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El amor quedó en el aire

Hay historias de amor que suenan poco realistas. En ellas, el amor llega como un relámpago para quedarse por el resto de su vida. Lo que no siempre dicen es que con la misma velocidad con que llegó, puede desaparecer; sin aviso previo, sin señales ni motivos.

Pero, así es todo en la vida ¿no? Lo bueno nunca es eterno, no llega para quedarse. Lo único que se puede hacer es amarrase a esos buenos recuerdos, abrazarlos con tanta fuerza que de alguna manera puedas sentir lo que alguna vez produjeron en ti.

Por Paula Andrea Galvis Jaramillo – pgalvis@eafit.edu.co

La mañana era cálida en el barrio Tarragona de Bogotá. Era el primero de mayo de 1997, un jueves festivo por el Día del Trabajo. Los habitantes del lugar se encontraban en los jardines frente a las casas amarillas de dos pisos. Era un conjunto residencial muy agradable en el que cada edificación era igual a la anterior.

Diana y Germán se habían criado entre esas paredes de diferentes tonos amarillos. Habían corrido por esas mismas calles, se habían conocido y enamorado en ese conjunto de casas. Esas aceras y esas personas los habían visto crecer y ahora tenían la oportunidad de verlos formar una familia.

Diana y Germán, a la edad de 20 y 27 años, en su sexto año de novios.

Ese día llegaron temprano a la casa de los padres de Diana. Solían pasar todos los fines de semana allí y cada minuto libre que tenían. A Germán le encantaba pasar sus días con sus suegros: como trabajaba unas cuantas horas al día, disfrutaba molestando a su “suegra” (como solía llamarla) y espiando a su pequeño hijo Juan Camilo de cinco años, el cual iba al jardín infantil que estaba cerca. Era un padre realmente sobreprotector.

Trabajaba como piloto en la empresa Líneas Aéreas Petroleras L.A.P. que realizaba vuelos chárter a ciudades donde había explotaciones del llamado “oro negro”. Era alto y delgado. Tenía una piel clara, pero debido al sol que recibía en los vuelos su cara y manos estaban bronceadas. Sus ojos y su pelo eran de un café oscuro.

Diana trabajaba en la fiduciaria Alianza. Era alta y no muy delgada, de piel clara, pelo negro y ojos café claro. En ese momento se encontraba embarazada de cuatro meses, a la espera de un segundo hijo.

***

Leonisa, la madre de Diana, regaba las flores del jardín cuando llegaron. Entraron por la puerta de madera del garaje con Juan Camilo detrás. Este apenas llegó, salió corriendo a saludar a sus abuelos y después fue a buscar sus juguetes en la casa, para sacarlos al patio y jugar.

Juan Camilo con su padre, en la sala de la casa de sus abuelos en 1996.

El niño pasó corriendo por la sala donde se encontraba una mariposa negra, la cual había aparecido en la casa hacía ya una semana. Era una de esas grandes, que parecen tener ojos sobre las alas.

Según un augurio que tenían en la familia, estas eran un mal presagio, pues solo aparecían cuando algo malo estaba a punto de suceder. Leonisa trató de espantarla varias veces con la escoba, pues su presencia la inquietaba. La mariposa se iba y a las pocas horas regresaba.

Trató de dejar de lado sus supersticiones y se rindió, pero nunca se imaginó que esos cuentos que existen en las familias en ocasiones pueden ser reales y que sus vidas estaban a pocas horas de cambiar, tras la aparición de ese escalofriante animal.

***

Todos se quedaron afuera disfrutando del agradable clima. La abuela salía y entraba de la casa, pues preparaba el almuerzo. Ese día era mondongo, uno de los platos preferidos de Germán. Él no se había estado sintiendo bien y, como tenía que trabajar por la tarde, prefería no comer, pues tenía un fuerte dolor de estómago que le quitaba todo el apetito.

– No quisiera ir a trabajar hoy, no me estoy sintiendo muy bien –dijo Germán con pesar, pues realmente disfrutaba volar.

Las horas pasaron y el malestar no desapareció. A las doce y media y sin haber almorzado, Diana fue a llevarlo al aeropuerto El Dorado. Se montaron en el Mazda 323 blanco y salieron rápidamente, pues antes de irse Germán quería mostrarle a su esposa algo en lo que había estado trabajando durante las últimas semanas.

Llegaron en menos de diez minutos, pues la casa quedaba cerca; pasaron por la entrada 1 y se fueron rumbo a los hangares. Parquearon el carro y se bajaron.

Ubicada en medio de todas las grandes y huecas construcciones, entre aviones y avionetas, había una pequeña bodega. Tras esta había un plástico negro.

Sin mencionar palabra, Germán se dirigió al gran objeto y al descubrió un antiguo y acabado Jeep. Esa era una de sus más profundas pasiones a parte de la aviación.

Se podría decir que su corazón no solo latía por su esposa y su hijo, sino que también por todo objeto que tuvieran un motor en su sistema.

Dedicaba sus tardes libres a arreglar ese viejo chatarro, el cual una persona común habría dado por perdido hace ya muchísimo tiempo. Era blanco, con detalles negros. Duraron unos minutos inspeccionando cada cosa del carro, Germán iba señalando todo aquello que ya había realizado y lo que quedaba por hacer.

Diana lo escuchaba y asentía a todo lo que decía. Estaba acostumbrada, pues él amaba hablar de sus grandes juguetes. Era como cuando iban en el carro o caminando y él señalaba un avión en el cielo y le decía que sabía cuál era por el sonido y la forma del motor. Ella nunca supo si eso era cierto, ni tampoco entendía muy bien cuando le hablaba de conexiones eléctricas y repuestos, pero sabía que eso era algo importante para él.

Se despidieron con un abrazo y un beso. Él se fue a preparar el avión, ella se montó en el carro. Él llegaría por la tarde y eran muchas las cosas que ese día Diana y Leonisa planeaban hacer. Así que, sin mirar atrás, encendió el motor del pequeño carro blanco y se fue rumbo a la casa, sin saber que su vida estaba a punto de cambiar.

El último mes de estudiante de aviación en el año 1986 de la escuela Aeroandes S.A.

***

Por la tarde las dos mujeres fueron a visitar al hijo recién nacido de una familiar. De camino a su casa pararon en un almacén del centro comercial Bulevar para ver que llevarle al pequeño de regalo. En el momento en el que entraron Diana se enamoró de un coche color rosado, que estaba en promoción. Sin pensarlo dos veces, lo tomó y se fue a pagarlo.

– ¿Cómo vas a comprar un coche de ese color cuando no sabemos si es niña? –decía su madre. – Germán se va a poner bravo, pues es un gasto innecesario.

Sin prestarle atención a su madre, Diana pagó el coche prometiendo que llegaría a la casa y lo escondería en el ático. Su esposo no tendría por qué enterarse.

La tarde pasó rápido y después de la visita madre e hija retornaron a casa. En cuanto llegó, Diana subió corriendo al segundo piso a esconder el coche. Prefería dejarlo allí donde nadie pudiera encontrarlo.

Como ya se hacía tarde, decidió irse para su apartamento. Germán no se había reportado en toda la tarde, lo cual era raro pues él siempre llamaba apenas llegaba a un destino. Diana creyó que ese día se le había olvidado, así que como estaba tan cansada y no tenía cómo comunicarse con su esposo, decidió llamar a control vuelos para que ellos después hablaran con Germán cuando llegara de nuevo a Bogotá.

– Iván, dígale a Germán que esto muy cansada y que ya me voy para el apartamento. Que por favor se consiga a alguien más que lo pueda llevar.

– Doña Diana, espere un momento. Voy a ver si consigo confirmación de la llegada del vuelo –contestó con voz monótona y un poco inquietante la persona al otro lado de la línea. Colgó el teléfono sin decir nada más.

Ella decidió sentarse en la sala a descansar y esperar por la llamada. Los minutos pasaban y nada sucedía. Cuando no aguantó más, fue por teléfono para volver a llamar a control vuelos. Cuando iba a cogerlo este comenzó a sonar. Diana contestó y se dio cuenta que era Fernando Izquierdo, uno de los mejores amigos de su esposo, quien también era piloto.

– Diana, la aeronave de Germán ha sido reportada como perdida. –Una corta frase que cambió para siempre la vida de esta pequeña familia.

***

Diana y Germán se conocieron cuando ella tenía 14 años y él 21. La mejor amiga de Diana, Claudia, era la novia del mejor amigo de Germán, Andrés.

Un día las dos amigas fueron a Modelia, un barrio cerca de la casa, a comprar unas cosas para el almuerzo. En el camino, Claudia se encontró con su novio y se detuvo a hablar con él. En ese instante llegó Germán en su moto Yamaha 125. Diana se enamoró a primera vista, pero no del hombre que allí estaba, sino de la deslumbrante moto en la que iba montado.

Siendo ella como era, le dijo a Andrés que le dijera a su amigo que la llevara a dar un paseo. Sin ninguna vergüenza, se montó detrás del joven desconocido y se fue junto a él a darle una vuelta a la cuadra.

A los dos días, los jóvenes aparecieron por el barrio. Diana y Claudia se encontraban afuera, sentadas en el andén. Andrés salió del carro y fue a hablar con su novia, mientras Germán se quedó sentado frente al volante del pequeño carro Renault 6 de color blanco. Diana se acercó y comenzó a hablarle. Después de unas pocas y cortas frases, este sacó una libreta color café, de caldos Maggi, y se la regaló.

– ¡Dígale lo que le tiene que decir! – gritó Andrés desde el otro lado de la calle.

Esta fue la primera foto tomada por su novia en el conjunto Tarragona, cuando Germán tenía 21 años.

Diana, impaciente por saber, le preguntó qué era eso que le quería decir. Germán parecía incómodo y no pronunció palabra. Sin esperar respuesta por parte del tímido joven, se abalanzó a decir: “¿Qué es lo que me quiere decir? ¿Qué quiere que sea su novia?”

Él se quedó callado y se limitó a asentir con la cabeza. Así fue como empezó ese particular noviazgo que duró más de diez años.

***

La pedida de matrimonio no fue mucho más pretenciosa, ni tampoco más romántica que esa rara declaración de amor. Era el 10 de marzo de 1988 y Diana se estaba graduando de administradora en la Universidad Javeriana. Había invitado a su novio a la ceremonia y este nunca apareció.

Su mejor amiga había quedado por fuera del evento, pues fuera de los padres solo se permitía un acompañante más. Cuando salieron se dirigieron hacia el parqueadero que quedaba al otro lado de la Carrera Séptima para irse a la casa. Fue ahí cuando apareció Germán al otro lado de la calle.

Ella estaba tan enojada que no lo quería ni ver. Le gritó a todo pulmón diciéndole que lo suyo se había terminado y que jamás en la vida quería volver a ver su rostro.

En medio de la presión y del pánico de perder a la única novia que había tenido en su vida, Germán pronunció esas palabras que tanto lo asustaban y que no estaba listo para decir.

– ¡Casémonos! –fue lo único que se le ocurrió, pues sabía que era la única forma de solucionar el problema que él mismo había creado.

***

¡Está muerto! ¡Está muerto! –gritaba ella a todo pulmón cuando escuchó las palabras que decía Izquierdo. Lo sentía en lo más profundo, sabía que ya no había nada que buscar, su esposo ya no estaba con vida y no necesitaba que nadie corroborara lo que pensaba.

Los días pasaron y la avioneta no aparecía. El lugar donde se creía habían tenido el accidente era muy montañoso, haciendo que las labores de búsqueda fueran difíciles. Aviones de la empresa LAP, de la Fuerza Aérea, la Policía y helicópteros de Ecopetrol fueron los encargados de la búsqueda.

Eran tantas las aeronaves que surcaban los cielos del Meta que Fernando Izquierdo, quien se encontraba a cargo de la operación, temía que hubiera un nuevo siniestro, pues todos parecían en una búsqueda independiente.

Las noticias llegaron a los tres días y, como se sospechaba, la avioneta había colisionado contra un cerro. El impacto había sido tan fuerte que generó una explosión. No había posibilidades de que alguien hubiera sobrevivido a algo como eso.

Los datos se registraron y lo único que quedó fue un débil y poco esperanzador informe de la Aeronáutica Civil, el cual, en términos técnicos, describió un accidente que había acabado con la vida de dos personas y dejado en pedazos a muchas más.

Foto tomada por la Aeronáutica Civil dos días después del accidente en el cerro Alto Ramírez.

“El día 1 de mayo de 1997, el capitán RUBÉN DARÍO PALACIO, junto con el copiloto GERMÁN ALFONSO GALVIS, despegó del aeropuerto EL YOPAL, con destino al aeropuerto de Ipiales en el HK-1379 de la empresa LÍNEAS AÉREAS PETROLERAS (LAP S.A.), en cumplimiento de un vuelo no regular de pasajeros para la compañía Aerocol.

A las 14.45 H.L., la tripulación reportó 30 millas fuera, acordando con el centro de Villavicencio reportar 50 millas fuera, reporte que no fue efectuado. Después de averiguar con las diferentes torres de control sobre la posición de la aeronave y sin resultados positivos sobre la misma, se procedió a declarar al HK-1379 en las fase de ALERTA, tanto la empresa como la Fuerza Aérea Colombiana FAC y la Policía Nacional emprendieron vuelos de reconocimiento con el fin de localizar la aeronave, encontrándola el día 4 de mayo, ubicada en el Cerro ALTO RAMÍREZ en el radial 245° del VOR de Villavicencio a 12.700 y desviada a 25 millas de la ruta, completamente destruida. El accidente ocurrió a las 15:30 H.L.”

***

El reloj de la sala en la gran casa amarilla se había detenido ese día justo a la misma hora del accidente. Nadie sabe cómo ni por qué, pues nunca se había parado en los 20 años que llevaba en uso.

A esa misma hora, en la ciudad de Medellín, la hermana de Diana iba junto su esposo y su hijo Juan Andrés en el carro, cuando de un momento a otro el niño, mirando por la ventana, dijo a sus padres: “Mamá, papá, mi tío se está despidiendo de mí”.

Fueron muchas las cosas que sucedieron en un día que había comenzado como cualquier otro.

Nunca se supo bien qué era lo que había pasado después de que la avioneta hubiera dejado el aeropuerto El Yopal. Lo cierto es que nunca se supo quién iba al mando, ni tampoco qué fue lo que sucedió, ni por qué se habían desviado de la ruta.

Se dijo que la causa más problemática había sido el mal clima, pues a lo largo del día el cerro había estado cubierto por neblina, pero nunca se corroboró que fuera esto lo que ocasionó el problema.

Los meses pasaron y Diana se enteró que iba a tener una niña. El coche fue olvidado entre el polvo del pequeño cuarto de la enorme casa, pues lo único que acarreaba eran malos recuerdos.

La pequeña creció sabiendo que su padre se había ido a un largo viaje. Quizá por inocencia o porque simplemente se sentía mejor, se convenció a sí misma de que él se encontraba trabajando y estaba de vuelo, yendo a algún lugar lejano.

Al fin y al cabo era cierto ¿no? Pues, como dicen por ahí, “los pilotos nunca mueren… solamente vuelan más alto”.

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