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La historia abraza a Medellín

En el barrio Pablo Escobar las calles son muy estrechas y casi no hay esquinas. Las casas están pintadas de color ladrillo y, en promedio, tienen tres pisos.

No se escucha el silencio porque de seguido el estruendo del acelerador de alguna motocicleta lo impide. Se percibe en el ambiente un lejano olor a marihuana y la mañana del viernes 22 de febrero está muy tranquila: aquí nadie se mete con nadie.

“Aquí, ignorando la atmósfera que genera el espeso humo de los vehículos, todos los habitantes nos saludamos con alegría porque nos conocemos de toda la vida. Con calidez recibimos a los turistas gringos que vienen a tomarse fotos en el mural de Escobar, ese que dice: ‘aquí se respira paz’”.

 

Por Camilo Jiménez, Ana María Correa y Alejandra Rodriguez V
jcjimenezp@eafit.edu.co / amcorreap@eafit.edu.co

Me llamo Cristian, manejo la entrada al pequeño museo de Escobar, y les voy a contar qué andan diciendo en este barrio de la comuna 9 mientras en la zona más rica de Medellín están gastando 33 mil millones de pesos para derrumbar el edificio Mónaco solo porque era de Pablo Escobar.

¿Por qué no sacan mejor 30 mil millones de pesos y se lo dan en comida a las personas que se están muriendo de hambre aquí en Medellín?

“Medellín abraza su historia”, dice el letrero de la puerta del Club Campestre de Medellín, que está bloqueada con vallas y policías.

Las personas entran vestidas de gala, algunas de ellas son víctimas del narcotráfico, otras son invitados al evento a puerta cerrada que la alianza de la Alcaldía de Medellín y la empresa privada, organizaron para rendirle homenaje a las víctimas antes de la demolición del edificio Mónaco, antigua vivienda de Pablo Escobar.

Los invitados los recibe un mural interactivo en el que las víctimas dejan sus huellas dactilares en el contorno de la ciudad impreso en una lona blanca que dice: “De la cicatriz a la huella”.

Los asistentes son bienvenidos con el regalo de una sombrilla blanca para el sol y una bolsa de tela cruda, decorada con la huella que caracteriza al evento: contiene un abanico, un tapabocas para el polvo y tapones para los oídos con el fin de hacer de la implosión algo menos molesto.

Además, les regalan manillas con frases como “Medellín en tus manos”, “Los sueños vencen la oscuridad”, “Medellín, territorio de bondad”, entre otras.

Las personas ingresan al club desde las 9:00 a.m., sin embargo, el evento da inicio una hora después en medio del sol que comenzará a calentar.

Mientras el ambiente llega al momento esperado, los minutos pasan entre risas y charlas ligeras de los invitados con tazas de café y agua servidas por meseros del club.

Un video inaugura el evento, en el que varias víctimas narran el sufrimiento que les dejó la guerra contra el narcotráfico.

Mural de Pablo Escobar en el barrio que lleva su nombre.

El barrio Pablo Escobar está ubicado en las montañas orientales de Medellín y su construcción fue financiada por el narcotraficante Pablo Escobar hace 35 años. Francisco Flores, habitante del sector y vecino en el barrio desde que fue construido, relata: “Yo llegué de Dabeiba a vivir al basurero en Moravia, sin refugio ni comida».

Vivíamos hacinados con hasta veinte personas en ranchos de ocho metros cuadrados que habíamos hecho con tejas de eternit, cartón y madera. Un día, entre la podredumbre y un resplandeciente sol, un generoso empresario prometió obsequiar un hogar para Francisco y su familia.

Simplemente con una condición: ayudar a repartir un terreno acondicionado por él (Escobar) a las personas que habitaban en el basurero.

Francisco todavía recuerda la época del narcotráfico en que Pablo Escobar pregonaba: “Queremos una Medellín sin tugurios”. Esta es, según Francisco, la imagen que se quiere borrar de Escobar demoliendo el edificio Mónaco.

“En esa época la pobreza estaba concentrada en las periferias de la ciudad y las organizaciones estatales no prestaban atención a los problemas de las clases baja”, dice Francisco, mientras tanto Escobar estaba construyendo su propio estado en las zonas más vulnerables de Medellín. “Un estado con oportunidades reales” agrega.

Invitados de Medellín abrazando su historia mientras escuchan a las víctimas.

La transmisión en vivo de Telemedellín se concentra en los presentadores que comentan entre ellos los diferentes sucesos que aterrorizaron el país y, sobre todo, a la ciudad de Medellín, que durante años fue sede para carros bomba, masacres y atentados.

Seguido de una serie de conversaciones con personajes reconocidos en la ciudad, Juan Luis Mejía, rector de la Universidad EAFIT.

Menciona que: «aunque la ciudad fue presa del miedo, mantener vivas a las víctimas es un deber de la sociedad y que “más que tumbar el edificio, lo importante es la construcción del memorial para tener presente que eso no puede volver a pasar, ni se puede olvidar”.

“No paran de llegar turistas desde las 7:00 de la mañana y la cuadra del monumento a Pablo Escobar nos regala la papa de cada día» menciona Cristian mientras hace el balance del día.

«Good morning» nos saludan los gringos. «Welcome», respondemos. Les enseñamos el museo de Escobar. Porque con esta escasez de trabajo, nosotros estamos viviendo es del turismo.

Vea, ¿es que sabe qué? Vaya escuche lo que están hablando esas señoras junto al puesto de buñuelos, recomienda Cristian. De las tres mujeres que hay sentadas, Pablo le cambió la vida a dos cuando les regaló casas.

En esta zona marginada del mapa, la idolatría sigue intacta: El patroncito era muy atractivo, él era divino”, cuenta María.

“La esposa era la más formal y bondadosa. La mamá la más elegante de Medellín y en Navidad venía a traer regalos para los niños. Hermosa. Lo único que hizo mal Pablito fue matar tantos policías, porque pagaba muy bien, pero él solo le hacía daño a gente de mucha plata”.

Manuela la interrumpe: “Yo creo que todo lo que hizo fue por defensa propia. Él no mataba por deporte. A él lo perseguían mucho. Yo no tengo nada malo que sentir de él”, dice y se pone de pie para vender uno de los buñuelos de Escobar, como le han apodado a su pequeño local.

María continúa la conversación:“Yo sí estoy muy agradecida con Pablo, él me dio dónde dormir, un techo y, a veces, comida. Desde que lo mataron no se ha visto otra ayuda de nadie por aquí. Dígame entonces: ¿Por qué los gringos lo quieren tanto?, ¿saben qué?, es que aquí no hay nadie que hable mal de Pablo Escobar. ¡Nadie!, ¡ni una sola persona!”.

Los invitados conversando antes de que iniciara el evento.

Ninguna de las tres mujeres está de acuerdo con borrar la memoria de Escobar y piensan que es imposible: “La ciudad quiere negar su pasado”, afirma Manuela.

Cristian termina nuestra corta visita con un poco de rap con la ciudad en el fondo, usa los motores de las motos como melodía urbana cantando: Es que en realidad, nos están quitando la comida… Aquí todos los días vienen cientos de turistas.

Además, para acabar con el legado de Pablo Escobar tienen que derrumbar este barrio, ofrecer un nuevo hogar para 16 mil personas y ellos no lo van hacer. Eso solo generaría un conflicto.

Es que pónganse en situación: ¿Quién en esta vida va hacer algo así por nosotros?, ¿quién ayuda a los pobres con algo? El Estado no, por aquí ni sube.

En algunos minutos será demolido el edificio Mónaco y para la comunidad esto no es un gran acontecimiento. Por ahora, nada cambia en este barrio.

Suena la primera de tres alarmas como se anunció previo a la implosión, mientras las presentadoras del evento, ahora transmitido por Caracol, narran unas cuantas historias más del terror que ya todos conocemos, pero que nunca nos dejan de estremecer.

Al sonar de la segunda alarma, es el turno del alcalde Federico Gutiérrez para dirigirse a las víctimas, y al país entero que a esta hora está mirando a Medellín. Lo hace por medio de un discurso en el que evoca su juventud y la época en que vivió la violencia del narcotráfico:  “hoy estamos reunidos en honor a las víctimas, a los héroes, a los valientes».

Todos los mayores de 30 somos tan distintos y a veces tan distantes, que compartimos los toques de queda. Un sentimiento que muchos no entenderán: la alegría de llegar vivo a casa. Se le quitó el valor a la vida y se le puso un precio a cada una de ellas».

Meseros del Club Campestre, encargados de atender a los invitados.

Luego, deja claro que: “el derribo del Mónaco es un símbolo. El edificio está en ruinas y ruinas son las que caen”. Las víctimas son el motor de este homenaje y la razón de la demolición.

El alcalde se hace a un lado mientras suena la tercera alarma.

El sonido grave y ensordecedor que viene del edificio invade el ambiente del parqueadero del Club Campestre, alegre y reflexivo. Algunos invitados se paran de sus asientos para encontrar una mejor vista de la caída del edificio. La alarma se detiene.

Hay un segundo de silencio, luego la explosión. Dura cuatro segundos, y aparece otro segundo de silencio.

Los puestos de las víctimas empiezan a vaciarse, algunos lloran, otros callan, otros se agarran de las manos y otros celebran silbando y aplaudiendo a pesar de acabar de presenciar un acto solemne y triste, ¿quién los culpa?

El edificio Mónaco es reducido a una nube de polvo y una pila de escombros. Quienes presencian el evento comienzan a sacar de sus bolsas de tela los tapabocas.

Siguen las órdenes de las presentadoras que informan que deben quedarse en sus asientos (a pesar de estar a 300 metros de la demolición de un edificio que solo les trajo dolor) para el cierre del evento con las presentaciones de Yuri Buenaventura, Son Batá y Juanes.

Algunos hacen caso omiso y se van, como si hubieran abierto la peor de sus heridas. Otros, se quedan y disfrutan. Unos más piden tranquilidad, evaden a los medios y se quedan en silencio.

En alguna parte de la consciencia colectiva paisa hay una culpa escondida que no permite dejar al narcotráfico atrás, honrar a las víctimas y seguir construyendo ciudad y vida.

De 40.612 víctimas de la violencia, solo 400 han sido identificadas.

Esa culpa es consecuencia de una guerra moral en la que, por un tiempo, incluso aún, nos permitimos como sociedad aceptar el narcotráfico como un triunfo social y económico.

Volteando la cara cuando no había que hacerlo, deshumanizando y justificando muertes y enfrentamientos, que a su vez dejan profundas heridas cuando seres amados ya no están.

Es evidente que la caída del Mónaco no es, para las víctimas, el cierre de un capítulo doloroso. Se sintió como la reapertura de muchas heridas que con el tiempo habían cerrado, pero cicatrizaron mal.

Al finalizar el evento, con el polvo esparciéndose por el parqueadero, se repartieron entremeses y bebidas para los invitados.

Tentempiés y bebidas para los invitados, luego de la implosión.

Estefanía y Julián, estudiantes de décimo grado de la Institución Educativa La Pastora del barrio Buenos Aires, también invitados al evento, opinan que “está bien que derrumben el edificio, pero eso no cambiará la violencia que vive Medellín todos los días. Hay que invertir en educación.

Nos quieren enseñar a ‘no ser como Pablo Escobar’, pero no tenemos clases de historia que nos expliquen cómo hacerlo. Sabemos que no debemos ser violentos, pero vemos la violencia todos los días en los barrios, creemos que es más importante la educación que el ejemplo”.

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