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Un recorrido por Medellín a ojos cerrados: una ciudad con sonidos de impacto

“La ceguera es complicada ¿sabes? A uno se le agudiza a tal punto el oído que oye tanto que no escucha nada. A veces me cuesta cuando me están hablando y yo no los escucho bien porque estoy oyendo todo lo demás”: William Garcés González. ¿Qué se sienten andar por la ciudad sin verla? 

Por María Ángel Estival, Susana María Gómez Vera y María José Gómez Álvarez

Al caminar por las calles de Medellín se pueden percibir muchas cosas. Se puede sentir el calor intenso o la lluvia impredecible, también miedo de los desconocidos que pasan por el lado y cierto agobio por todas las cosas que suceden a la vez. Los intensos sonidos de construcciones y de carros en movimiento son tan comunes que ya hacen parte del paisaje.

Imaginarse la ciudad de movimiento y de ruido, por parte de una persona que no la puede ver, que solo puede sentir los sonidos y los olores de esta capital de la montaña, puede causar una angustia desesperante.  Según el DANE, hay más de 2.000 personas con discapacidad visual en Antioquia. 2000 personas que se enfrentan a los desafíos que les trae movilizarse en la zona pública de la ciudad.

Nosotras tres, al igual que muchas personas, nos hemos preguntado qué se sentiría ser invidente. Qué se percibiría al recorrer el caos de la ciudad, la tempestad de sus calles y la jungla de personas que transita por ella, sin poder detallar cada una de sus partes, de sus características. Medellín no es la ciudad más ordenada: las abundantes motos se mueven como hormigas para todos lados, los carros pitan cada vez que pueden, los buses frenan en todas las cuadras y a donde se mire siempre hay una nueva construcción.

Al menos por unos instantes queremos conocer una nueva realidad de ciudad, un nuevo mundo de conceptos y de ideas que flotaran en la oscuridad. Por esto, cada una decidió elegir un lugar, todos completamente diferentes, que hacen parte de la ciudad, y caminar por este a ojos cerrados.

 

María José

Últimamente Medellín ha tenido un clima fresco y lluvioso, sin embargo hoy, por primera vez en muchas semanas, ni llovió ni hizo frío. En todo lo demás, la ciudad seguía igual. Las diferentes éramos nosotras. A las doce del día en la Zona Rosa, específicamente por la Avenida El Poblado, se presenta siempre una congestión vehicular y un paso de personas abundante.

He recorrido este lugar más veces de las que puedo recordar, pero siempre con los cinco sentidos abiertos y, aunque no sea de manera consciente, están atentos a todo lo que pasa. Estaba emocionada por esta experiencia, por cerrar los ojos en este sector que tanto conozco y poderlo sentir de otra manera. Mis amigas me pasaron la venda y me sumergí en la oscuridad.

Por primera vez, en este sitio tan familiar como mi casa, todo se sintió desconocido.

Caminé un rato sin rumbo por la larga vía y de izquierda a derecha pude sentir cada uno de los olores y sonidos que transmitía el lugar. Al principio mis sentidos se intensificaron. Tuve miedo. El mismo miedo que sentía al jugar en el colegio gallinita ciega donde me tapaban los ojos y me daban vueltas en la cancha del colegio mientras yo intentaba seguir las voces para atrapar a alguien.

Mi cuerpo estaba alerta, cualquier mínimo sonido me hacía saltar de un lado a otro agitada como si algo me fuera a pasar. A ratos me estremecía. Todos los pelos de mi cuerpo se ponían de punta al escuchar el ruido de las motos, un rugido ensordecedor a tal punto que me hacía sentir como si estas me rozaran la piel. En momentos era tanta la inseguridad que tenía que no era capaz de dar ni un paso; me tocaba quedarme quieta un rato, respirar e intentar relajarme para poder seguir caminando.

El calor era fuerte y la confusión grande. Tenía la seguridad de que mis amigas estaban ahí y no permitirían que nada malo me pasara, pero eso no evitó que sintiera desespero. Fue difícil concentrarse en solo una cosa. Lo escuchaba todo. Los ruidos de los carros pitando en los tacos, las motos pasando peligrosamente cerca de la acera donde me encontraba y los buses frenando con ese chillido característico que los identifica, eran tan fuertes que no me dejaban concentrar en seguir las guías táctiles diseñadas para que los invidentes no terminen en la mitad de la calle.

 

La Avenida El Poblado es una de las calles más transitadas de la ciudad de Medellín.

 

Entre más caminaba cogía mayor confianza. Pude agudizar mis otros sentidos y olí, en cierto momento, un aroma a comida freída, probablemente de algún quiosco por la calle. Fue curioso también que, aunque no hay ninguna construcción por la zona, pude escuchar de fondo, a todo momento, ese sonido característico a taladro de las construcciones. Pero claro, Medellín siempre suena a carros y a construcción, no importa donde se esté.

En cierto momento decidimos entrar al Banco GNB Sudameris, un edificio donde en vez de paredes hay vidrios blindados que dan vista a la avenida. Desde que entramos al banco me sentí diferente, de cierta manera más segura. Como no es una sucursal muy concurrida estaba silenciosa, a tal punto que, aunque las vidrieras cancelaban gran parte del ruido de la calle, aún se oía la bulla de la misma.

A diferencia de lo que vivimos afuera, adentro el aire era frío y el ambiente era calmado, un contraste que me llevó a suspirar de descanso como si hubiera acabado de terminar toda una maratón.

Mis amigas me subieron al segundo piso por las escaleras, algo que fue más fácil de lo que pensé, y desde el suelo de una oficina pude sentarme simplemente a oírlo todo. Pude escuchar el fuerte sonido del aire acondicionado, también el de los carros pasando por la avenida, ahora como si les hubieran bajado el volumen. Me pude concentrar tanto en ese sonido, en el de los vehículos pasar, que me sentí como si estuviera ahí, ahí en la mitad de la calle; aunque no de manera miedosa como si los automóviles me fueran a pasar por encima, sino como si fuera un caos celestial, como si estuviera escuchando una orquesta disfuncional, pero hipnotizante en un teatro.

Aquí, sentada en la suave alfombra de la oficina, llegó la hora de quitarme la venda de los ojos. La luz me encandiló por unos segundos antes de que todo regresara a la normalidad y cuando todo se volvió otra vez conocido, sentí como si hubiera despertado de un sueño. Como si hubiera cambiado de realidad.

 

María Ángel

A las tres y media de la tarde el metro de Medellín está lleno de personas. Antes de ponerme el tapa ojos logré ver cómo todas las personas que se encuentran en la estación de La Aguacatala se mueven para cada lado de manera rápida como si fueran a llegar tarde a sus destinos. Después, todo es negro y mi percepción cambia.

Me siento perdida en un mar de palabras que provienen de todos lados; no sé para dónde moverme ni cómo hacerlo, entonces espero a que una de mis compañeras me coja del brazo y entre conmigo al metro. Cuando este llegó a la parada sentí el rechinar fuerte de sus frenos contra el riel y me estremecí; aunque estaba segura de estar a salvo, di un paso atrás por reflejo y pude oír la risa de mis compañeras gracias a mi comportamiento.

Adentro del metro estaba estrecho. Era como si la población entera de Medellín estuviera en ese pequeño vagón donde todos se rozaban con todos. Percibí las cosas con más fuerza de lo normal y, en medio de la confusión, casi pierdo el equilibrio. Me sentía mareada, tal vez era el bochorno, o de pronto era mi cuerpo sintiéndose desorientado, pero esta sensación no se fue hasta que me bajé en nuestra terminal.

Eran 5 paradas antes de llegar a nuestro destino, Parque Berrío, y los minutos se sintieron como horas. El calor humano cada vez era peor, y para ajustar, en cada estación entraba más y más gente.

El olor a sudor y el excesivo calor hicieron que sintiera unas chuzadas por todo mi cuerpo, como si me estuvieran enterrando agujas por todas partes.

Me intenté relajar un poco y, al llegar a la estación Industriales, dos después de La Aguacatala, lo logré. En ese instante pude por primera vez concentrarme en los sonidos.

Lo que antes era una bulla estresante que llegaba por todos lados, ahora eran varias conversaciones que recorrían el lugar. Al lado de nosotras, por ejemplo, había una pareja discutiendo porque iban tarde para una reunión con un médico y tenían miedo de perderla; y, por otro lado, escuché a dos hombres, por sus voces supongo que jóvenes, hablando de las elecciones presidenciales y de cómo el país se iba a “ir a la inmunda gane quien gane”.

El calor era asfixiante. Cuando llegamos a la estación San Antonio se bajó la mayoría de la gente. En ese instante pude oír el sonido del aire acondicionado, el cual, al parecer, solo funcionaba para hacer ruido. Por fin, después de una eternidad, la voz tenue de los parlantes avisó que se aproximaba nuestra parada y me preparé, con mis amigas, para bajar.

 

68.555, de los 1’200.000 pasajeros que usan el Metro diariamente, tienen discapacidad y son adultos mayores según el periódico El Tiempo.

 

La movilidad afuera del metro tampoco fue fácil, aunque la verdad nunca pensé que lo fuera. Es raro ver en Medellín ayudas claras para los discapacitados, no solo ciegos sino de cualquier tipo, aparte de las guías táctiles y rampas que hay en ciertas zonas. Sola no hubiera podido dar un paso en este lugar. No había cómo ubicarse, cómo saber en dónde estaba, para qué lado iba, si había un hueco o si se acababa la acera, nada.

En los bajos de la estación comencé a sentir desconfianza. Podía sentir a las personas acercándose más de lo necesario a hablarnos y ofrecernos cosas. Me angustió también no poder ver mi bolso, por lo que le pedí a mis amigas que lo llevaran un rato por mí. En los bajos se oía todo un alboroto. Las personas se gritaban entre ellas, todo el mundo hablaba a la vez, sonaban campanitas, niños llorando, máquinas de moler y pasos fuertes; me sentía como en la plaza de un pueblo un domingo. Todos pasaban rápido, todo era agobiante, quería salir de ahí lo más rápido posible.

El desespero se apoderó de mí y tuve que parar a recobrar el aliento. Eran demasiadas cosas a la vez. Decidí que debía tener una estrategia, por esto, me enfoqué en un solo sonido, escuché con atención la música popular que salía de alguna parte y me concentré en esta hasta que ya no la oí más. Cuando menos lo pensé, me di cuenta que ya habíamos salido del tumulto.

Mientras escuchaba la música, una de mis compañeras me cogió la mano y me llevó hacia la Plaza de Botero.  Entre más nos acercábamos a esta, más cambiaba el ambiente. El aire se empezó a sentir más fresco, mi percepción del espacio se hizo más ancha y el ruido que acabábamos de pasar se hacía más y más lejano. Hubo un momento donde pude escuchar el fuerte canto, o más bien el chirrido, de una gran cantidad de pájaros, diría que toda una bandada; y, aunque no era el sonido más placido que he escuchado en mi vida, era refrescante oír algo diferente, algo natural.

Me sentía bien. Mientras caminaba oí murmullos de conversaciones de personas que transitaban el lugar; sentí también el sonido de los pájaros, y al fondo el de los carros y motos que pasaban por alguna vía. Cuando me concentré bien puede escuchar muchos otros sonidos, recuerdo principalmente el eco de un radio y, cuando me concentraba mucho, podía oír también la bulla de alguna construcción de la zona.

Muchas personas se nos acercaron a preguntar qué hacíamos y, aunque no podía ver, sentía que me miraban.

Escuché todo, las campanas de alguna iglesia, el ruido de las motos, el arrancar y frenar del metro, a niños reírse, a guías dando a conocer el lugar, a policías dando explicaciones… era como si mi oído se hubiera expandido.

Me costaba enfocarme en una sola cosa porque todo llegaba a mí a la vez, todo se juntaba; y esto, en vez de ubicarme, me atrevería a decir que me confundió. Aun así, sentía calma, no fue algo que me causó estrés; fue, más bien, interesante. Es más, nos reímos un rato de mi desorientación con las personas que caminaban por ahí cuando me decían cosas como “Mona, cuidado se cae a ese hueco tan grande”.

En nuestro recorrido nos encontramos con William Garcés González, un invidente venezolano que vende dulces en las calles de Medellín y que vive en Colombia desde hace un mes.  Con sus expresivos ojos negros, Garcés, a simple vista, no parece invidente. Lo que lo delata es su bastón blanco el cual usa para caminar.

Conversando un rato y con una sonrisa de oreja a oreja, nos contó que no es fácil ser invidente, y mucho menos en una ciudad que no se conoce, ya que es una experiencia intimidante y aterradora. “Conozco con los pies, pero no conozco con la vista”, Garcés camina por todos los parques de la ciudad con su paquete de dulces, y hoy, al igual que muchos días, se para frente a la Basílica de Nuestra Señora de la Candelaria, esperando ganar lo suficiente para poder sobrevivir.

 

“Uno como invidente tiene que imaginarse o indagar más o menos qué es lo que está sucediendo”. William Garcés González.

 

“Lo más sabroso de Medellín es Botero. Tú te paras en una esquina de Botero y empiezas a oír tantas cosas. Es como mil sonidos en uno solo. Será porque Botero es tan turístico que entran, salen y caminan todo tipo de personas, todas como si estuvieran metidas en una botellita”. Así nos dijo Garcés que se sentía. Cuando nos comentó esto le expresé que fue como si hubiera sacado las palabras de mi boca, al menos en relación a mis experiencias del día, porque todas mis emociones cambiaron en la Plaza de Botero.

En Botero sentí la magnitud del espacio y la calidez de las personas; el ambiente turístico me trajo una calma que no había sentido desde el instante que tapé mis ojos al montarme al metro horas antes.

 

 Susana Gómez

Cuando llegamos a la UVA de El Poblado, un parque grande de la ciudad, ya el sol había caído. Eran alrededor de las seis y media de la tarde cuando cerré mis ojos.  A esa hora no había casi gente en el lugar aparte de nosotras y una que otra pareja que, supongo por sus pasos rápidos, trotaban. También, a medida que caminaba, escuché a perros ladrar por la zona.

Todo aquí era distinto, no sé si por la hora a la que fuimos, donde ya no había casi personas ni construcciones, o porque el lugar estaba impregnado de naturaleza y tranquilidad. De inmediato pude, a diferencia de mis amigas, sentir el aire fresco y el sereno de la noche.

Mientras caminábamos alejándonos de la calle principal y adentrándonos al parque, dejé de oír, poco a poco, el caos de la ciudad que no duerme, a esa la selva de sonidos que venían de la vía llena de carros, buses y motos que iban mucho más rápido que antes. Cada paso que daba me hacía sentir más calmada, en especial después de haber vivido un día tan agitado.

El sendero del parque posee guías táctiles para que los invidentes puedan guiarse al caminar y esto me ayudó. Fue tranquilizante tener la seguridad de que no me iba a salir del camino. Mi cuerpo, en cierto sentido, estaba relajado. Sentí una especie de paz recorrer todo mi ser, fue como si estuviera meditando; esto me permitió prestar atención en como el viento chocaba suavemente contra mi piel y, si me concentraba en este lo suficiente, podía hasta escuchar el suave silbido que produce.

Pude oír a las hojas de los arboles moviéndose de un lado a otro, de manera rítmica, casi hipnotizante.

Es más, me hubiera podido perder en el sonido de las mismas de no ser porque el fuerte e intenso canto de las chicharras irrumpía con todos lo demás. Era tan intenso y constante, que juraría que esos animales estaban en todos lados.

No poder ver, aunque estaba en un lugar tranquilo, me trajo una ansiedad que antes era desconocida para mí. Por mi mente pasaba un miedo irracional a que algo me iba a suceder y tenía una fuerte sensación de vulnerabilidad. Mi cuerpo estaba en una constante disyuntiva donde, por un lado, estaba sereno y apacible, y por el otro estaba alerta a cualquier cosa que pasara. Se me hizo un nudo en la garganta al sentir todas estas cosas, una seguridad e inseguridad, una calma y un estrés, caos y paz.

 

La UVA es un proyecto de ciudad de EMP en los barrios de Medellín para crear lugares de encuentro y desarrollo social.

 

Después de caminar un rato, llegamos a una parte diferente del parque en la que mis amigas me dijeron que nos íbamos a sentar un rato. En este lugar el piso ya era lleno de piedritas pequeñas que, al producir un sonido diferente a los que había estado oyendo, me despertaron un poco. Me senté en un muro y fue como si estuviera en el borde del mundo, como si hiciera parte de la inmensidad de la noche.

El viento era ahora mucho más fuerte y entre más tarde se hacía, pude diferenciar los sonidos de más animales. Todos cantaban como si hicieran parte de un coro: las lagartijas, los grillos y las chicharras, aunque estas últimas habían estado constantes todo el rato. Me sentía en una finca de Antioquia, donde el aire es más fresco y la vida más tranquila, y, por un instante, olvidé todas mis preocupaciones y responsabilidades, adentrándome en mis recuerdos de esos momentos en esas fincas donde me sentí plena.

Intenté escuchar con más atención los sonidos lejanos, quise ver hasta donde era capaz de oír. Lo primero que llegó a mí fue la avenida, los sonidos intensos y agresivos de las vías que llevaba rato sin notar; después, pude escuchar agua, como de una piscina, moverse como si estuvieran jugando en ella. No tengo idea de dónde pudo haber venido este último sonido ya que no estábamos cerca de absolutamente nada aparte de la vía, por lo que lo escuché y me sorprendí.

Mis amigas me indicaron que era hora de quitarme la venda y lo hice. En cierto sentido fue como acabar con la magia, con el misterio del lugar; fue romper con todas las imágenes fascinantes que me había hecho en mi cabeza y encontrarme con una realidad común, con algo simple, hermoso, pero corriente.

 

Frente a la oscuridad

Al cerrar los ojos, el caos se incrementó. Medellín de por sí es una ciudad desenfrenada en la que todo pasa a la misma vez y donde se vive una mezcla de sensaciones y emociones gracias a su particular orden. Cuando vivimos esta experiencia, cuando nos privamos de uno de los sentidos más importantes que tiene nuestro cuerpo para ubicarse, todo lo que normalmente se siente al caminar por la calle, se multiplicó al millón.

“A uno se le agudiza a tal punto el oído que oye tanto que no escucha nada”, nos dijo en cierto momento Garcés sobre la ceguera.

Mientras caminábamos, todo lo escuchábamos, todo se mezclaba y era difícil saber de dónde venía cada cosa. Este desorden de sonidos nos desubicaba, nos causaba conmoción frente a lo que sucedía, tal vez necesitábamos mucho más tiempo para acostumbrarnos y diferenciar o clasificar los sonidos, o de pronto es algo que no se logra nunca.

Sea cual sea el caso recibimos el mensaje fuerte y claro, ser invidente no es fácil, y menos en una ciudad de impacto, en una ciudad como Medellín.

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