lutier

El alquimista de la música


Mejor crónica escrita durante Periodistas en la Carrera 2018

Por María del Pilar Chacón Preciado y Salomé López Betancur
mchacon1@eafit.edu.co / slopezb@eafit.edu.co

En un taller de antaño del barrio Prado Centro de Medellín, Luis Fernando Posada trabaja con madera, cincel y barniz. Su oficio consiste en reparar instrumentos de cuerda frotada, pero detrás hay una mezcla de arte, ciencia y disciplina. ¿Cómo trabaja un lutier?

—Buenas tardes, ¿hablo con don Lutier? —dice una mujer de unos cuarenta años al teléfono.

—Buenas tardes. Sí, con él… Pero, a ver, yo no me llamo Lutier. Yo me llamo Luis Posada. Lutier es mi oficio.

—Ah, qué pena. Es que me dieron su número porque se nos quebró el violín de mi hijo.

–Sí señora, déjeme ver cuándo puede venir —dice Luis mientras pasa con rapidez las hojas de su agenda—. ¿El jueves a las once de la mañana me puede traer el violín?

Luis cuelga el teléfono mientras sonríe. “Es una de tantas mamás que tiene a su niño estudiando violín aquí en Medellín; cuando dañan los instrumentos, les dan mi número y sin saber muy bien cómo es, llaman a pedirme una cita”.

Enseguida se amarra un delantal gris sobre el cuello. De él sobresalen unas letras amarillas bordadas con poco cuidado sobre el bolsillo superpuesto en el lado izquierdo del pecho: LFP. Luis Fernando Posada.

Tiene setenta años y los últimos diez los ha dedicado a ser lutier. La música lo ha acompañado siempre y ahora emplea sus días en mantener con vida los instrumentos de los músicos de Medellín.

Violines, violas, violonchelos y contrabajos —los que se llaman ‘de cuerda frotada’ — hacen fila para pasar por las manos de este hombre que parece que puede repararlo todo.

La música, un ideal constante

El sueño de Luis era trabajar en la NASA. Y aunque desde niño había estudiado clarinete en la Universidad de Antioquia, cuando terminó su bachillerato se fue a Estados Unidos a estudiar Ingeniería Civil y Aeroespacial en la Universidad de Nortroph, en California.

Pero recuerda que para la época en que terminó sus estudios, el gobierno estadounidense había recortado presupuestos y, “si no contrataban a la gente de allá, mucho menos iban a contratar a un colombiano”.

Pasó cinco años de carrera universitaria haciendo trabajos externos para ganar algo de dinero, al tiempo que se conectó con las nuevas ondas musicales que marcaron a Estados Unidos para la década de los 70: el jazz, el blues, y algo de salsa, que también le llegaba. Aprendió a tocar saxofón y se volvió conguero.

Iba a conciertos, se reunía con amigos y compraba instrumentos que hoy tiene guardados en “el cuarto de la música” una habitación bastante grande de su casa, que se ha convertido en una especie de bodega de obsesiones: cientos de LP, instrumentos indígenas y africanos, o de casi cualquier parte del mundo que ha visitado. También un piano pequeño y un ukelele con cuerdas de bajo eléctrico.

La mayoría de los instrumentos que guarda en ese cuarto los trajo a su regreso de Estados Unidos, cuando vio que podría tener un buen trabajo en Colombia dirigiendo administrativamente un negocio textil junto a su hermano.

Pero la música no lo abandonaba, seguía cultivando sus gustos y escuchaba desde Richie Ray y Bobby Cruz, hasta los conciertos de Brandemburgo de Bach. Dieciocho años estuvo a la cabeza de esa empresa, hasta que comenzó el declive del sector textilero en Medellín.

Un día, entre los contactos que había hecho gracias a la música, le ofrecieron hacer un curso de lutería con el Servicio Nacional de Aprendizaje (SENA). Sería la primera vez que se fabricaría un violín en Medellín. Y Luis, fascinado siempre por la música, por la ingeniería y por el sonido, no dudó en aceptar.

Después de varias clases —para sorpresa suya— sus manos tallaron y armaron uno de los primeros violines de la ciudad —el mismo que años después dejó de ser patrimonio de Luis para convertirse en un regalo del alcalde de turno a un expresidente alemán—.

De pronto, Luis se volcó por completo a la lutería. Pensaba en los violines como una maravilla de la ingeniería. Estudiaba la exactitud de la técnica y disfrutaba la sensibilidad estética necesaria para armar y pulir.

Su entrega fue absoluta. En poco tiempo adecuó el cuarto que durante años había sido de sus hermanas en su taller.

Maestro en su taller

La mujer que llamó al teléfono tendrá que llegar a una casa inconfundible sobre la calle Palacé en el barrio Prado, centro de Medellín.

850 metros cuadrados, una fachada alta, blanca y con rejas azules, un timbre un tanto escondido y una acera en la que caben perfectamente tres carros parqueados. Es una casa que compró el papá de Luis y que dentro de poco cumplirá cien años de estar en pie.

Entrar en ella es suspender el tiempo. Aunque la casa es grande, no hay espacios en blanco: pinturas, baúles, espejos, cerámicas, esculturas, mesas, sillas, estuches, instrumentos y demás

Todo está dispuesto en un orden impecable para decorar la casa como una especie de museo de esos que obligan a detenerse y preguntar por cada cosa. Ningún patio o habitación se salva. Ni siquiera la cocina o el comedor.

Es que mi mamá compraba y coleccionaba de todo, aunque aquí también hay cosas que mis abuelos traían por barco desde Europa

Y en el fondo de la casa, después del patio central y de sus árboles que ya sobrepasan las rejas del techo, está su taller. La entrada la anteceden cuatro contrabajos y otra cantidad de instrumentos pequeños que el ojo no alcanza a distinguir ni a contar.

El taller tiene mesas, mesitas y mesones con herramientas ordenadas milimétricamente y a la perfección: brochas colgadas desde la más pequeña hasta la más grande, cepillos de madera de todos los tamaños, destornilladores, vidrios, tronquitos de madera.

También hay pinceles, compases, reglas, crines de caballo colgadas detrás de la puerta, fotos pequeñas de sus amigos puestas en la pared; termómetros, relojes, grabadoras, trozos más grandes de madera, estuches, cuerdas nuevas y reventadas, hasta un muñeco del famoso Chucky al que ilumina cuando llegan sus endeudados.

Cada objeto cumple una función. La escena recuerda al taller de Gepeto —el carpintero que le dio vida a Pinocho—, y verlo trabajar es como presenciar el cuidado y el sigilo con el que Aureliano Buendía se encerraba a fabricar sus pececitos de oro.

Entre la paleta gris y café que colorea el recinto, resaltan como un punto focal su pelo blanco y despeinado y unos ojos azules, muy azules, que parecen tener el secreto para identificar la mejor manera de rescatar y dar más vida a los instrumentos que pasan ante él.

“¿Y si un trozo de madera descubre que es un violín?” – A. Rimbaud

Luis trabaja todos los días entre las 8:00 de la mañana y las 11:00 o 12:00 de la noche. La disciplina es su forma de vida y la paciencia la clave de su trabajo. Cuando llega un instrumento a su taller lo evalúa con cuidado, por eso la mirada se convierte en su primera herramienta.

Lo pone sobre una mesa central, como si se tratara de una cirugía. Le pone una luz encima, y lupa, si es necesario. Las herramientas del taller, en sus manos, se convierten en una extensión de su cuerpo.

Cada proceso es distinto. Puede reparar un quiebre leve de la madera en diez días, tardar un par de meses en reconstruir una tapa completa de un violonchelo, o tallar un arco en madera de Pernambuco durante tres días y dedicarse enteramente a ello.

Por eso habla de la paciencia y el amor por su oficio con la misma pasión con la que habla de la geometría sagrada que tanto aplica, o de la mística que tiene combinar la perfección de una técnica con el saber de un arte.

Luis recibe entre 30 y 40 trabajos al mes; unos muy sencillos, otros que no son más que cuestión de estética, o algunos de los que depende la vida del instrumento. Él no discrimina y trabaja con el mismo cuidado sobre un violín de veinte millones que sobre uno de cien mil pesos.

Dice que el suyo también es un trabajo social, sobre todo cuando repara los instrumentos de niños y jóvenes que aprenden música con los programas públicos de la ciudad, cuyas madres —como la mujer del teléfono—, “los acompañan en el proceso de aprendizaje y se preocupan por darles lo mejor”, cuenta.

Alrededor de Luis todo son procesos, experimentos, creación. Como pasatiempo hace vino con las uvas que cosechan sus árboles, con “procesos” que tardan hasta tres meses en el sótano de su casa, también toca algunos instrumentos y hace mermelada. Su biblioteca es enorme y está al día de los últimos libros de lutería.

Le gusta estudiar el mundo egipcio y el misticismo de algunas sectas. Es un hombre que se fascina con los detalles y hace de ellos los centros de su vida.

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