Leonardo y Laura

«Laura es mi heroína»

Un joven confiesa la admiración que siente por su hermana, quien una vez fue su hermano. Para él, ella es su heroína, el mejor ejemplo de valentía.

Por Leonardo Hernández – lherna31@eafit.edu.co

Hace poco comencé a convivir con sombras para ojos y una variedad completa de productos de belleza en la repisa de mi baño, de mi cuarto, de mi sala, de mi cocina… de mi vida. Confieso que me he sentido hostigado por levantarme con olor a rosas y cada vez que veo un envase de corrector me pregunto: “¿cuándo empezó todo esto?”.

Tras esta experiencia me he hecho otras preguntas: “¿Por qué no fue sino hasta el 2015 que en Colombia se les facilitó a los transexuales el cambio de género en el registro? ¿Por qué tenemos ese delirio de creernos superiores a lo que no es usual?”. Entonces me pareció necesario buscarle respuesta a estas incógnitas, no solo porque siempre me ha parecido que la tolerancia es indispensable para la construcción de una sociedad sana en el sentido de bienestar social, sino porque tendría que aprender a crecer forjando este valor.

Con mi papá –señor de 55 años, estatura promedio y sin una sola cana en la cabeza- hablaba sobre todo esto mientras nos tomábamos un jugo natural en el mercado principal de Montelíbano, Córdoba, un pueblo con unos 64.000 habitantes que alberga a la mina más grande a cielo abierto de Latinoamérica.

La conversación surgió después de que él vio a un joven,  de unos 15 ó 16 años, con tres aretes en una sola oreja, un pantalón fucsia desteñido y el pelo pintado como con agua oxigenada. “Cómo es de jodida la naturaleza ¿no?”, comentó mi papá, nacido y criado en Lorica Saudita (como le dice la gente a este municipio debido a la presencia de muchas personas de origen árabe).

Su comentario me extrañó porque en el discurso de todo buen costeño las palabras “marica, pangá, cagá” hacen referencia, generalmente, a la orientación homosexual de los hombres. ¿Si mi papá es 101% costeño por qué no dijo algo como “mira el tuyo” o “ay véala”? Concluí que la diferencia entre lo que dijo y lo que yo, de alguna manera esperaba que dijera, es la abundancia de educación.

Hasta 1936 ser homosexual en Colombia era un delito. En la actualidad, la religión y las personas con un “orden moral ejemplar” consideran estas conductas (en general las de la comunidad LGBTI) como acciones que atentan contra el bienestar social e irrumpen con la estabilidad emocional y espiritual del resto de la comunidad.

Con la inclusión de diferentes sentencias en el país se han otorgado legítimamente derechos a los integrantes de dicha comunidad. La Sentencia C-683/15, por ejemplo, permite que las parejas del mismo sexo puedan aplicar a procesos de adopción. O la Sentencia por tutela T-099/15, según la cual las mujeres transexuales, en caso de ser citadas a regularizar su situación militar, deben conocer “plenamente los límites que tiene la Ley 48 de 1993 y la obligación que tiene la autoridad militar de no realizar ningún procedimiento que vulnere la dignidad, la autonomía, el libre desarrollo de la personalidad e igualdad de estas ciudadanas”.

Y es que si vieran lo femenina que es mi hermana comprenderían que esta última sentencia por tutela tiene su razón de ser. Al ver al perro más pequeño que existe, adornado con 50 moños rosados pegados a la oreja, un traje de esos para perros como los que Paris Hilton usa para vestir a su infinidad de cachorros chihuahua, ella decía 24 horas al día y 7 días a la semana: “¡Ay! Qué lindo ese perro”.

Por lo tanto es impensable que esta mujer de mi estatura, con pestañas que llegan a la frente, nariz perfecta y uñas acrílicas haga parte de cualquier batallón. Si esta sentencia no existiera la verían pidiendo cinta rosada para amarrársela al fusil y así poder distinguirlo del de los demás. Y en vez de pantalones anchos exigiría unos leggins camuflados, de esos que están de moda ahora para combinarlos con unos zapatos Christian Louboutin.

Mi hermana se llama Laura legalmente, gracias al derecho de cambio de nombre por segunda vez por razones de identidad de género registrado en la Sentencia por tutela T-086/14. No sé por qué escogió ese nombre, pero fue justo y necesario. Su nombre no iba con la personalidad de alguien que en vez de escoger carros para regalos de navidad, cuando mi mamá decía “vayan a ver qué quieren”, se iba a la parte donde estaban esas figuras de acción y escogía a la Power Ranger azul, que se diferenciaba a los demás por tener una minifalda.

Laura es mi heroína. Siempre está conmigo a pesar de que es un poco cerrada al expresar sus sentimientos. Compartimos gustos en comida, en películas y en arte. En el colegio estuvimos separados por dos años escolares y rara vez nos veíamos porque teníamos horarios distintos, sus horas de descanso y regreso a casa eran diferentes a las mías.

Nunca almorzábamos juntos. Como yo llegaba primero siempre tomaba la siesta mucho antes de que coincidiéramos en la dormida. Antes de que tuviéramos tiempo de llegar al final de cualquier sueño fantástico, entraba mi mamá y nos despertaba de la misma manera, con caricias suaves en las piernas. Nuestras clases de educación física siempre fueron en las horas de la tarde. Crecimos en una familia donde nuestros padres querían que nos destacáramos en cada una de las actividades extracurriculares de las que hacíamos parte (estuvimos en casi todas, desde ajedrez hasta natación).

Pero su deseo no se cumplió porque mi hermana y yo solo coincidimos en el curso de arte y manualidades. Aunque nuestro hemisferio derecho del cerebro siempre se ha movido con más ritmo que el izquierdo, entre ambos había diferencias claras:  yo me destacaba en matemáticas y ciencias exactas, y ella era más hábil para transformar y crear, y le fluían más ideas al momento decorar nuestro cuarto (que para ese tiempo compartíamos), cocinar, colorear y también de dibujar a los personajes de Avatar: La leyenda de Aang, serie animada que prácticamente le despertó esa chispa y ese interés por meterse a estudiar diseño gráfico.

“Después de todo sigue siendo la persona más tímida que conozco”, dice mi mamá para referirse a la actual Laura Hernández. “La vida nos juega malos ratos, pero yo pienso que este no es uno de ellos. Dios no hizo a Laura de esa manera para atormentarnos. No. Al contrario, ¿no ven que estamos todos juntos? Eso no es malo en absoluto”, nos dijo mi mamá a los cuatro en diciembre, en una de esas pequeñas reuniones que siempre tenemos.

Me gradué de bachillerato y me vine a vivir a Medellín. Comencé mis estudios y hoy en día somos dos hermanos de la familia Hernández Murillo los que vivimos en la capital antioqueña. Cuando llegué al apartamento que se convertiría en mi hogar noté cosas diferentes de las que veía en Montelíbano: en el baño había artículos que ninguno de nosotros utilizaba en aquel pueblo. El clóset estaba lleno de tonos pasteles, ropa corta y mucho brillo. Me pareció diferente pero muy divertido.

Los “déjame quieta” o “¿se me ve bien esto?” se volvieron recurrentes. Mi hermana es el ejemplo de valentía porque tuvo el valor de ser ella misma pese a haber crecido en un pueblo tan cerrado, tan machista, tan intolerante.

Al final de todo, queda la familia, y estoy feliz con Luis, mi hermanito; Nancy, mi mamá; Pedro, mi papá; y Laura, mi hermana (alguna vez mi hermano).

Foto: Leonardo Hernández (izquierda) y Laura Hernández (derecha)

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