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La vida y la paz habitan en Nueva Jerusalén


Por Karen Roldán Higuita
kroldanh@eafit.edu.co

En medio de silenciosas manifestaciones de violencia, este asentamiento intraurbano del noroccidente de Medellín es un lugar en el que se convive de manera pacífica.

El logotipo que acompañará la capilla comunitaria, una vez esté construida. / Foto por Alejandra Acevedo.

Asentamiento popular, decenas de necesidades, ausencia de vías, desempleo, falta de reconocimiento estatal y de educación… Al relacionar estos términos y recrear un escenario donde se reflejen de manera conjunta, ¿podría uno decir que la vida y la paz son otros de los conceptos de la lista? Probablemente sí, Nueva Jerusalén, en el occidente de Medellín, parece ser dicho escenario.

La semana previa a la visita programada a esta comunidad, había estado elaborando un rompecabezas de expectativas y temores con respecto a lo que podría encontrar, a lo que podría suceder o a lo que podría sentir una vez estuviera con mis compañeras de reportería en dicho lugar.

Eran muchas las ideas que mi subconsciente fabricaba, algunas partían de prejuicios relacionados con las características más comunes de este tipo de zonas: pobreza, violencia y falta de oportunidades.

Sin embargo, la mayoría de mis pensamientos iban de la mano con experiencias anteriores, que me recordaron que en lugares vulnerables como este, habitan las personas más cálidas, humildes y dispuestas a ayudar, siempre y cuando las soluciones estén a su alcance.

El 2 de febrero a la 1:30 de la tarde, cuando bajé del mototaxi y ascendí hacia la capilla San Cirilo, me encontré con la primera de esas personas: Rosita Ramírez, la mujer que, desde entonces, hasta el día de hoy, ha trabajado con mi equipo de reportería de forma desinteresada y comprometida, como lo hace dentro de su comunidad.

A El Ropero, la bodega de donaciones de la parroquia, acuden decenas de personas esperando que Rosita les dé una mano. Llegan a ella en busca de medicamentos, ropa, comida, consejos o algún otro tipo de favor.

Sorprende presenciar que, aunque es una mujer muy ocupada por su posición de líder social, colaboradora principal de la parroquia, madre y abuela, siempre está ahí para su gente. Rosita da y da, sin esperar ninguna retribución, pues como ella afirma: “Dios es el dueño del oro y la plata” y de Él es de quien quiere recibir las gratificaciones.

Así es como funciona la Nueva Jerusalén. Como analogía al caso de Rosita, las buenas relaciones entre vecinos, amigos, líderes y sacerdotes mantienen a la comunidad unida. Allí todos se conocen, todos se saludan, todos se dan la mano. Incluso, me atrevería a afirmar que es por ese entramado de vínculos que ahora allí  existen casas, negocios, lugares de ocio y dos pequeñas escuelas.

Las primeras viviendas, construidas en madera, lata o adobe, hoy se mantienen firmes o se han mejorado gracias a un vecino o a un amigo que se puso la mano en el pecho y se dijo “vamos a ayudar a esta comadre y a sus hijas”, y empezó a trabajar clavando tablas, pegando ladrillos y desyerbando el terreno.

Tal y como le sucedió a Rosita, quien de la mano de la gente de la zona construyó su primera vivienda al lado de la quebrada La Loca, que separa a Nueva Jerusalén del barrio París, en el municipio de Bello.

La empatía que sienten entre sí los habitantes de esta comunidad, no solo se limita a ayudar a construir una casa para quien la necesita. Como lo pude presenciar el 28 de febrero, cada uno, según sus capacidades y conocimientos, aporta un grano de arena para que el barrio, a pesar de las adversidades, pueda acceder a un estilo de vida que se transforme hasta alcanzar unas condiciones más dignas.

Ese jueves en la tarde, el ambiente en Nueva Jerusalén se sentía distinto, la gente caminaba de un lado a otro con cables en las manos o cargando escaleras de madera y otras se asomaban desde sus ventanas y balcones, observando el movimiento.

Al preguntar a Rosita qué sucedía, comentó que estaban haciendo un cambio del cableado de energía, pues desde que se colocó hace 9 años, no había sido reemplazado y podría causar la explosión de un transformador y, en consecuencia, un incendio.

Ilustración Proceso cambio de cables de energía. / Foto por Karen Roldán Higuita.

En la sustitución de los cables, participaba toda la comunidad: niños, jóvenes, adultos y ancianos, fuera sosteniendo los alambres, evitando que se callera la escalera o gritando a la persona subida en ella: “¡No mires para abajo que te caes por esa pendiente, huevón!”, como le dijo un joven a Edwin Cano.

Cano es un funcionario de EPM (Empresas Públicas de Medellín), habitante de Nueva Jerusalén, que instruye y guía a la comunidad en todo lo relacionado a las redes de energía que han elaborado de forma artesanal.

Él admite que, a pesar de que trabaja en la entidad oficial que instala este tipo de servicios, al no tener la autorización de hacerlo en la zona, no le queda más remedio que ser quien le enseña a la comunidad a obtenerlos por contrabando, porque de no ser así vivirían a oscuras, incomunicados y aún más excluidos de la ciudad.

Una vez dejamos atrás este escenario de cables y electricidad, caminamos cuesta arriba hasta el sector Los Ventanales, desde donde se podía apreciar una imagen panorámica de Medellín y Bello aún más amplia que la que ofrecía el sector La Paz.

El sector Los Ventanales, debe su nombre a esta vivienda. / Foto por Karen Roldán Higuita

Mientras ascendíamos, aproximadamente diez personas se acercaron a saludar a Rosita y a Alex Quintero, su amigo fiel, que se había sumado al recorrido. Todos los conocían, hablaban de favores, de cómo se sentían, preguntaban por los sacerdotes o les daban las gracias por alguna cosa.

Al finalizar nuestra caminata, le pregunté a Alex qué opinaba acerca de “Entre fronteras, Nueva Jerusalén”, como un posible título para nuestro proyecto de reportaje. De inmediato, dijo “no, no, eso está muy feo”, para él la palabra frontera remite directamente a lo que en Colombia conocemos como fronteras invisibles, la marcación imaginaria que establecen las bandas criminales para delimitar su territorio.

“Eso no lo vayan a poner, porque así nadie viene por acá, la gente va a pensar que estamos rodeados de fronteras invisibles y aquí la cosa no es así”, comentó Alex.

Ese 28 de febrero, por una vez más, regresé a mi casa sorprendida, me preguntaba cómo era posible que estas personas, en medio de un territorio tan complejo, pudieran ser tan cálidas, tan generosas, tan altruistas, teniendo así una comunidad llena de tranquilidad.

Nueva Jerusalén parecía ser la excepción a la regla de que los asentamientos populares son zonas ‘calientes’, donde uno no puede arrimar ni por error.

Y es que esos comentarios de su gente, la forma en que se tratan el uno al otro y la libertad con la que transitan hasta por los callejones más estrechos y solitarios, le dan a uno la sensación de que es cierto, de que allí uno puede ser quien sea y no sentirse en peligro.

Sin embargo, el jueves 14 de marzo, como decimos los antioqueños coloquialmente, conocí “el otro lado de la moneda”. En esta nueva visita a la Nueva Jerusalén el destino pretendía bajarme de la nube, abrirme los ojos y decirme: sí, aquí también hay mal, ese fenómeno es inherente al ser humano, a la sociedad, y se cuela, como el aire por los poros; está ahí, existe, aunque no lo parezca.

En este barrio no he sentido temor hacia los jóvenes, es decir, los pelaos o los muchachos, como los llamamos en Medellín. Esto debido a que casi todos a los que había visto eran mototaxistas, jóvenes sanos que se ganan la vida honradamente, subiendo y bajando gente en su vehículo.

Pero no todos son así, según Luz Dary Duque, la esposa del difunto hermano de Alex, y su hijo Diego Alejandro Quintero, algunos de ellos se encargan de mantener el orden y todos los obedecen sin más.

En Nueva Jerusalén uno jamás va a encontrarse en una esquina a un grupo de adolescentes fumando marihuana o consumiendo cualquier tipo de droga, no porque no los haya, sino porque está prohibido. ¿Prohibido por quién? Por los muchachos.

Ellos les asignaron un lugar, lejos de los niños, de los ancianos, de la gente que se mantiene sobria, esa zona se conoce como Las Pineras y solo allí, en medio de los árboles, pueden darse el gusto de consumir lo que quieran, donde nadie los vea, donde al único que perjudiquen sea a sí mismos.

Y esta regla no surge de la nada. En este barrio la drogadicción es un problema tan grave como la falta de vías o de atención estatal. Una cantidad significativa de personas consume algún estupefaciente, desde niños hasta adultos mayores, y no se puede hacer mucho. Las personas viven en medio de la resignación, lo han hecho parte del día a día.

Profesores, vecinos y sacerdotes han aprendido a convivir con los consumidores y, aunque les ofrezcan ayuda, basta con que digan no, para dejar de insistir, pues uno ayuda a quien se deje, pero con quien no quiere abandonar el purgatorio no hay remedio.

Sobre los muchachos no se dijo nada más que eso, son los que ordenan, los que ponen reglas. ¿De qué forma lo hacen? ¿Por qué ellos? ¿Qué pasa cuando alguien las incumple o los desafía? Son algunas de las incógnitas que me quedan y que me quedarán, porque en Nueva Jerusalén parece haber un pacto de silencio con respecto al tema. “Sí, sí, ellos están ahí, pero uno prefiere no hablar de esas cosas”, fue lo que me dijo Luz Dary cuando insistí en que me contara más.

Después de recorrer otro rato la comunidad, hablando con las personas y observándolo todo, bajamos hasta el barrio París en mototaxi y en El Cafetal, donde parquea, tomamos un taxi.

Una vez emprendimos nuestro descenso hacia la estación Acevedo del Metro, el conductor empezó a hacernos preguntas sobre quiénes y de dónde éramos, qué hacíamos en Nueva Jerusalén y así por el estilo, me pareció de lo más normal y le respondí que se trataba de un reportaje.

Unas calles más adelante, el taxi frenó en seco y cedió el paso a una moto, conducida por un hombre joven. “Jmm, ¡qué miedo ese diablo!”, dijo el taxista y frunció el ceño.

Resulta que el joven era uno de los que ordenan, uno de los muchachos. Ese rumbo tomó la conversación. Preguntó que si alguno de ellos nos había puesto problema o preguntado lo mismo que él, dije que no y empezó con las advertencias.

Nos recomendó no andar por la comunidad solas, sino con alguien de ahí mismo, dijo que bajo ninguna circunstancia visitáramos el lugar en la noche, pues, sobre todo los fines de semana, se convertía en “el remate” de las discotecas de París y, según él, salía el diablo.

El resto del viaje estuvimos en silencio, con una sensación de desasosiego. Después de todo, no era tan imposible eso de estar en un mundo y, minutos después, en otro.

Como en todo barrio, pueblo, ciudad o país, en Nueva Jerusalén existen manifestaciones de violencia, silenciosas y radicales, pero que parecen dar seguridad a sus habitantes o, tal vez, un miedo exagerado, porque todos respetan a los muchachos, viven bajo sus reglas y no hablan de ellos.

Bajo esta dinámica, Nueva Jerusalén, territorio de vida y paz¸ es la frase con la que se identifican, la que está plasmada en el logotipo de su comunidad. A pesar de su trasfondo, esa es la idea que una persona externa se llevaría al visitar el lugar, a menos de que alguien se atreviera a contarle un par de historias que equilibren la balanza entre el bien y el mal, y le otorgue una mirada más cercana a la realidad.

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