nuevos

Sobrevivientes de los servicios públicos ‘artesanales’


Por Valentina Álvarez Cantillo
valvarezc@eafit.edu.co

Nueva Jerusalén es un asentamiento humano ubicado en los límites de Bello y Medellín. Su día a día se basa en sobrevivir en medio de la falta de reconocimiento oficial de estos dos municipios, lo que da como resultado una comunidad sin servicios públicos.

Servicios artesanales realizados por la misma comunidad. / Foto por Valentina Álvarez Cantillo.

La prestación de los servicios públicos es un derecho. Así lo estipula la Ley 142 de 1994. Pero, no es extraño para los colombianos ver casos de incumplimiento de esta y muchas otras leyes.

La comunidad de Nueva Jerusalén es testigo de esta negligencia y lo ha sido durante los 14 años de su existencia. Su única salida es utilizar servicios de contrabando, o como ellos lo llaman, servicios artesanales.

Era 14 de marzo, 11:30 en una mañana sorprendentemente soleada en contraste con las fuertes lluvias que empañaban el paisaje de Medellín en los últimos días. Doña Rosita guiaba el camino por las pendientes de Nueva Jerusalén hasta la casa de Luz Dary Duque. Días antes había hablado con ella para obtener el contacto de familias que sirvieran de referente sobre el uso de servicios públicos en la comunidad.

El recorrido se hizo ameno, no por el buen estado de los caminos del sector, porque, honestamente hablando, es fácil sentir que cualquier paso en falso te dejará en el suelo, sino por doña Rosita, la mujer que desde el primer día había sido la encargada de hacernos sentir, a mis compañeras de clase de Reportaje y a mí, bienvenidas en Nueva Jerusalén.

Risas y comentarios cargados de humor componían nuestra conversación. Esta se vio interrumpida por el alto volumen de música que venía de una casa. Sin embargo, no me estaba quejando, pues la canción era familiar a mis oídos, se trataba de Girls Like You, de Maroon 5.

No me resistí a canturrearla en voz baja. Mientras caminábamos, se podía observar los tubos de acueducto y cables pasando por las canaletas. Para mi sorpresa, nuestra caminata tuvo fin allí, al frente de la casa donde los decibeles de la canción estaban en su máxima expresión.

Los residuos pasan por los tubos y se depositan aquí sin ningún tipo de filtro. / Foto por Karen Roldán Higuita.

–¡Luz! –gritó Rosita.

Sin embargo, nadie respondió.

–¡Luz! ¡Salga, pues! –intentó ella de nuevo.

Esta vez una mujer de 1.60 de estatura salió al antejardín y nos dio la bienvenida. Se trataba de Luz Dary Duque, la propietaria de la casa. Llevaba un suéter blanco, que escondía una camisa debajo, leggins color gris y zapatos rosa.

No aparentaba más de 40 años. Su pelo estaba recogido en una cola y solo su flequillo adornaba su rostro, dejando ver claramente sus rasgos, especialmente sus ojos, de un azul tan potente como el cielo. Me fue imposible no concluir que todos los habitantes de Nueva Jerusalén tenían algo en su mirada que los hacía diferentes a los demás.

–Hola Rosita. Niñas, ¿cómo están? –dijo Luz Dary–. Diego, bájale a la música, por favor –Le pidió Luz a quien supuse era su hijo.

Mientras Diego le bajaba el volumen a la canción, Luz Dary nos invitó a pasar y a sentarnos en la mesa redonda que ocupaba la mayoría del espacio del antejardín, para luego preguntarnos si queríamos fresco, pregunta que no dejó que respondiéramos, pues entró inmediatamente por él.

Sentada allí pude apreciar el espacio que me rodeaba: justo en frente mío estaba la segunda puerta que da camino para la casa, un pasillo delgado que deja ver parte de la cocina y parte del patio y un closet incrustado en la pared.

La primera puerta da a la calle y está ubicada entre rejas tipo panal y tablones que impiden el paso de los ladrones por los huecos de las rejas.

Un joven salió de la casa, usando solo una pantaloneta. Se sentó en el escalón y se concentró exclusivamente en su celular. Minutos después supimos que se trataba de Diego, hijo mayor de Luz. Ella regresó con cinco vasos de jugo de tomate de árbol, tomó asiento y se dispuso a relatar.

Llegó hace 10 años a Nueva Jerusalén a causa de desplazamiento de Santo Domingo, municipio del nordeste de Antoquia. Cuando recién llegó a la comunidad, no tuvo acceso a los servicios públicos por un año. Año en que, junto a su esposo, tuvo que sobrevivir pidiendo prestados la electricidad y el agua.

Diagonal de su casa se encontraba un baño, que fue utilizado públicamente por los habitantes del asentamiento, sin embargo, cuando se trataba de una necesidad en donde no podían esperar, se dirigían a un ‘monte’ y desechaban los residuos del cuerpo.

No fue si no hasta después de un año que 60 familias se reunieron y aportaron 150 mil pesos para comprar transformadores y los suministros necesarios para traer el cable de conexión energética y señal por cable televisa del barrio Paris –el más cercano a Nueva Jerusalén– hasta la comunidad, en un intento de suplir las necesidades que llevaban padeciendo desde hacía cuatro años. Su plan funcionó. Lograron obtener luz y televisión.

–Ese día brincamos de la felicidad. Todos los aparatos electrónicos servían, entonces conectamos el equipo. ¡Ah, qué alegría!, aquí se reunió un poco de gente a escuchar música y compartir –comenta Luz Dary.

Este servicio de contrabando –o artesanal– tiende a dejar de funcionar por períodos de tiempo indefinidos. Cuando esto sucede, las familias se ven en la obligación de prender velas y cocinar con pipetas de gas, que a su vez son dos cosas que no pueden faltar en ningún hogar.

Hace sólo 9 años la comunidad tuvo acceso a los servicios públicos de contrabando. / Foto por Valentina Álvarez Cantillo.

–Fue un solo pago el que tuvimos que hacer. Pero si se tiene que cambiar algo del cableado damos otra cuota, como fue hace tres semanas, más o menos.

Luz Dary se refiere a la recolecta de dinero que tuvo lugar en el mes de febrero para cambiar el cableado, pues se ha mantenido el mismo desde la primera vez que lo conectaron y ya había causado incendios en algunas viviendas. Para su cambio tuvieron que cortar la luz y cualquier tipo de energía todo el fin de semana, con la intención de prevenir algún accidente.

Los habitantes compraron los materiales y ellos mismos se encargaron de reemplazar los cables, algunos de los vecinos son empleados de Empresas Públicas de Medellín (EPM), pero no lo hacen en nombre de la empresa.

El no contar con luz significa compartir en familia. Así lo relaciona Luz Dary, pues todos se encuentran en la sala de la casa o fuera de ella con los vecinos, a conversar, puesto que no hay nada mejor que hacer. Después de todo, verle el lado positivo a las cosas hace parte de la supervivencia humana.

Luz Dary nos invitó a conocer el interior de su casa. Al lado derecho se encontraba la habitación que comparte Diego y sus hermanos; el baño, que contaba con una ducha y un inodoro, cubierto solamente por una cortina; y el patio. Por el lado izquierdo se ubicaba la segunda habitación, utilizada por Luz Dary; y la cocina.

En esta última se podía apreciar el cableado que conecta la fuente de energía de la casa. Los cables iban desde el techo hasta el cuarto de la propietaria de la casa. Para evitar accidentes la mayoría de los cables iban pegados con cinta negra aislante en los lugares que estaban sin recubrimiento.

Finalmente nos despedimos de ellos y tomamos camino cuesta arriba hacia nuestra última parada del día.

Rosita, una vez más, lideró la caminata. A mitad del camino, se escuchamos de nuevo música proveniente de alguna casa. En este caso era Duele el amor. Nuevamente fue imposible no ir al ritmo de la canción, ¿quién se hubiera resistido? La Nueva Jerusalén tenía buen gusto musical.

Unos metros más allá, se encontraba el hogar de Adriana María Duque, otra habitante de Nueva Jerusalén. Su casa se componía de decoraciones llamativas y coloridas, como un cuadro tejido de un florero y dibujos pegados a la pared. Igual que Luz Dary, no tenía más de 40 años.

Llevaba puesta una camisa tipo polo de color borgoña con un estampado de aves en el centro, jeans oscuros y zapatillas rosadas. Ese día llevaba el pelo recogido en una cola y, a diferencia de Luz, no tenía flequillo. Hace cuatro años que reside en la comunidad para estar más cerca de su hermano, pues él vive allí desde hace ya tiempo. Vive con su esposo, dos hijas y tres sobrinos.

Su experiencia con los servicios públicos no ha sido diferente, también sufre cuando se van y debe tener siempre en su casa alternativas por si alguna vez esto sucede. Cuando llegó a Nueva Jerusalén su vivienda ya tenía transformador en el poste de luz, lo que facilitó el uso de los servicios.

Los cables sobrepuestos puede ser una causa de incendios eléctricos. / Foto por Valentina Álvarez Cantillo.

–El agua es el principal problema. Se iba mucho más antes que ahora, pero todavía persiste. Especialmente los fines de semana.

–Algunos vecinos sí tenían agua, entonces ellos nos compartían –dice Adriana–. Yo recojo en un balde grande y mantengo la reserva ahí.

Cuando se iba este suministro y Luz Adriana olvidaba llenar el tanque de agua, no le quedaba más opción que pedirles a sus vecinos que le regalaran un poco, o, de forma más drástica, recoger agua que pasaba por los matorrales. Sin embargo, se exponía a enfermarse, pues está en constante estado de contaminación.

Estos problemas no son nuevos, se remontan desde el inicio de la creación de Nueva Jerusalén, cuando todavía llevaba el nombre de El Cortado. Entonces, ¿por qué no se ha solucionado este problema? Antes de sumergirme en la Nueva Jerusalén tenía muy en claro algo: la comunidad no cuenta con reconocimiento oficial. La simplicidad de la respuesta da cuenta de la dificultad de la pregunta.

El hecho de que ni Medellín ni Bello reconozcan a este asentamiento como territorio propio significa que los habitantes se tienen que valer por ellos mismos, de la manera que ellos consideren competente.

El suministro de los servicios públicos puede ser un derecho acogido en la Constitución Política de Colombia, pero para ellos es un reto hacer uso de estos. Nunca se sabe qué puede pasar, puede irse la luz un día, o el agua o ambos o quedarse indefinidamente en las penumbras y el olvido. Su vida se ha convertido en una sobrevivencia artesanal.

En la casa Luz Adriana terminó mi visita en Nueva Jerusalén. Fui testiga de sus necesidades y las soluciones de corto plazo que le asignan los propios habitantes a cada una de ellas.

Al final del día pude regresar a mi casa, donde tengo acceso a los servicios públicos de manera permanente. Me fue imposible no concluir que los actos más mundanos para algunos de nosotros, son privilegios para otros.

Comentarios