Jorge Eliécer Campuzano

Jorge Eliécer Campuzano, una vida narrada

A pesar de que han pasado más de 50 años del debut de Jorge Eliécer Campuzano en el mundo de la radio, su prodigiosa voz sigue intacta, mejor que nunca y, como lo asegura él, todavía con mucho para narrar en el mundo deportivo.

Por Jonathan Jiménez Hernández – jjimen43@eafit.edu.co

Campuzano ha sido uno de esos guerreros de mil batallas. Desde hace décadas ha llevado al hogar de los colombianos emociones en eventos de talla internacional:

Mundiales de fútbol, juegos olímpicos, las principales carreras de ciclismo de Europa y los éxitos y fracasos de los equipos colombianos en sus participaciones en todo el planeta.

Pero, ¿cómo ha hecho este locutor deportivo para mantener tan fina su voz después de tanto tiempo?

Sencillo: todo ha sido un ejercicio de disciplina en el diario vivir, pues él es de los que prefiere quedarse ensayando sus ejercicios de foniatría antes que salir con los amigos a tomar algún trago o fumar cigarrillo. Ese es su secreto.

Jorge Eliécer Campuzado narrando un gol de Atlético Nacional. / Video publicado en el canal de Youtube de Alberto Quenguán.

Luego de varios días de acosarlo, Jorge Eliécer Campuzano me llamó un martes a las 6 de la tarde y me dijo que tenía un espacio muy corto para concederme la entrevista. “¡Salga pero ya de su casa!” fueron sus palabras.

De casualidad fue de esos días en que el cielo estaba roto y por ende el tráfico de la ciudad era pesado.

El bus que va al barrio Simón Bolívar, que pasa por toda la avenida Bolivariana, no arrancaba hasta que no estuviera lleno. Fueron por lo menos 20 minutos de espera e incertidumbre.

Incluso al momento de llegar a su residencia, el papel donde tenía apuntada la dirección terminó derretido producto de tanta agua. Ya Campuzano me marcaba desesperado diciéndome que tenía un compromiso que atender.

Parecía que el destino no quisiera que este gran narrador y yo no nos sentáramos a conversar un rato.

Sin embargo, ese aguacero y la ayuda de un personaje inesperado, el conversador celador del edificio donde vive, hicieron que se quedara un rato más hasta que llegara el periodista.

El resultado: una hora cálida, sabrosa, llena de muchas anécdotas y hasta elogios. ¿Qué hubiese sido de esa noche sin la lluvia y sin aquel celador?

¿Cómo inició usted con ese oficio tan bonito que es la narración deportiva?

“Desde que me conozco tuve la inquietud de ser locutor. De hecho, cuando estaba en el colegio transmitía todo. Siendo muchacho jugaba Vuelta Colombia por los andenes. Siempre me emocionaba narrar.

Siendo pequeño fui descubriendo esa vocación, pero realmente lo que lo hizo posible fue que me casé muy temprano: a los 16 años.

Desde ese momento, mi hermano, que también estaba en el mundo de la radio, me recomendó a una emisora y el gerente me aceptó. Yo me casé un 26 de agosto y el primero de septiembre de 1964 ya me había graduado de locutor.

Comencé un programa donde curiosamente se habían salido todos los locutores, unas cosas de Dios que no tienen explicación.

Me hicieron una prueba, pero yo estoy convencido de que me dejaron fue por sustracción de materia, no porque yo tuviera buen tono o algo así, porque en esa época tenía una voz muy inmadura.

Sin embargo, empecé en un programa que se llamaba Correspondencia Musical y debuté presentando la canción de Noel Petro, Azucena. Recuerdo que llegué preocupado a mi casa preguntando si me habían oído.

Fue en ese momento cuando comprendí que tenía que trabajar, porque ya yo me había casado, cosa que hoy en día le doy gracias a Dios, pues me ayudó a formarme como persona y a hacerme muy responsable en mi vida y en mis actos.

A pesar de que somos separados, hoy en día tengo una gran amistad con ella y la quiero mucho porque es la madre de mis hijos”.

En 2015 compartió junto a sus colegas anécdotas de los distintos eventos deportivos que cubrieron. De derecha a izquierda Gustavo ‘El Tato’ Sanín, Hernán Peláez, Iván Mejía y Jorge Eliécer Campuzano. / Foto cortesía Luis Fernando Anaya.

Hablemos de su infancia. ¿Cuál es el momento que más recuerda?

“Yo era un muchacho muy pobre y mi madre era una persona muy trabajadora, ella tenía una tienda que se llamaba El Caney.

Mi mamá tenía una vocación enorme para ayudar a la gente, entonces en la fiesta de mi primera comunión invitó a 12 niños muy pobres, incluso más que nosotros.

Te podrás imaginar que nadie me llevó un regalo y lo poco o nada que teníamos mi mamá se lo dio a esos niños: una crema, un helado, un pastel, cualquier cosa.

Yo miraba y veía que nadie me llevaba algún regalo, pero hoy en día digo que fue una muy buena enseñanza.

Mi madre murió en un accidente: un bárbaro, borracho, desgraciado, me la arrebató.

Ella hacía cobijas para los niños pobres y para un noviembre de 1984 yo salí con ella a repartirlas por allá por Matasanos, en Antioquia.

Finalizando el puente del 5 de noviembre me la mató y, aunque han pasado más de 30 años, aún la recuerdo como si fuera ayer y cada día siento que me cuida desde el cielo.

Volviendo a mi niñez y, como te decía al principio, yo era un muchacho muy pobre, pero feliz.

Te confieso que alguna vez tuve un acto de rabia contra el Niño Dios porque siendo muchacho le pedí una caja de madera que se llamaba El Carpinterito y venía con todas las herramientas.

Era el juego de moda en ese año y cuando yo volví al colegio me di cuenta de que el Niño Dios le había traído ese juego a todos mis compañeros y a mí no. Entonces ese día me emberraqué hasta que supe quién era él.

Y es que, en realidad, mi madre en esos momentos no tenía para darme ese regalo. O a lo mejor sí, pero quizá no tenía tiempo porque ese era el día en que ella más trabajo tenía, pues la tienda no se cerraba”.

Jorge Eliécer Campuzano ha trabajado en las principales cadenas radiales del país: Todelar, Caracol, RCN y Prodeportivo.

¿Qué lo marcó a usted comenzando su carrera?

“Cuando empecé en Radiooccidente tenía 16 años, entonces, ¿quién me iba a respetar? Me acuerdo que yo me pintaba el bigote con carbón para parecer mayor.

Más adelante me contrataron en Medellín en La Voz del Río Grande, la mejor emisora en esos momentos. Vine a reemplazar a grandes como Armando Moncada, Jaime Olaya Terán y Róger Araujo.

De este último me sirvió que no se amañara en Medellín, porque le hacía falta su Barranquilla, y cuando un día me oyeron acá mi voz gustó, me ofrecieron y me contrataron.

Pero al estar rodeado de señores tan grandes, en el buen sentido de la palabra, y al yo ser un muchachito con una vocecita de nada, me tocaba hacer todo: debía quedarme de 7 de la mañana a 9 de la noche.

Yo digo que todas esas cosas me hicieron fuerte, aunque llegaban momentos en que me provocaba renunciar e irme, pero luego caía en cuenta de que ya estaba allí y no era bueno salirme.

Aunque te digo algo: a veces en la vida tenemos tropiezos y muy fuertes, pero es allí donde toca sacar la fortaleza.

En el caso de ustedes, los jóvenes, aprovechen la academia para prepararse muy bien. En esos tiempos a nosotros nos tocó formarnos de manera empírica. Era, más que enseñanzas, lo que uno veía y aprendía.

Pero, más que tener una buena voz, yo considero que para uno ser bueno tiene que procurar en convertirse en un buen elemento. Hay que procurar nunca lastimar a nadie.

Recuerdo que en un tiempo yo pasé a ser el director de la Voz del Río Grande y siempre traté de la mejor manera a quienes en su momento me daban órdenes y también garrote”.

¿Qué anécdota es la que más recuerda en su larga trayectoria?

“La que más recuerdo es la de los Olímpicos de Múnich por el ataque armado que sufrieron los Juegos, porque no había seguridad ni para los deportistas ni para nosotros. Teníamos un contacto directo, solo nos separaba una malla. Ese ataque nos tocó muy cerca.

Ahora bien, cada evento le deja a uno su recuerdo. Lo único que me deja tranquilo es que yo nunca me serví de mi profesión para hacer turismo; viajaba, pero no me divertía.

Quizá otra de las cosas que recuerdo fue en un torneo invitacional en Toulon, Francia. Yo estaba en RCN con Javier Hernández Bonnet y el ‘Negro’ Édgar Perea, creo que estaba en Caracol…

Éramos un grupo grande y aprovechamos que ese día no había fútbol y nos fuimos a Pampellone, una playa nudista. Había gente de todo tipo: flacos, gordos, altos, bajos, niños, ancianos… y no, no fui capaz de desnudarme (risas)”.

En los Olímpicos de Múnich de 1972, compartió con colegas importantes del periodismo deportivo colombiano como Jaime Ortiz Alvear, Jorge Luis Ochoa, Luis Carlos Escobar, Javier Giraldo Neira, Joaquín Marino Lopez, Pastor Londoño Pasos y Antonio Pardo García.

Hablemos de sus colegas. ¿Wbeimar Múñoz Ceballos?

“El maestro de todos”.

¿Cómo define a Javier Hernández Bonnet?

“Un excelente tipo, un pan de Dios. Es una persona capaz de quitarse el pan de la boca para dárselo a quien lo necesite.

Él empezó conmigo y tiene una anécdota muy bonita. La mamá le dio todo lo que tenía en el bolsillo para que tomara el bus desde el barrio San Javier hasta Todelar y ella le dijo que hablara conmigo para que le ayudara y así fue.

Yo he tenido varios alumnos y, de los pocos agradecidos Javier, es uno de ellos. Él hoy cuando lo entrevistan y le preguntan ‘¿a quién le debe su profesión?’, siempre responde: ‘A Jorge Eliécer Campuzano’.

Es un orgullo porque es mi amigo y es un hombre bueno. Somos confidentes y te cuento que, cuando Javier se fue de Medellín, todos los contratos los hacía yo por él”.

¿Óscar Rentería?

“Un tipo muy organizado en sus labores”.

¿Hernán Peláez?

“Es un man muy inquieto, simple en su forma de hablar, de transmitir sus conceptos”.

¿El ‘Negro’ Édgar Perea?

“Folclórico como ninguno, muy simpático. Más que como narrador, nos entretenía. Todos gozábamos con él”.

¿Carlos Antonio Vélez?

“Una persona muy estudiosa, disciplinada y llena de conceptos”.

¿Iván Mejía?

“Una man temperamental, pero muy buena persona. Iván no es lo que aparenta, es un muchacho bueno y de los más grandes en el periodismo deportivo del país”.

En 2006 fue galardonado con un premio Simón Bolívar con su trabajo “La historia viva de la Copa Libertadores de América”.

Hábleme de su trabajo investigativo sobre la historia de la Copa Libertadores.

“La Copa Libertadores para mí siempre ha sido una obsesión, entonces la curiosidad mía tuvo un papel importante en este trabajo. Recuerdo que, cuando fui a Chile, busqué al árbitro que expulsó a Pelé y así fui encontrando historias.

Un día, Caracol Radio decidió mandar mi trabajo a un concurso, ni siquiera fui yo, y a los días nos llegó una carta diciéndonos que había sido ganador del Premio Simón Bolívar de Periodismo.

Para mí fue muy bonito estar sentado al lado de grandes colegas como Yamid Amat, Darío Arizmendi, entre otros. Fue algo muy importante porque hasta ahora creo que he sido el único locutor deportivo en obtener ese premio”.

Cuénteme de la personalidad de Jorge Eliécer Campuzano. ¿Cómo se describe?

“Yo tengo una frase que dice: puedo ser un mal narrador, mal periodista, pero jamás una mala persona y eso siempre se lo inculco a mis hijos.

Fíjate que hace poco Suso el Paspi me invitó a su programa y él me entregó un trofeo, pero lo que más impactó de eso fue que decía: ‘se le entrega a Jorge Eliécer Campuzano por ser una buena persona’.

Carajo, eso me llegó al alma y te advierto, Jonathan, yo tengo mi temperamento, pero siempre procuro no lastimar a nadie, ni a mis compañeros, ni a la gente, ni al oyente”.

¿Es quizá por eso que siente tanta devoción por el Señor Caído de Buga?

“Desde que me conozco la utilizo y tengo una gran fe con el Señor de los Milagros.

A los 10 meses de estar casado y a los veintitantos días de haber nacido nuestro primer hijo, le dio una gastroenteritis violentísima y, por la ignorancia de nosotros, no la atacamos a tiempo y la salud de nuestro niño seguía empeorando.

Lo llevamos al médico casi que a los trancazos y un sábado yo me lo traje de la clínica y se lo ofrecí al Señor de los Milagros. Me encerré en el camarín de la capilla con mi hijo. Yo no sabía rezar, pero le pedí con devoción a Dios.

Después lo llevé a un curandero de Buga y el niño se curó. Este hombre se mejoró con la mano de ese hombre y la bendición del Señor Caído. Y allí comenzó mi devoción hacia él. Siempre me he sentido protegido.

Un día estaba narrando, lo tuve en mi mano y a lo mejor me fue bien.

Como agradecimiento, agüero o fe, desde aquel día nunca me puede faltar en las narraciones de fútbol.

Como anécdota, una vez estábamos en Barranquilla en el estadio Romelio Martínez y ese día a Javier Hernández Bonnet se le quedó la estampita, y a mí también.

Era tanta la sugestión que saqué la cédula o la tarjeta de Todelar, no recuerdo, y la puse en mi mano dando la sensación de que era el Señor de los Milagros.

Nunca me falta, soy muy devoto a ese santo y las estampitas de él hacen parte siempre de mi equipaje. El día que no lo tenga en mi mano me siento desnudo y desprotegido”.

Los Juegos Nacionales de Colombia ha sido otro de los grandes eventos que ha tenido la posiblidad de cubrir. De izquierda a derecha Jhon Jaime Osorio, Jorge Eliécer Campuzano y Jarvey Augusto Escobar. Recuerdos que Campuzano ha compartido en su Facebook.

Dice su esposa que usted a veces es muy malgeniado, ¿eso es cierto?

“Mi mujer tiene razón porque, por ejemplo, un día de fútbol yo no hablo con nadie: me encierro en mi cuarto a hacer mis ejercicios de foniatría. No trasnocho, no bebo, no fumo.

Ella puede decir que soy muy aburrido porque el sábado no trasnocho si tengo un domingo con transmisión. Quizá debo ser muy monótono, pero en el fondo yo le doy muchas gracias a Dios porque mi voz sigue cada día mejor, más fina, y procuro cuidarla.

Y que soy malgeniado, sí. En la casa no me gusta hablar con nadie y si te fijas yo en el estadio, cuando acaba el primer tiempo, me hago en un rincón solo para tener mi espacio. Son mis 15 minutos, mi descanso.

Yo me siento a disfrutar de mi tiempo, salvo que entren niños a la cabina, porque eso me derrite. Yo los siento en la cabina, les pongo los micrófonos, los audífonos para que le tomen fotos. Pero por eso mismo no procuro salir de mi cabina”.

¿Cuál ha sido su mejor recuerdo en las narraciones?

“He tenido varios recuerdos: el gol con el que clasificamos al Torneo Preolímpico contra Argentina. Aquel día ganamos 1-0 en Bogotá en 1971. Un gol de Adolfo Andrade. En ese tiempo yo estaba en Todelar.

También gritamos con alma y corazón cada uno de los goles del 5 a 0 frente a Argentina. Nosotros no sabíamos qué estaba pasando, fue algo increíble.

Y otro recuerdo que se me viene a la cabeza fue el gol de Iván Ramiro Córdoba con el que salimos campeones de la Copa América del 2001, contra México 1-0”.

¿Y los peores?

“Me dolió mucho el descenso del América, porque cuando era pequeño me gustaba ese equipo y no podría creer que en Colombia estuviera descendiendo uno de los más grandes del país.

Recuerdo también aquella final de 1987 cuando el mismo América de Cali perdió en el último minuto el título de la Copa Libertadores en el estadio Nacional de Montevideo.

Solo faltaban 5 segundos, salía la pelota y el árbitro terminaba el partido, pero llegó el gol de Peñarol y el cuadro escarlata perdía su tercera final continental.

Yo estaba transmitiendo para RCN Radio y me acuerdo que ya se estaba armando una parranda en Cali con el Grupo Niche y se cayó la fiesta… Hasta luego vida mía”.

¿Cómo le gustaría despedirse de la radio deportiva?

“Me quiero ir transmitiendo algún partido en un pueblito de esos por ahí, como Abriaquí, Abejorral… que yo llegue y vea a unos muchachos por ahí jugando y solo sea pedirles el número y nombres y transmitirles por un parlante.

No pensar que va a ser una gran despedida, porque así empecé y así me quiero ir: en silencio”.

Campuzano ha sido ganador premio Mejor Locutor Deportivo ACL en dos oportunidades y ha participado en cinco campeonatos mundiales de fútbol, seis Juegos Olímpicos y transmisiones internacionales nacionales de futbol, ciclismo atletismo, y otros más.

 

 

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