla que actúe. La primera es una toma de limpieza, algunas personas pueden aliviar (vomitar) o ir al baño. Por eso hay sitios para aliviar afuera. Además es posible que tengan visiones de cosas del pasado, del nacimiento o de la muerte, pues ese es el encuentro de los yoes: del yo de afuera con el yo de adentro, o yo interior, ese que muy poca gente logra manejar, y en el interior es donde están los miedos (enfermedades del cuerpo y el alma). Si quieren aliviar o ir al baño dejen que el producto les actúe por lo menos veinte minutos y controlen todo con la respiración, pueden sentirse mareados”.

Al finalizar apaga la luz y toma un pebetero metálico que contiene Copal, una resina de aroma mentolado. Pasa el sahumador por el fuego y la atmósfera se llena de un humo blanco agradable, de cuyo olor la mayoría disfruta. Yo estoy congestionada por la rinitis que me produce el frío, pero siento levemente la fragancia. El taita le lleva el recipiente a cada asistente para que inhale la esencia. Algunos tratan de tomar el vapor con las palmas de las manos y llevarlo a la cabeza. A su turno, Manuel dice con picardía: “Mi propósito es que me crezca pelo, para eso vine”. Las hermanas Ramírez tratan de controlar la risa y Marina, su esposa, le hace señas para que se comporte acorde a la situación.

Greison mete sus manos en un balde lleno de agua, las saca y bebe Yagé. Lo mismo hacen su compañero y su esposa. El taita tiene una linterna encendida en la frente y emite varios sonidos sobre el brebaje. Después pide que pasen primero los hombres. Son las 9:00 de la noche.

Pasan Hernán y Manuel. Luego siguen las mujeres: Gilma, Dora, Marina, Erica y yo. No tengo temor. Gonzalo recibe la copa, una especie de mortero de madera y se la entrega al taita. Este me mira fijamente, está aproximadamente a dos metros de distancia, emite 22 veces una onomatopeya difícil de explicar sobre la mezcla, y se la pasa a Gonzalo. Sostengo la copa, la llevo hacia mi boca y la inclino esperando a que baje la sustancia, que por su espesor tarda un poco. Su textura es como la de la miel, pero con un nivel de concentración superior, siento la densidad en mi boca, su sabor es  amargo y dulce como la panela. María Lorena me ofrece agua. Acepto y doy dos sorbos. Lina es la última en pasar.

Todos están acostados. Me siento en mi colchoneta mientras me baja la medicina. Dora, que está  a mi derecha, me pregunta en un susurro cómo me pareció. Le digo que prima el sabor amargo. Saca un par de chicles norteamericanos de marca Extra, se mete medio a la boca y me da el otro. El sabor amargo disminuye.

Me acuesto con la mente en blanco y empiezo a visualizar varias cosas. Me digo: “Estoy trabada, ya no hay reversa”. Las visiones son sobre objetos y seres desconocidos, son extremadamente coloridas y percibo otras dimensiones. Hay un vórtice, luego unos arabescos entre dorados y plateados sobre un fondo azul claro que se contraen y se expanden, aparece un payaso que en lugar de cabeza tiene un acordeón, pero rápidamente la imagen cambia por otra en la que hay distintas tonalidades de rojo desvaneciéndose en medio del vacío, esta a su vez es reemplazada por otra y así sucesivamente, en tan poco tiempo, que no alcanzo a contemplar del todo una cuando ya estoy teniendo otra,

Siento unos leves retorcijones. Procuro contenerme para no expulsar el producto. Pero, de manera inevitable, cinco arcadas hacen que me siente. Marina, que está a mi izquierda, me dice “¡Manuelita, Manuelita!”. Y María Lorena se acerca para ayudarme: “¿Quieres salir a tomar aire?”. Supongo que digo que sí. Salimos a la zona en la que se debe aliviar. Respiro profundo el aire fresco. Me aferro a la baranda del puente, pues siento que me voy a caer. Me mareo cada vez más y no veo las cosas como las conozco: el prado no está verde sino gris y sobre este, al igual que en las demás cosas que aprecio, se forman figuras geométricas simétricas.

Intento explicarle a María Lorena que no estoy bien, que el cuerpo no me está respondiendo. Insisto en que me quiero ir. Ella me recuerda que estoy en la ceremonia del Yagé y dice que todo está bien. Espera pacientemente y luego me conduce a mi puesto al que llego dando traspiés. Dora y Marina me preguntan cómo me siento. Con poco ánimo de responder les digo que siento que no soy yo. Les pregunto por separado cómo se sienten. Responden que bien. Me parece absurdo, teniendo en cuenta mis sensaciones. Estoy tiritando de frio. Marina me soba el rostro con las manos, en otros momentos me acurruco hacia donde Dora en busca de calor. Me dice: “Manu, estás en el tapete, hazte en la colchoneta mi amor porque te va a dar más frio”.

Entre tanto, el Taita entona varios cantos en el dialecto cofán. Percibo esos sonidos de una forma completamente distinta a la habitual. Veo el sonido como ondas de colores que se propagan, paralelamente escucho los colores. Las visiones suceden mayoritariamente cuando tengo los ojos cerrados. Si los abro, en un intento por liberarme del vértigo que me producen, visualizo la maloca como una especie de telar inmenso en el que se cruzan muchas fibras de diferentes colores, como si innumerables rayos láser estuvieran bombardeándome, entrelazándose y cambiando constantemente de dirección.

En esas ando cuando entre tantas cosas llega la muerte a mi colchoneta, o a mi cabeza. Estoy acostada bocarriba en la camilla de una clínica y a mi rededor hay un equipo médico de aproximadamente cinco doctores (hombres y mujeres) vestidos con pijamas azul cielo y gorros del mismo color que les cubren la cabeza. No me duele nada, pero infiero que estoy a punto de morir.

Después veo un periódico en el que en primera plana sale mi foto. El titular: “Niña muere haciéndose el Yagé”. Me da lástima por mi madre. Pienso en su dolor y en la desagradable sorpresa que tendrá al enterarse, porque ni siquiera sabe que he asistido a la ceremonia.

El frio ahora es insoportable. Me dirijo a Dora: “¡Tía, me estoy muriendo, tía, tía, tengo miedo!”. Ella me dice con voz serena: “Manu, qué rico, déjate llevar, dale, tranquila mamita, no tengas miedo”. Y continúa hablándome sobre (como me explico luego) cosas lindas y cariñosas. Dejo de escucharla y mi respiración se agita y empiezo a inhalar y exhalar brusca y desesperadamente. Ella se preocupa y me dice: “Manu, Manu, Manu… ¿qué sientes?”. Llega María Lorena, se arrodilla al frente  y sin alterarse me dice que piense cosas bonitas. Dora también me habla, pero dejo de escucharlas y a pesar de tener los ojos abiertos veo un túnel negro tejido por líneas blancas que se mueven al lado de María. Ahí me desconecto de todo y por un instante solo veo oscuro. Lo más probable es que allí haya muerto algo en mí. Pero cuando siento que me he ido del todo pienso: “No me voy a morir”. Y vuelvo a ver a las dos mujeres que me hablan. Entonces pienso en mi madre. Veo su rostro estático como una fotografía, al igual que el de mi novio y el de mi abuelita. Considero los sueños que tengo y que comparto con mi novio, como el deseo de formar un hogar y ser madre. Pero en un punto me canso de luchar, porque me cuesta recordar las cosas, me digo: “Tu eres Manuela López, M-A-N-U-E-L-A”.

Luego, aunque para mí era inimaginable que la situación pudiera empeorar, dejo de sentir que estoy muerta para experimentar la sensación de estar “en coma”. Sigo inmóvil en una camilla, pienso muchas cosas, pero todas son desordenadas y abstractas. Veo los pasillos de una universidad que siento que es Eafit. Aparece la cara de Nicolás, uno de mis amigos, las de los profesores de las clases que más me gustan: Walter, Juan David y Julder Alexander. Veo un taxi en Nueva York. Considero lo que soy o lo que era. Me veo como alguien que ha sido feliz y en cierta medida me arrepiento por haber ido a buscar peligros. Analizo rápidamente lo que le exigí a mi cuerpo en algunos momentos para cumplir con un tonto estereotipo. Las veces en que he hecho sufrir a mis seres queridos. Mi pequeñez en medio de la grandeza del planeta (al que veo desde la galaxia) y del universo. Veo a través de una tomografía axial computarizada (TAC) mi cerebro: hay zonas amarillas, rojas, azules y verdes. Y me cuestiono: “¿Cuánto tiempo llevaré aquí?, ¿cuántos años habrán pasado?, ¿qué será de las personas que amo?, ¿me despertaré en algún momento?”.

No sé en qué punto termina esa visión, pero María me invita de nuevo a salir a tomar aire y me ayuda a levantarme. Salgo desmadejada. Los pies se me doblan. No tengo control sobre el cuerpo. Dora está preocupada y sale para chequear cómo voy. Ella sabía que el fin de semana anterior había tenido un dolor muy fuerte en el seno izquierdo y tuve que consultar con varios médicos por ello. Regresan las arcadas, esta vez más fuertes. Empiezo a vomitar. El Yagé sale con el mismo sabor amargo que ingresó, pero ahora sin una pizca de dulce. No huele a vómito sino a Ayahuasca. María Lorena le dice a Dora: “Entra, no te tensiones que todo está bien, es parte de su proceso y lo debe vivir, tú también debes vivir el tuyo”.  Dora se resiste un poco, y luego le dice: “Mi amor, es que me preocupa que la niña esté así… pero bueno, ok”.

Luego María me toma de la mano. Con un esfuerzo impensado llego hasta la colchoneta y en vez  de acostarme caigo tendida como si estuviese desmayada. Pienso: “qué trastazo, pero tan raro no me duele”. Dora me pregunta que cómo sigo. No respondo.

El Taita continúa con su música. Los sonidos son abundantes y no alcanzo a procesarlos. Por el frío empiezan a temblarme las piernas. El estremecimiento es mayor cuando sube la melodía. Me provoca decirle que se calle, pero soy incapaz de moverme y de hablar. Cuando baja el sonido disminuye también mi tensión muscular, me relajo un poco. Continúo viendo la maloca repleta de los rayos láser de distintos colores que se entretejen. Está presente la figura de Greison lleno de plumas, como un águila.

Las imágenes del hospital y “el estado vegetativo” se repiten en mi cabeza. Parece que esa visión me tiene condenada al eterno retorno. Y cada vez que vuelve llega acompañada de las náuseas y posteriormente del vómito. Intento contenerme, pero antes de que pueda ponerme de pie para aliviar afuera veo un líquido del color del vino tinto pintar de granate mi camisa blanca.

María me ayuda. He estado todo el tiempo en medias y ésta vez mis dedos se golpean con cada una de las tablas de madera del puente. No puedo levantar los pies para dar los pasos. Me digo como cuando me vi muerta, esta vez cogiéndome la cara con las manos: “Manuela, Manuela, tu eres Manuela… ¿Qué te pasa?”. Y ella me sugiere: “No luches contra ti misma, ni contra lo que estás sintiendo… todo esto es parte de tu proceso y es muy lindo”.

Me toco el rostro, los senos, la vagina y los brazos con las manos untadas de vómito, para sentir que ese realmente es mi cuerpo. Mientras lo hago me repito mi nombre. Me llaman para que vaya donde Greison. Llego milagrosamente y me siento en el tapete. María me explica que es el momento de la curación y pide que me descubra la espalda. Como no lo hago me baja la parte trasera del suéter. El taita está detrás sentado en un taburete. Lo veo como si no tuviera camisa y con una corona de plumas que en realidad no se ha puesto. Entona cánticos y se sienten de nuevo múltiples instrumentos desconocidos. Mientras fuma tabaco esparce un agua refrescante que nos moja la espalda, parece que estuviera valiéndose de un hisopo, pero no me da frío tener la espalda desnuda porque de hecho no siento que la sustancia refrescante esté cayendo en mi piel como cuando algo me moja, si no que me produce una sensación similar a la de un Vick Vaporub.

Termina la curación y desde mi lecho veo al maestro vestido con una túnica como la de los monjes agustinos, exactamente del mismo tono granate del Yagé. Cerca de él hay otro cuerpo similar, se ve sólido y tiene una capa cuya única variación es el color negro. El taita permanece firme, pero el ser de túnica negra se quebranta y luego se desvanece. Parece que la muerte se ha esfumado.

De repente los rayos láser que convivían conmigo en la maloca empiezan a ser menos abundantes, y los picos de la música ya no me molestan tanto. Ahora los rayos láser son escasos, empiezo a recuperarme y sobre todo a recuperar la esperanza, siento que es probable que despierte después de la madrugada.

Desde el cambuche veo que la fogata ha perdido intensidad y que María se acerca para ventilarla con un abanico de plumas hasta que se enciende de nuevo. El taita terminó la ceremonia y le preguntó a cada uno cómo se sentía. Cuando me preguntó le dije: “Muy bien, muchas gracias, ya se me está pasando el efecto”.  Eran las 2:10 a.m.

El Taita ya está en su hamaca. Sigo observando el fuego y duermo a ratos sin darme cuenta. Cuando despierto escucho  el canto de muchas aves y veo que está amaneciendo. Ya no hay ninguna visión. Contemplo cada una de las imágenes, a las personas que me acompañan, sigo masticando chicle y me siento profundamente feliz de haber despertado, de estar viva. Duermo otro poco. En la mañana soy la primera en abrir los ojos, estoy ansiosa por ver el sol, soy testigo del momento en el que Greison se levanta y en los que los demás lo hacen. He renacido.

¿Qué es el yagé?

Alejandra Isaza
Masoterapeuta de medicina ancestral chamánica de Naturaleza Pura
Alejandra Isaza, define al yagé asi: “Amor, porque cuando uno es amor es todo, es conciencia, es sanación, es luz… es la fuerza que todo lo puede aliviar en la vida, el medio para curar todas la enfermedades”.Ella cuenta que su vida cambió desde que consume este brebaje, desde hace diez años.

Antes de vivir la experiencia era una mujer malgeniada, con cuadros de depresión, enferma del útero, de las mamas, con masas en los ovarios, le daban crisis pépticas (por las úlceras
estomacales) y fuertes dolores de cabeza.

La primera vez que lo tomó fue porque quería tener contacto con su difunto padre, porque no había tenido una buena relación con él, y cuando murió quedaron muchas cosas inconclusas. En
esa primera toma se sentó a hablar con él, y cuando eso sucedió se dijo: “Qué es esta maravilla, este es el reencuentro conmigo y con Dios”. Por eso empezó a asistir aproximadamente cada mes, para tener una experiencia de sanación y aprendizaje, especialmente de la percepción de su cuerpo. Transcurrió alrededor de un año y no sólo se equilibró emocionalmente, sino que además las masas que tenía en los ovarios desaparecieron, la operación que debían hacerle en el útero se descartó.En general todo mejoró.

Continuó por ese camino y dejó su trabajo como cosmetóloga. Ahora considera que es más importante la conciencia que la estética y el dinero.

Según ella “El Yagé activa la glándula pituitaria y permite expandir la conciencia, porque abre y muestra que esto es una ilusión, que lo que uno ve cuando toma la medicina es lo que realmente es; si ve cosas hermosas, eso es, si ve cosas fuertes igualmente, eso es y hay que mejorarlas; porque todos tenemos luz y oscuridad, somos Jing-jang, pero hay que enfrentar lo que nos da miedo y seguir el camino. A mejorar es a lo que nos lleva la medicina ancestral, a entrar en conciencia”.

“Con la medicina he aprendido a ser consciente de cada detalle de la vida, a valorar cada aspecto como si fuera un ritual, como el del Yagé, el agua, por ejemplo, es sagrada”.

 

Greison Leónidas Lezama
Taita de abuelos pijaos, miembro de Eagle Condor Alliance y de la Organización de los Pueblos Indígenas de la Amazonía Colombiana (Opac), facultado por la Unión de Médicos Indígenas Yageceros de la Amazonia Colombiana (Umiyac) como médico tradicional
“El Yagé es infinito, pues la medicina permite que seamos conscientes, nos muestra lo que realmente somos, lo que debemos mejorar, y nos cuestiona. Nos hace caer en cuenta de que somos como una arenita en el universo, y debemos valorar nuestro cuerpo, la integridad,del otro y la naturaleza”.

Su vida ha girado alrededor del bejuco sagrado: lo probó a los siete años –descubrió el espíritu del remedio-, a los 13 se conocía intensamente, a los 15,comenzó a darle toma a las personas, a los 17 fundó con su hermano, en La Mesa (Cundinamarca) la maloca Yai Bai (Hombre Jaguar).

Actualmente vive con su esposa en el corregimiento Santa Elena de Medellín. Viaja a la selva amazónica una vez al mes para meditar, buscar los ingredientes del Yagé (Ayahuasca, Chagropanga y Chakruna) y compartir con su comunidad,,especialmente con otros taitas o abuelos. A ellos, como retribución a lo que le han enseñado, les entrega la mayoría de sus ganancias. Celebra el Yagé y otras ceremonias especiales en la maloca Maka Wakan (Tierra Sagrada), a las que asisten máximo veinticinco personas.

“Lo que uno siente luego de tomar la medicina es una paz interior y mucho amor por los demás, un estado de conciencia y mejoría en el cuerpo” – Greison Leónidas Lezama.

Decenas de comunidades indígenas en América celebran la ceremonia del Yagé entorno a la ingesta del brebaje preparado con el bejuco parásito, también llamado Ayahuasca, que se adhiere a algunos troncos gruesos de los árboles de la selva Amazónica.

Su poder fue descubierto por los nativos ancestrales al observar durante muchos años que el jaguar, animal sacro, al masticarlo y comerlo adquiría mayor audacia y velocidad en sus movimientos; desde entonces se usa como medicina o purga para las enfermedades del espíritu y del cuerpo, llamadas miedos por los indígenas.,Las tribus que consumen el menjurje, que lleva otras plantas además de la Ayahuasca, consideran que el padre creador la dejó como acompañamiento para que,expandan su conciencia, vivan saludables, en equilibrio y armonía.,Los Cofán son indígenas que
habitan territorios peruanos, ecuatorianos y colombianos, todos distribuidos entorno al río Amazonas; en su dialecto, Yagé significa “semen del pene del sol”.

En quechua Ayahuasca significa “soga de los espíritus” por su etimología aya “espíritu” o “muerto” y waska “soga” o “cuerda”, ya que en la cosmovisión de los pueblos nativos el Yagé es la soga que permite que el espíritu salga del cuerpo sin que este muera.

 

Germán Zuluaga Ramírez
Docente, director del grupo Estudios en Sistemas Tradicionales de Salud y del Centro de Estudios Médicos Interculturales, miembro activo de la Asociación Colombiana para el Avance de la Ciencia, investigador en Sistemas Tradicionales de Salud y Botánica Médica y colega de los Taitas del Vaupés y el piedemonte amazónico
En entrevista con el diario El Espectador (fue publicada el 6 de marzo de 2008) este médico dijo: “¿Qué es el yagé? Simplemente me remito a repetir las palabras textuales que los distintos taitas
me han enseñado. El yagé es una planta medicinal, punto. ¿Cómo obra? Es un purgante, punto. La diferencia es que su acción purgante no ocurre solo a nivel físico, sino que ocurre en otras dimensiones de la persona: pensamientos, sentimientos, recuerdos, emociones… y eso es lo que lo hace tan especial. Eso es para mí el yagé. Y de acuerdo con las enseñanzas de ellos, la única forma correcta de acercarse al yagé es por salud”.

 

Precisiones sobre el yagé
La siquiatra Delia Hernández, especialista en conductas adictivas y directora de la ONG Fundar Colombia, dedicada a la prevención y rehabilitación de adicciones, explicó en una entrevista para el diario El País de Cali que la Ayahuasca debe ser mezclada con hierbas como la Chancruna y la Changropanga, porque de lo contrario no produce alucinaciones. La mezcla de estas plantas produce una sustancia conocida como Dimetiltriptamina, que es lo que está asociado a las visiones.

En entrevista con el mismo medio, Jorge Quiñónez, médico miembro de la Organización Regional Indígena del Valle del Cauca afirmó que la Dimetiltriptamina se considera un estimulante y que el extracto del Yagé contiene diferentes elementos que pueden producir síntomas severos como mareo, náuseas, diarrea y visiones.

Sobre el caso de Henry Miller, el turista británico de 19 años que murió en el Putumayo en el 2014 después de beber Yagé, la doctora,Hernández manifestó: “La muerte con yagé es rara, tiene que ser porque la persona tenía una patología previa que lo hizo vulnerable a los componentes de la sustancia”. Sin embargo, algunos Taitas indican que el inconveniente fue que la persona que suministró la medicina no era un médico ancestral, sino un indígena que jamás había dirigido una ceremonia. Además el joven había ingerido marihuana y estaba embriagado, y el Yagé no puede mezclarse con ese tipo de sustancias.

La Ayahuasca no crea adicción. Al contrario. Su uso en tratamientos de desintoxicación y adicciones es un hecho en países como Brasil y Perú. Según muestran investigaciones del equipo mixto (médicos de medicina occidental y médicos de medicina ancestral chamánica), dirigido por el psiquiatra estadounidense experto en psicofarmacología, Rick Strassman, es una terapia muy efectiva en el campo de la psiquiatría y la psicología en el tratamiento contra la depresión, la ansiedad, problemas de personalidad y esquizofrenia.

Se diferencia de los alucinógenos, porque según la cosmovisión de los pueblos indígenas, tiene propiedades enteógenas, las cuales expanden la conciencia.

“La Dimetiltriptamina, presente en la Ayahuasca, es la molécula del espíritu, porque induce reiteradamente experiencias espirituales en sus usuarios”. – Rick Strassman.

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