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Del terror a los escombros

El miedo a desaparecer –después de haber sido atacado con explosivos en múltiples oportunidades– era algo de lo que el edificio Mónaco sufría con mayor intensidad la noche del 21 de febrero de 2019.

La extinción de una construcción golpeada por su pasado trágico, que cargaba con el peso del dolor de las víctimas del narcotráfico, puesto en pie por Pablo Escobar y derrumbado por la alcaldía de Medellín, cerraban una historia que ahora se reduciría a escombros.

Por Santiago Duque Jiménez
sduquej2@eafit.edu.co

A las 4:00 p.m. se inició el cierre de la vía principal, tanto nacionales como extranjeros se mostraban curiosos y deseosos por obtener un último recuerdo. Pedían permiso a la Policía Nacional para ingresar a la zona, cada una de las solicitudes fueron denegadas.

El nombre de Pablo Escobar rondaba por la mente de los que daban el último adiós a esta obra de la arquitectura siniestra que en su momento estuvo llena de lujo y desbordada de ostentosidad.

En la entrada del edificio una portería cerrada y una reja reforzada eran los únicos que recibían a los visitantes –en su mayoría extranjeros– que por años llegaron a tomarse una foto.

Un parqueadero y una cancha deportiva eran los únicos que acompañaban el abandono y la soledad que sufría el Mónaco, aunque estuviera rodeado de conjuntos residenciales.

Ahora, la noche antes de la implosión programada por la Alcaldía, el color gris del asfalto que reluce por todo el lugar, las columnas deterioradas, los ocho pisos que se extienden a lo ancho de la manzana y la pintura del rostro del mayor narcotraficante del país registrado en distintas partes, cuentan por sí solos la historia de lo que fue el terrorismo en la década de los 90.

Grafiti de Pablo Escobar con orejas de Micky Mouse en el muro delantero del edificio / Foto por Santiago Correa.

El lugar es vigilado por seis policías que cambian de turno cada dos horas, las cintas amarillas de prevención avisan lo que está por suceder en unas horas, el frío de la noche es opacado por un silencio perturbador, los visitantes se van con la última imagen de lo que en horas será polvo, escombros y piedra.

El edificio se siente pesado gracias a las cargas de dinamita que le pusieron para detonarlo, las mismas que le traen un mal recuerdo de las explosiones.

Una de ellas fue la famosa madrugada del 13 de enero de 1988, cuando el estruendo de 80 kilos de dinamita sacudió los rincones de Santa María de los Ángeles, reconocido barrio en el Poblado de Medellín.

Le causa terror sentir en sus entrañas los gritos de pánico. La tristeza por los ausentes lo conmueven. Escuchar las ideas de venganza de su dueño lo asustan, pero fue una etapa que supo superar.

Su historia está llena de atentados. De los ocho que padeció, otro que lo lastima al hacer memoria es la detonación de 40 kilos de dinamita el 19 de febrero del año 2000, cuando estaba a cargo del CTI, que le dejaron nuevamente las huellas imborrables del terrorismo.

Se libró de tormentos, pero al final la suerte no estuvo de su lado.

Terminó sus últimos años convertido en un lugar abandonado por su dueño –la Policía Nacional– y rechazado por sus vecinos debido a su aspecto, pero amado por los turistas extranjeros que lo visitaban de manera continua a causa de su pasado y de su protagonismo en películas y series.

Trataba de recibir a sus visitantes con su mejor fachada, pero el rótulo de narcotráfico lo vestía con la mala imagen que posee hasta el día de hoy.

A sus 33 años de edad, las grietas de lo vivido son evidentes. El óxido lo carcome, los muros llenos de polvo y su físico desgastado, dan muestra de su declive. Cerca de las 7:00 p.m., el Mónaco se siente importante.

Medios de comunicación de relevancia en el país se encuentran en el recinto contando su historia. Varios espectadores alrededor mencionan anécdotas de él, iniciando las polémicas por su inminente muerte.

Curiosos sacando fotografías un día antes de la implosión / Foto por Esteban Rodríguez.

Pasadas las 12:00 de la medianoche, sigue el tráfico de carros que pasan para admirar la pieza arquitectónica. Empieza el día definitivo, el momento de aplicar la eutanasia se aproxima.

Los puntos estratégicos de la estructura cargados de explosivos presienten la detonación. Una espera difícil de sobrellevar, pero con todos sus antecedentes esta será una prueba de menor importancia.

El miedo a la muerte le ronda la cabeza. Mientras la luna se esconde entre las nubes, la ciudad hace silencio. Unos cuantos carros que pasan por la avenida el Poblado lo interrumpen, y las últimas lágrimas surgen del cielo.

La lluvia despide no solo a un edificio cargado de narcotráfico, muerte y sufrimiento, sino también un ícono y referente de la violencia en Medellín.

A las 3:00 de la madrugada las visitas disminuyen. Las cámaras se apagan y las pocas voces de los policías en guardia se acallan. El viento golpea fuerte por un costado y las luces de los edificios vecinos se disuelven, cierran de manera paulatina los ojos de este mítico lugar, esperando con los brazos abiertos su muerte. Anhelan que con su partida terminen sus tristezas y ese complejo de no encajar en un nuevo Medellín.

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