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Jaqueline, una guerrera en el centro de la vida


Por Camilo Jiménez Pamplona
jcjimenezp@eafit.edu.co

Jaqueline se describe como una mujer extrovertida porque siempre se está riendo a carcajadas. Está dotada de esa pujanza paisa que se encuentra en cada esquina de Medellín, es madre de un niño y una niña y es activista del colectivo Las Guerreras del Centro. Durante más de 17 años fue trabajadora sexual en La Veracruz.

Las Guerreras del Centro es un colectivo dedicado a defender los derechos de las trabajadoras sexuales en Medellín.

Las muchachas que se paran en la esquina y que solo son para «un ratico”, ellas que tanto han protagonizado la música popular de la ciudad, como en la canción que más se repite en los buses, interpretada por Darío Gómez: “En aquella esquina mantienes reunida entre los malevos buscando placer”. O como la más icónica de Jimmy Gutiérrez: “Después nos vamos, pa’ donde las putas, pa’ donde las putas patas corticas nos lleven…”.

Jaqueline, una guerrera del centro. Foto cortesía de la página de Instagram: Las guerreras del centro.

O, como la más famosa mujer esperando un bus, canción de Edgar y Elena Cano: “Encontré una cuadra repleta de fufas, cuando mi mujer, también la vi ahí. Ve, ¿qué haces vos ahí tan malparada? –le dice el cantante–, esperando el bus –le responde la mujer–. Hasta donde yo sabía, el bus que va para Manrique nunca ha pasado por La Veracruz -le dice finalmente el cantante”.

En la capital antioqueña hay un montón de estereotipos que denigran constantemente a las trabajadoras sexuales, por eso, el fin de Las Guerreras del Centro es dotar de conciencia a la sociedad para que respeten y dejen de llamar a estas mujeres: “las malas”, o cualquier otro de los incontables apodos que le han dado a este grupo en una sociedad que se acostumbró a tratar a la mujer como un objeto.

Esto lo logran por medio de obras artísticas –como teatro o manualidades–, además, cada semana, en el Claustro de Comfama, justo frente la plazuela de San Ignacio, exactamente en el centro de la ciudad, realizan el conversatorio “Tejiendo historias”. Allí, algunas mujeres que se desempeñan o desempeñaron como trabajadoras sexuales por varias décadas nos cuentan sus historias de vida, mientras enseñan el paciente arte de tejer.

Entre carcajadas, estas guerreras hablan sin pelos en la lengua sobre la violencia, la prostitución y sus andanzas por las calles del amor, como diría Darío Gómez, el Rey del Despecho.

En esta sesión que está empezando en un aula grande que parece un salón de clases, Mary Luz López, líder social y activista del colectivo, con su voz segura y el ceño fruncido, se presenta y quiere iniciar la sesión leyendo un poema, pues ella aprendió a catalizar su dolor escribiendo:

Por tu culpa me han llamado zorra, loba, grilla, perra, puta, fufurufa, inodoro, vendida.
Me he sentido indigna, objeto, basura, letrina, engañada, abusada; una servilleta para usar y botar.
¿Cómo hago para que no me duelas tanto mujer?
¿Cómo cerrar las heridas que has abierto en mis adentros?
¿Cómo amar los restos que dejaste de este cuerpo fatigado y corroído?
¿Cómo devolver el tiempo y mirar si eras lo más conveniente para mí? Me robaste la juventud, te la jugaste a cambio de monedas.
¿Cómo aceptarte en mi ser? Mujer de todos, mujer de nadie.

Un sonoro y prolongado aplauso llena el espacio del salón durante algunos segundos, luego hay silencio. Este poema exhibe la miseria de algunas trabajadoras sexuales, pero miseria no es un adjetivo acorde para Jaqueline, el más apropiado sería fortaleza. 

Nos piden que nos presentemos y digamos nuestro animal favorito. Dije el cuervo por el cuento de Allan Poe, y Jaqueline dijo que el suyo era el tigre.

Jaqueline es una versión adulta de Ricitos de Oro, tiene una melena abundante y llamativa, un rostro todavía atractivo con pómulos prominentes, cejas pintadas con lápiz muy oscuro, ojos salidos y labios gruesos que excitan la imaginación al preguntarse qué tan hermosa fue en su juventud.

Jaqueline, una guerrera del centro, en Tejiendo historias

Precedente de una vida metalizada

Jaqueline creció en un hogar disfuncional, su madre también fue trabajadora sexual y bebía licor con mucha frecuencia. Desde los 8 años cuidaba de sus cuatro hermanos, pues su mamá se iba de la casa y volvía una o dos semanas después.

Desde pequeña ese acostumbró a la violencia, el hambre y las responsabilidades.

Desesperada con su situación, luego de observar por la ventana del lavadero cómo una vecina era internada en una fundación de monjas y estaba en la casa sola el domingo, se las arregló para dialogar con un sacerdote de una iglesia cercana; lo convenció de que no tenía hogar para que la internaran gratis y así sucedió.

Ella dice que uno tiene que saber trucos: “En el internado pasaba tan bueno que ni siquiera me gustaba salir a vacaciones. Me pasaba los fines de semana y las festividades leyendo los cuentos y novelas de Gabriel García Márquez y Alberto Vázquez Figueroa. Me devoraba esos cuentos”.

Su libro favorito es uno de culto en la literatura colombiana: El coronel no tiene quién le escriba.

Durante esos años, las monjas la sacaban a pasear, les proyectaban películas, hacían cenas especiales cada Navidad y les regalaban ropa y zapatos. Con nostalgia, Jaque, como la llaman sus amigas, recuerda: “Aquella fue una de las mejores épocas de mi vida, quizás porque yo sabía lo que me esperaba afuera”.

Estudió hasta noveno grado en el internado y salió. Cuando regresó a la casa de su madre, ella le lanzó un maleficio que estaba destinado a convertirse en realidad: ¡Te casás o te ponés a trabajar! Menos mal, antes de esta declaración, ella ya estaba profundamente enamorada de Juan Ramírez.

Así empezaron las dificultades.

Aquella era una época difícil para el trabajo, porque Juan Ramírez acababa de quedar desempleado. Pero eso no le impedía disfrutar su tiempo de ocio llamando a Jaqueline “mi mona hermosa” y tratándola como una reina.

Así la llamó antes de proponerle que vivieran juntos, luego de que la mamá de Jaqueline la echó de la casa porque se enteró de que estaba embarazada. Aquellos fueron tiempos en ocasiones muy prósperos y en otras situaciones no tanto.

Tuvieron su primer hijo, más adelante el segundo y siete años después de estar casados por la iglesia, en una boda de lentejas y augurios de buena suerte, mataron a Juan: “El único hombre que he amado en mi vida”, dice Jaqueline.

Después de Juan, Jaque se volvió muy metalizada, pensaba mucho en la plata.

A las puertas de un bar…

“No me quedé viuda y en el funeral, dije: ‘Listo, no hay problema, voy a ser trabajadora sexual’. No. Estaba cansada de mandar hojas de vida todos los días, mientras tanto la leche, los pañales, el arriendo, los servicios y la comida no daban espera.

Es que en el mundo laboral solo buscan gente muy joven y cuando no se tiene el bachiller y le piden recomendación política hasta para barrer las calles, pailas. Primero vendí la nevera, luego la lavadora, después todos los chécheres de la casa. Finalmente, di a parar a un bar de ambiente turbio en el centro de la ciudad.

Entonces, uno llega y piensa: ‘¡Aquí fue!’ Atienda esta mesa, venga bien presentadita y gane plata. Por lo menos, el horario flexible me permitía estar por la mañana con mis hijos y por la noche acostarme con ellos en la piecita en que vivíamos.

Jaqueline, una guerrera del centro. Foto cortesía de la página de Instagram: Las guerreras del centro.

Cuando mis hijos estaban muy pequeños, les decía que trabajaba en un bar, que vendía revistas Avon y Esika o hasta que hacía chances. Y les advertía: ‘Si a ustedes le dicen que a su mamá la vieron en La Veracruz, ustedes dicen que estaba vendiendo chance’.

Cuando tenían doce y trece años, les conté y no tuvieron problema. Les decía: ¿Ustedes prefieren que su mamá se guerree la vida o que sea una señora en los ojos de la sociedad, pero maltratada y que se deje pegar? Como les pasa a muchas niñas hoy. Entre tanto hice tres semestres de primeros auxilios.

Me sentía hermosa con mi vestido blanco, zapatos blancos y medias blancas. Me sentía muy orgullosa, pero me faltó un semestre y la gente no me contrataba. Con mucho esfuerzo me gradué de bachiller estudiando los sábados, pasé el Icfes con 275 puntos y laboré como peluquera durante un tiempo y también trabajaba en “el bar”.

Entre todos los cursos que hice hubiera hecho una carrera. Siempre digo, a mí me hubiera gustado ser trabajadora social en vez de sexual”.

Guerreras del centro, después de Tejiendo historias.

Al filo de la navaja

Jaqueline es una mujer de mil historias, una chica que ha orinado en el pecho de sus clientes y se ha visto obligada a tirarse pedos en la cara de sus amantes, mientras ellos le practican sexo oral. Ha mordido pezones y quién sabe cuántas cosas más habrá hecho con su boca.

Alguna vez le pusieron una navaja en el cuello porque se había acabado el tiempo y el cliente no había eyaculado: “Armé un escándalo y no sé muy bien cómo salí de allí”.

“En este trabajo nos ofrecen de todo. Trago el que le dé la gana, del precio que le dé la gana; marihuana, perico, bazuco y en bandejas para que se sirva al gusto. Yo me encontraba con hombres encorbatados que me llevaban a suites donde pagaban con cheques y tarjetas por lo alto.

Esa gente gasta mucho, aunque a veces me hacía la boba y me las arreglaba para botar los tragos que me regalaban. Uno debe tener sus truquitos”, repite nuevamente.

Pero ella también se toma su trabajo con humor: “Para mí el sexo es un instante especial donde se comparten caricias. Hubo clientes que me llenaron de placer y en otros casos les fingía muy bien. Entonces, los peores en la cama llegan y te preguntan:

–¿Vos sí la pasaste bien conmigo?

–Claro, mi amor. Si yo soy multiorgásmica –les decía, mientras hoy suelta carcajadas recordando que no sintió ni cosquillas.

Además, su trabajó no significó que se hubiera alejado de Dios: “Iba a un grupo de oración y me decían que estaba en pecado. Había una hermana, Karla, que quería sacarnos a todas de la prostitución.

Pero la parte económica es muy importante para nosotras. Si ellas se ponen en nuestros zapatos, les quedan apretados. Es como decirle a un vicioso que deje el vicio. Es así, muy curioso, las monjas nos decían péguese a Dios y salgase, mija, que nosotros le damos un mercado: ‘¿Y el arriendo, las deudas, el colegio, mis dos hijos?’ Es que muy duro. Todo el mundo necesita plata”.                          

Las guerreras del centro

“Dejé de ejercer hace más de un año, porque no quería llegar a una edad muy adulta ejerciendo la prostitución. Me veía reflejada en las compañeras de 50 o 60 años ejerciendo y no quería llegar hasta allá. No quiero que me digan que ya estoy muy vieja, que cuando me voy a jubilar pues. Esos comentarios no me gustan”.

Guerreras del centro previo a una obra de teatro. Foto cortesía de la página de Instagram: Las guerreras del centro.

Hoy en día Jaqueline hace parte de una familia, la de Las Guerreras del Centro. Cada semana está en Tejiendo historias y es actriz en obras de teatro, como “Nadie sabe quién soy yo”.

También se dedica a administrar su propio carrito de comidas en el centro de la ciudad y es un placer conversar con ellay con todas las guerreras. Como siempre dice Melisa Toro, creadora de este proyecto: “Las mujeres no son objetos sexuales, las trabajadoras sexuales son mujeres, como nuestras madres, hermanas, tías y abuelas».

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