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“Porque cualquier cosa es mejor que vivir en ‘Cubazuela’”


En Medellín son cada vez más las historias de venezolanos que, tras dejar su país, buscan un nuevo comienzo. Sin embargo, las oportunidades laborales son reducidas, lo que los obliga a rebuscarse la vida en cosas que jamás se imaginaron.

Por Laura Osorio Vásquez
losoriov1@eafit.edu.co

Son las 5:30 de la tarde del sábado 27 de octubre. Una pareja de venezolanos que migraron de su país hace más de un año se encuentran sentados frente a la cafetería Juan Valdez del Centro Comercial Oviedo.

Ambos sonríen y se toman un café, mientras en sus miradas se refleja la nostalgia que en pocas personas de 26 años se podría apreciar, en sus voces la firmeza y madurez con las que los ha cargado el peso de haber dejado su país para sobrevivir.

Carlos Durán, un hombre de piel morena, contextura mediana, ojos vivaces y voz sonora y Michel Rodríguez, una mujer de tez blanca, ojos alegres y voz tierna, nunca se imaginaron que iniciar de nuevo sería tan difícil. Sin embargo, la realidad los golpeó de la forma más inesperada posible, pues su destino en Colombia dependió de 12 arepas venezolanas.

Transcurría marzo de 2017. Las cosas en Venezuela empeoraban cada día más. Carlos y su familia, opositores al régimen que ha gobernado al país por más de 20 años, sabían que las cosas no mejorarían pronto.

Tras vivir el auge económico por cuenta del petróleo, solo quedaba el recuerdo de un país próspero. A pesar de ello, no le faltaba el trabajo en un hospital de Valencia, capital de Carabobo, como administrador y la crisis económica no lo golpeaba con tanta fuerza.

Su esposa Michel, se graduaba de bioanalista (bacteriología) y aunque la crisis tampoco la estaba golpeando de forma radical, las oportunidades de progresar eran reducidas, el dinero cada vez alcanzaba para menos y el panorama era cada día más desolador y, así las cosas, resolvió irse de su país.

Tres semanas fue el tiempo que se demoró para tomar la decisión, entre Perú, Ecuador, Panamá y Colombia, fue el vecino del país bolivariano el elegido para buscar mejores posibilidades.

Fotografía de Michel con su puesto de arepas venezolanas.

Inicialmente la idea era clara: irse por 15 días con su hermana Nancy a Medellín, lugar en donde tenían una conocida y ver qué pasaba, pero al viaje se unió su esposo, quien con un trabajo y salario fijo pondría todos sus ahorros para ayudarlas en el viaje.

Su trayecto a la frontera colombo-venezolana fue tranquilo, pero al llegar se encontraron con que no eran los únicos que querían pasar. Cientos de sus compatriotas buscaban también cruzar la línea invisible que compartían los dos países, situación de la que se aprovechó la Policía Nacional colombiana.

Los tres vieron cómo los oficiales los miraban de forma recurrente y, tras varias horas de largas filas, se negaron a sellarles su pasaporte. Pasaron la noche en un albergue de venezolanos de la ciudad y al día siguiente nuevamente les negaron el acceso. Dos días pasaron y las autoridades les seguían impidiendo el paso.

Carlos, sin más remedio, les ofreció la mayoría de su presupuesto a cambio y lograron entrar. A partir de ese momento, su odisea comenzó: tras pagar los tiquetes de Cúcuta a Medellín, llegaron a la ciudad de “la eterna primavera” con únicamente cincuenta mil pesos en sus bolsillos.

Desde Venezuela se habían contactado con una mujer de edad que les arrendaría un pequeño apartamento en el barrio Cristo Rey después de pagar un adelanto, pero los planes habían cambiado, pues tras dar la mayoría de su dinero para poder sellar su pasaporte, no tenían nada para darle a su arrendataria.

Doña María estaba reacia a dejarlos quedar sin el pago acordado, Michel y su hermana Nancy lloraron desconsoladamente. No tenían absolutamente nada y dormirían en la calle si la mujer no les daba posada.

Carlos las miraba también desconsolado. Era como si la desgracia de su país los hubiera perseguido cientos de kilómetros más allá de la frontera.

La mujer, sin saber qué hacer, se conmovió. Tres venezolanos huyendo de su país, sin dinero, sin un techo, sin el amparo de nadie. Así, después de meditarlo y al ver el rostro desolado de aquellos inmigrantes, les abrió las puertas de su casa.

Los nuevos inquilinos de Doña María Martínez sabían que debían hacer algo. No tenían cómo sostenerse en Medellín y tampoco tenían empleo. Solo contaban con cincuenta mil pesos y si seguían así, no tendrían con qué comer al día siguiente.

Carlos, al ser administrador y tener un poco más de experiencia en finanzas, decidió invertir el dinero. Fue así como con treinta mil pesos consiguieron un colchón inflable y con los veinte mil pesos restantes los ingredientes para hacer la comida típica de su tierra: arepas venezolanas.

Michel, una mujer que tenía como hobbie cocinar, logró hacer 12 arepas con los pocos recursos que habían logrado comprar con el dinero que les quedaba.

Hizo la masa con harina precocida, el relleno de pabellón con caraotas, la carne desmechada, el queso, el pollo y tras tenerlas listas, salieron a venderlas. Su inversión dependía por completo de las 12 arepas venezolanas que habían hecho.

Carlos Durán y Michel Rodríguez.

Pasó la mañana del día siguiente y su producto no se vendía. El colombiano no estaba acostumbrado a ver unas arepas tan gruesas y distintas. Las cosas estaban difíciles para los tres, pues si no las vendían, tampoco tendrían dinero para devolverse a Venezuela.

Solo tenían una opción y era acabar con el producido. Carlos y Michel, cristianos creyentes, apelaron a la fe para poder vender la comida típica de su país, y entre rezos y súplicas al cielo, al finalizar la tarde, lograron vender las 12 arepas por tres mil pesos cada una en la plaza de la estación Poblado del Metro de Medellín.

A partir de ese momento, decidieron seguir haciendo más y más arepas. Con el pasar de los días, se iban haciendo cada vez más conocidas por los transeúntes y pasajeros del Metro.

El pequeño negocio empezaba a dar sus frutos y a pesar de las protestas de los vendedores ambulantes de la zona, los venezolanos pudieron hacerse un lugar al lado de todos ellos, como sus iguales.

Michel descubrió que era una gran cocinera y vendedora, y aunque nada de eso se lo enseñaron en Venezuela, para sobrevivir aprendió por su cuenta.

A pesar de que su esposa había descubierto su habilidad para el trabajo, Carlos no lo logró. Acostumbrado a un sueldo fijo con prestaciones, las inestabilidades del negocio no eran de su agrado.

Como administrador de empresas sabía que no iba a encontrar nada en la ciudad, pues validar los estudios para los inmigrantes es prácticamente imposible debido a las condiciones de su país y los trámites legales que implica.

Fue así como un día, cansado de la situación y orando a Dios mientras caminaba hacia El Puente de la 4 sur, encontró una vacante como bodeguero en una empresa de electrodomésticos.

Un señor que lo conocía del barrio se le acercó y tras una breve charla, le ofreció el puesto. Fue como caído del cielo. Su nuevo empleo, además de un salario fijo, le garantizaba seguro para él y Michel y, sin dudar, aceptó.

Las cosas se fueron normalizando con el tiempo. Su puesto ambulante de arepas llegó a vender hasta 60 al día, todas de diferentes rellenos y precios, siendo las más famosas de tres mil pesos como la de pabellón con caraotas y la ‘peluda’ que contiene carne desmechada y queso y las menos de dos mil quinientos pesos como la de queso sencilla.

Ahora ha pasado más de un año desde que los tres llegaron a la ciudad. Nancy, meses después, se enamoró de un paisa y consiguió regularizar su situación en el país, y las arepas de Carlos y Michel se volvieron famosas en la estación, siendo sus rostros unos de los más reconocidos de la zona.

Para los tres, nada ha sido fácil, y como ellos hay 900.000 venezolanos que han cruzado la frontera en los últimos diez años. La crisis de su país no respetó género, raza, religión, estrato social ni profesión, pues la gran mayoría de inmigrantes, a pesar de tener una carrera, especialización o maestría, llegaron a Colombia a trabajar como si solo tuvieran preparación bachiller y con un salario inferior al mínimo.

Son las 7:00 de la noche. Michel, de unos ojos achinados que se rasgan un poco más cada vez que sonríe, mira a Carlos. Él le devuelve la mirada con profundidad y ambos se ríen. Recordar aquella odisea les permite respirar ahora la tranquilidad de haberlo logrado juntos.

Aunque en su país las cosas siguen sin mejorar y ellos no vean cerca una solución a la problemática, esperan que puedan regresar a su hogar, a su país, a la tierra de las arepas venezolanas.

Para Carlos Durán y Michel Rodríguez. Dos sobrevivientes y personas extraordinarias quienes merecen que su historia, así como la de cientos de miles de venezolanos, sea contada.

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