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Maribel, la dulzura de Barrio Triste


Personas amables y dispuestas a contar sus historias con una sonrisa es lo que identifica a Barrio Triste. Su gente es trabajadora y seria, pero si se busca su lado dulce, seguramente se encuentra.

Por Sofía Lopera Osorio
sloper10@eafit.edu.co

Solo quedábamos nosotros sobre el andén de la estación; tres pares de ojos que buscaban animadamente un camino, tres almas dispuestas a conocer y experimentar lo extraño, lo lejano, a observarlo desde la curiosidad, desde aquel otro secreto escondido. Nos atrevemos a hablarle a una señora que tiene un puesto de jugos de naranja en la esquina de la iglesia del Sagrado Corazón de Jesús.

Siempre la veíamos, en cada visita al lugar, justo en la misma esquina se encontraba ella. No entiendo qué andábamos buscando que no nos habíamos aproximado ella. No fuimos detallistas, no encontramos nada nuevo en un carrito con una sombrilla azul y una mujer que reflejaba experiencia; marcas en la cara que demostraba los pasos de los años, haciendo jugo de naranja.

Nuestra visión cambió, queríamos historias para contar que cambiaran la percepción de este barrio.

Una mañana, con un sol intenso y agobiante, nos topamos con este puesto de lata, pequeño pero bien dulce. Ya nos habían dicho que “la señora de los jugos” conoce bien Barrio Triste, que ya era toda una veterana del lugar.

Nos acercamos y se escuchaba una ranchera de Vicente Fernández, la gran conocida y fiel de los despechados, arruinados por un desamor: “Un millón de primaveras”, que estaban dando en la emisora Radio Uno.

Con una mano en la frente tapándome la cara del sol y tratando de ver bien con un ojo cerrado por el reflejo, saludamos a la tan famosa flaca de los jugos, le preguntamos el nombre y con una voz ronca nos contestó que se llamaba Maribel Segura, pero que la conocían como la Mona o la Flaca.

Desde un principio la noté sonriente y tranquila, lo que me permitió preguntarle si sus jugos eran los más ricos de Barrio Triste, a lo que sonrío y dijo que no sabía.

Esta mona me cayó bien desde el principio. Una señora suave, muy amable y simpática, dispuesta a contarnos acerca de su vida y dejarnos compartir su espacio. Esos 40 minutos que conversamos con ella nos confirmó que en este barrio, lo que hay,es gente feliz y trabajadora.

Maribel contándonos sobre su vida.

Su trabajo empieza a las 5 de la mañana todos los días y se va para la casa a la 1 o 2 de la tarde. Nos dijo que no le da miedo ir sola a la madrugada ni por la noche, que los tiempos habían cambiado mucho y que Barrio Triste ya no era violento.

“Antes había mucha delincuencia, pero ha cambiado, ha mejorado mucho todo, está muy controlado.” Además, se sentía segura porque la conocen desde hace 30 años, puesto que siempre ha vendido jugos de naranja en la calle, ese ha sido su rebusque hace mucho tiempo.

El papá de su hijo trabajaba en un taller cerca de donde ella tiene su carrito, a unos pocos metros, entonces por eso se fue con él a hacerse algo de plata. De igual forma, mucho antes, ella visitaba Barrio Triste con su familia y el esposo de una hermana, porque su oficio de camionero lo obligaba a recurrir el lugar. Así fue como se conoció con el papá de su hijo.

Afortunadamente, así lo dice ella, ya no son esposos. “Ese es un mujeriego”, dijo y se le notaba la cara de decepción. Luego nos fuimos adentrando más en su vida personal, tratando de descubrir la historia de esta mujer, vendedora de jugos de naranja, que encontró su lugar en Barrio Triste. 

El hijo que tuvo con su ex marido, lo mataron, y su hermano con el que compartió su infancia también falleció. Quedó huérfana desde los 14 años y el apoyo por parte de sus hermanos mayores fue casi inexistente.

Cuando empezó a hablar, así sin tapujos ni respuestas de si y no, nos dimos cuenta de que iba a ser larga la conversada. Notó nuestra inconformidad con el sol, entonces alzó más la sombrilla que cubría el carrito con las naranjas frescas y escondidas de los rayos para que nos pudiéramos correr hacia un lado con sombra, descansé y relajé el ceño.

Maribel Segura posando para una foto, en su puesto de jugos de naranja en Barrio Triste.

Nos empezó explicando que su vida siempre se rodeó de violencia, así la muerte no la alcanzara a rozar, le había tocado ver cosas espantosas, inhumanas que le han formado el carácter que tiene hoy en día. Llegó a Barrio Triste desde Castilla con sus jugos, huyendo de “lo caliente que estaba eso por allá”.

Lo bueno era que en este barrio de mecánicos ya la conocían y le dieron un espacio en la esquina de la iglesia. Por lo que vimos mientras visitábamos las calles de Barrio Triste, las personas se ubican en el concreto manchado de grasa y suciedad, en cualquier espacio.

Eso hizo Maribel y entiende que si alguien se ubica cerca de ella, lo respeta y se hace a un lado a compartir el puesto, con otra persona que entiende que necesita una oportunidad en la vida.

Ser mujer acá es horrible, acá todas somos pu(tas) y pe(rras). El gremio de mecánicos y camioneros funciona así, y más en un lugar donde las mujeres somos pocas

Ella sabe con quién se debe hacer sentir y cambiar de esa dulce mujer a alguien fuerte. Como también sabe con quién puede molestar, pero dejó bien claro que ella no va a ningún lado para que la traten de fácil o de prostituta.

Así como no se mete con nadie, se hace respetar cuando alguien se mete con ella. Es una mujer con carácter, pues convivir con mecánicos y conociendo su mala suerte con experiencia donde la muerte la acecha, la llevó a aprender a defenderse sola.

Es más como reflejos de supervivencia que tuvo que desarrollar por los acontecimientos que han pasado en su vida.

Mientras proseguía y nos contaba acerca de su pasado y cómo ha trabajado tantos años en un lugar como ese, suena un vallenato en la radio: “Ay Hombre”, de Jorge Celedón, otro tema que ha acompañado a más de uno con el corazón roto.

Nos interrumpió un señor en una camioneta que le pidió a La Mona, su “dosis diaria”. Mecánicamente ella cogió un vaso mediano, lo llenó de jugo que tenía recién exprimido en una jarra tapada por un trapo para que no se calentara con el sol y cogió un tarro rojo que tenía exhibido, le echó un polvo vino tinto al zumo de naranja, lo revolvió con un cuchillo que tenía a la mano y se lo entregó al señor que no se bajó del carro.

Le preguntamos qué era eso que le había puesto al jugo y nos dijo que era para la próstata. Luego fuimos más detallistas y nos dimos cuenta de que tenía vitaminas, miel, ginkgo biloba y otras hierbas que estaban en chino para acompañar la bebida rica en vitamina C. Ella sabía qué era lo que querían y necesitaban los mecánicos y hombres que pasaban por las calles cerca de su puesto de jugos “naturistas”.

Contándonos acerca de las peleas que le ha tocado presenciar en las calles del Sagrado Corazón, tomó asiento en una butaca de madera y, con los ojos tristes, relató una de las muchas veces que maltrataron a un ladrón.

Dice que el que robe en Barrio Triste no es consciente de lo que le puede pasar, los hombres toman justicia por su propia cuenta y pueden llegar a matar al que se atreva a robar algo.

De paso nos contó cómo fue que mataron a su hijo Jonathan y cómo la violencia se lo arrebató de su vida, por un error, y la dejó con su otro hijo Willy. “Confundieron a mi hijo con otra persona. Cuando pasó yo estaba en la casa con Willy y escuchamos tres disparos, yo iba a salir a ver qué había pasado, pero él me dijo que no saliera. Después me di cuenta de que si hubiera salido, hubiera encontrado a mi hijo muerto afuera de mi casa. Nunca supimos quiénes fueron, pero así es la vida”.

Nos contaba mientras buscaba una foto de su hijo ausente en su celular. Comentaba que muchas veces sentía miedo con Willy, porque él era más explosivo y buscaba pelea en la calle. Maribel le cuida mucho el carácter y le trata de enseñar y demostrar que puede perder la vida en un segundo.

Encontró la foto y nos mostró en la pequeña pantalla de su celular a un joven acuerpado, blanco y peli negro. En los ojos de La Mona se notaba la tristeza y el profundo dolor que siente al recordar, esas arrugas alrededor de los ojos y su boca pintada y delineada de café, representaban el sentimiento de angustia que sentía al pensar en esos tiempos de terror.

Aun así dijo que la vida era dura y retadora, que lo único que quedaba era cuidar a su otro hijo y tratar de vivir tranquila, estudiando la biblia y orando.

Termina recalcando que Barrio Triste no es peligroso y que va más allá de cada imagen violenta que muestran en televisión o en las películas, que los persigue para atormentarlos y estar bajo los prejuicios de los demás, como si todos fueran inmunes a los defectos culturales que afectan a toda la ciudad.

Puesto de jugos de Maribel.

“Todos acá somos trabajadores”, decía mientras me servía un jugo de dos mil pesos. Me lo entregó y en el momento que lo probé, supe que ese sabor dulce de la naranja se podía comparar con las personas que habíamos conocido durante las visitas al lugar. Cada personaje que representaba la esencia de este barrio, nos compartió su historia y nos cambió la percepción de lo que es Barrio Triste.

No pudimos terminar de una mejor forma: disfrutando de un delicioso y refrescante jugo de naranja, acompañados de Maribel, su voz ronca y música en medio de las calles ruidosas.

Barrio Triste ha sido uno de esos pocos lugares que te deja con satisfacción de haberlo conocido. No lo digo en forma de visitar un lugar lindo o concurrido, sino de visitar un espacio totalmente desconocido, que nos saque de nuestra zona de confort y nos obligue a dejar el miedo a un lado.

Esta experiencia me dejó vivir y ver con mis propios ojos la realidad del Sagrado Corazón, por consiguiente, poder contar esas historias, como la de Maribel y sus deliciosos jugos, mostrar otra cara de Barrio Triste que hace justicia a todas las personas bellas que la conforman.

Es justo para ellos y el lugar que se cuente otra versión de lo que ocurre allí, en esencia porque es un barrio, repleto de historias, experiencias y, en especial, personas con grandes sonrisas.

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